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Schopenhauer en el país del cómic

«En bares o charlas cotidianas su nombre remite al pesimismo o se usa como coletilla de risa garantizada»

Schopenhauer en el país del cómic

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer. | .

A veces, Arthur Schopenhauer guarda en la cultura reciente cierta afinidad con el William Faulkner de Amanece que no es poco, de José Luis Cuerda. No es que en este pueblo seamos muy del filósofo alemán nacido en la actual Polonia. En bares o charlas cotidianas su nombre remite al pesimismo o se usa como coletilla de risa garantizada, asimismo prueba de complejidad. 

Schopenhauer, hasta por lo enrevesado de su apellido, parece a simple vista incomprensible. Esta primavera Alianza Editorial nos ofrece el intento de adaptar su obra cumbre, El mundo como voluntad y representación, a cargo del profesor de filosofía Francis Métivier en el guion, traducido por Carlos Javier González Serrano, ilustrado por Isa Python.

La propuesta, titulada Schopenhauer el descubrimiento del mundo, entronca con el discurso del proprio Métivier, quien con anterioridad también había pasado al mundo de la novela gráfica la figura de Immanuel Kant, y sigue una senda del noveno arte en nuestro siglo, donde una gran variedad de títulos versiona textos complejos. 

Esta tendencia resulta muy interesante porque el mismo formato puede constituir una especie de introducción o acicate para profundizar con el ensayo en sí y ahondar en su autor. Muchos asocian a Schopenhauer (Gdansk, 1788- Frankfurt, 1860) con  Friedrich Nietzsche, algo por otra parte válido para entender una evolución en el pensamiento germánico de Immanuel Kant a Ludwig Wittgenstein, el primero palanca para activar preguntas en el protagonista de este cómic y el segundo cual último escalafón de una edad dorada y muy consecuente en la sucesión de sus escalafones. 

Lo que no se menciona en Schopenhauer el descubrimiento de un mundo es cómo la obra se publicó en 1819, gestándose durante el lustro anterior. El filósofo tiene otra imagen grabada en el imaginario colectivo. Lo imaginamos ya mayor, con esa pelambrera tan característica y una extraña solemnidad en su pose, quien sabe si sublime. Su gran libro se publicó cuando tenía treinta y un años y casi podía considerarse, pese a su escasa recepción y consecuente fracaso en ventas, hijo de ese padre llamado Romanticismo con Kant y Napoleón al fondo. 

El mundo como voluntad y representación es coetáneo a esa resaca tras décadas de guerra con el año sin verano, Lord Byron, los paisajes desolados de Caspar David Friedrich y la supervivencia en plena forma del padre fundador, sin saberlo, de todo aquello, J. W. Goethe, con quien Schopenhauer congenió durante su estancia en Weimar entre 1814 y 1818, de la agonía del Imperio Napoleónico a la incerteza de esa nueva era aún entre tinieblas tras toda la agitación anterior. 

Es durante ese período cuando se crea el pilar de su filosofía. El cómic publicado por Alianza Editorial es muy útil para comprender sin romperse la cabeza sus ideas fundamentales. La heterodoxia de Schopenhauer no consistió sólo en conjugar a Kant con Platón juntándolos con Buda y el Brahmanismo. Su metafísica era sin Dios y podría sintetizarse en cuatro principios: El conocimiento del mundo mediante la representación de la razón, la experiencia y la ciencia, la voluntad del mundo que se expresa y objetiva mediante todos los seres vivientes, la contemplación y el arte como representaciones superiores del mundo y la moral como expresión de la voluntad en su afirmación y negación.

A partir de este cuarteto navegamos acompañados por Arthur y su perrita Azma. Son nuestros cicerones para adentrarnos en cómo vemos los que nos rodea a partir de nuestra percepción subjetiva mientras empezamos a resignarnos porque la voluntad es irracional, aunque gracias a ella subsistimos, movidos por deseos condenados al fracaso. 

El célebre pesimismo, ese vivir en el peor de los mundos posibles, puede ser más o menos llevadero, y en eso el dúo Métivier-Python es didáctico para bien, desde la autonegación del yo mediante una vida ascética, inspirada en el Nirvana, la contemplación de la obra de arte desde el puro placer de la estética y, por último, una ética compasiva. Hay la posibilidad de una Moral para avanzar. 

Formas de representación contemporánea

La adaptación de textos al universo del cómic es un poco como aquello de las múltiples cualidades de un producto sin par, versátil en mil aspectos y representaciones. Por ejemplo, desde 2019 Hernán Migoya y Bartolomé Seguí han plasmado en viñetas tres de las novelas de la serie de Pepe Carvalho, uno de los emblemas de Manuel Vázquez Montalbán, inaugurada en 2017 con Tatuaje (Norma Cómics) y por ahora cerrada en Los mares del Sur, siempre en la misma casa editorial.

Leídas entre dibujos, las ficciones del detective barcelonés por excelencia aúnan el mérito de ser trepidantes, fieles al original y un ocio perfecto para ir a la fuente. Lo mismo sucede con Sherlock Holmes. El residente en el 221B de Baker Street es un paradigma de lo transmedia al ser adaptado a casi todas las artes por ser, como Schopenhauer pero con mucho mayor éxito, un personaje de la Cultura que trasciende su campo.

En La cabeza de Sherlock Holmes de Cyril Lierion y Benoit Dahan (Norma, 2021) penetramos en la mente del genio de la observación, alumno no tan indirecto de Schopenhauer, inteligente por dominar lo objetivo del entorno desde su subjetividad hasta completar los rompecabezas de sus casos. Aquí el ir de fuera a dentro nos transporta a un laberinto de compartimentos cerebrales, puerta hacia otras en el juego hacia la resolución. 

Pepe Carvalho, Sherlock Holmes y hasta Enriqueta Martí, la mal llamada vampira del Raval, son arquetipos de fenómenos en sintonía con las formas de representación en la contemporaneidad, encantada de generar iconos a través de reproducirlos o exhibirlos desde distintas perspectivas y lenguajes. 

Lo mismo ocurre con Albert Camus y Francisco de Goya. El Premio Nobel de 1957 tiene en el mercado español varias novelas gráficas con su aureola como reclamo. En 2014 Norma publicó El extranjero, adaptado por Jacques Ferrández. El mismo sello apostó en 2017 por Camus: entre Justicia y Madre, de José Lenzini y Laurent Gnoni, mientras Alianza tradujo en 2019 El primer hombre, del omnipresente Ferrández. 

En cambio, el pintor de Fuendetodos propició que Manuel Gutiérrez y Manuel Romero, respectivamente guionista e ilustrador, nos brindaran en 2022 la excelente Goya Saturnalia. La novela gráfica (Cascaborra ediciones, 2022) es una maravilla tanto por la enorme belleza de las ilustraciones por cómo enfoca esos años de la Quinta del Sordo, donde la biografía del artista se engarza con su pensamiento y el contexto histórico de aquellos turbulentos años. 

Las páginas fluyen con pasmosa velocidad en el Cómic. Su permeabilidad al transformar otras formas de representación tiene algo de imbatible, trátese de Giangiacomo Feltrinelli o el Tour de Francia, de Pier Paolo Pasolini al Vaquilla, pequeño muestrario de cómo el abanico es interminable, una buena noticia en este arte que desde sus propios mimbres y disfrutes invita, sin conflicto, a ir o revisitar el origen.

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