The objective

El Subjetivo

Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

Bajo el volcán

Al dibujante Josep Bartolí (1910-1995) el alzamiento militar del 18 de julio lo pilló yéndose a dormir. Y se fue a dormir a pierna suelta

Foto: Silvia Izquierdo | AP

Al dibujante Josep Bartolí (1910-1995) el alzamiento militar del 18 de julio lo pilló yéndose a dormir. Y se fue a dormir a pierna suelta. Al día siguiente fue a alistarse en la “columna Caridad Mercader”, con una vieja pistola Astra y dos puñados de balas en el bolsillo. Otros llevaban una guitarra y alpargatas. Cuando la columna partió hacia Aragón, en un tren en el que nadie sabía donde estaba el frente, Bartolí viajaba con su amigo Ramón Mercader. El tren se detuvo en Pina de Ebro, bajaron a estirar las piernas, aparecieron unos aviones enemigos, los bombardearon sin piedad y Bartolí y Mercader salieron de allí como pudieron. En Bujaraloz los tomaron por desertores y a punto estuvieron de ser fusilados. Siguiendo los pasos de Mercader, Bartolí se hizo del PSUC.

El 14 de febrero de 1939 cruzó la frontera del exilio sin sospechar que su destino sería un miserable campo de refugiados. Allí, con una mirada ávida y descarnada fue dejando constancia gráfica, con trazos que parecen de bisturí, el espanto de la miseria humana. Consiguió huir y se refugió en París, donde lo acogió su amigo Narcís Molins, del POUM, que le presentó al pintor Vlady.

En marzo, Frida Kahlo inauguró una exposición en París, y conoció a Molins (y a Ramón Mercader, pero esta es otra historia), que le solicitó ayuda para su amigo Bartolí: “uno de los mejores artistas satíricos españoles e indudablemente el mejor que ha producido la guerra civil y ha comprendido la tragedia del alma española (…). Tiene un parentesco con Grosz”.

Pero llegaron antes los alemanes que la respuesta de Frida y Bartolí abandonó apresuradamente París por la puerta de Orleans junto a Molins y Vlady, “con una maleta a la espalda, atada a la gabardina y a paso de marcha”. Acabó en otro campo de refugiados, el de Bram, y de nuevo volvió a afilar el bisturí de su lápiz para hacer de notario gráfico de los inframundos que puede crear el hombre. Finalmente, en 1942 desembarcó en México. A los pocos meses se dio de baja del PSUC y se afilió al POUM. A sus nuevos camaradas les aseguró que el asesino de Trotsky, que se hacía llamar Jackson, era en realidad Ramón Mercader.

En 1944 expuso la memoria gráfica de su paso por Francia en el Palacio de bellas Artes de México. Posteriormente publicará estos dibujos, con textos de Molins, en un libro titulado Campos de concentración, un documento desolador. 51 originales se encuentran actualmente en el Archivo Histórico de la ciudad de Barcelona. Pero había más. El pasado 15 de marzo descubrí su paradero.

Os cuento esto a la sombra del volcán, el Popocatéplt, sometido a su voluble coeficiente pasional, absorto por su luminiscencia nocturna y envuelto de jacarandas en flor. Estoy en un país cuyo presidente acaba de abolir el neoliberalismo e inmediatamente después ha afeado preventivamente la conducta de la oposición por si se atreve a preguntarle qué alternativa plantea. Os lo cuento entre Chimichangas de Huitlacoche, mezcal, páginas de Lowry y las cartas de amor de Frida Kahlo y Bartolí.

En junio de 1946, Bartolí estaba exponiendo su obra en el American British Art Center de Nueva York y se enteró de que Frida estaba ingresada en un hospital de esta ciudad. Fue a visitarla cada tarde. “Maldigo -dejó escrito- no haberla conocido antes. Es una de las mujeres más inteligentes, leales, sensibles y valientes que he visto en mi vida.” A los pocos días, Frida le escribe cosas como ésta: “anoche sentía como si muchas alas me acariciaran toda, como si en la yema de tus dedos hubiera bocas que me besaran la piel.” En alguna carta Frida sugiere que está embarazada. A finales de año, Bartolí viajó a París. Llevaba con él, como un talismán, una cajita con varios objetos de Frida. Era una caja tenía el poder de borrar las distancias, porque, como le confiesa a Vlady, “huele a ella, a su carne, a su casa, a su ternura, a su rara belleza y a su desgracia.”

Mucho más tarde, ya ciego, Bartolí tenía guardada esta cajita en una habitación en la que su mujer tenía prohibida la entrada. Era su refugio cuando un ataque de historia lo alejaba demasiado de su pasado. Le bastaba abrirla para revivir el olor de Frida.

Más de este autor

Dignidad

Como nunca estuvo muy claro qué añade la dignidad a los derechos humanos, con el tiempo, aquélla ha aspirado a ser el fundamento metafísico de estos

Más en El Subjetivo