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Cuando todo era bello

Foto: Kris Kesiak | Flickr bajo Licencia Creative Commons

Un día iba de tiendas con mi madre. Yo tendría veintipocos, así que ella tenía más de cincuenta. Recuerdo como si fuera hoy que mirábamos unos primaverales vestidos en un escaparate cuando dijo:

“A veces me veo reflejada en los escaparates de las tiendas y me pregunto… ¿Quién es esa mujer? Te lo juro. No me reconozco”.

Cuando me lo dijo me pareció absurdo. ¿Cómo vas a seguir pensando en ti misma como aquella que existe solo en las fotografías de juventud que guardas en el álbum? Esta madre mía, tan inteligente, tiene cosas muy literarias, pensé. Pero no. No era literaria. Mi madre era literal. Ahora, cuando me veo reflejada en los espejos de los probadores, en los escaparates de las tiendas o en las fotografías que me hacen mis hijos, me acuerdo de aquello, mientras me digo: “pero… ¿Quién es esta mujer?”

Como diría Jane Austen: es un hecho sobradamente conocido que la sociedad tiene la culpa de todo y que las mujeres mantenemos una lucha vital con nuestros cuerpos, pero poco se analiza este proceso mental, que sin llegar a bulimias o anorexias, nos afecta a todas. Nos afecta hasta a las que no creíamos que nos afecta.

Sé que este cuerpo nuevo, que me ha crecido debajo de la cabeza en los últimos dos o tres años, es mío, pero no es mío. No lo he hecho mío, o no del todo. Es como un cuerpo de Escher, que según cómo lo mires, no existe. Unas veces me gusta, otras me engaño, diciendo que puedo volver a tener el de antes. En ocasiones me veo guapa, otras, me deprimo fugazmente. Sonrío, entendiendo el proceso hormonal, el tiempo acumulado bajo la piel, los embarazos, el azúcar, la pereza. A veces reconozco un muslo como mío, otras, no concibo el tamaño de mis pechos, que en contra de lo que una podría sospechar, crecen con la edad.

Analizo mis extrañas percepciones. Mis contradicciones con este “yo” tan denso. Analizo el contexto, que desde niña me ha tenido inmersa en perfectos anuncios de cosméticos con mujeres de largos pelos brillantes que ondean como banderas de perfección, modelos de pasarela hiperdelgadas, de rostros angulosos y miradas rasgadas, vestidas con vestidos que no me pondría ni muerta… ¿Es eso? ¿Tiene la culpa de mi disociación el tan conocido canon de belleza de la moda, de las pasarelas, de los anuncios de antiarrugas? Es de suponer que bastante más de lo imaginado, aunque siempre he sabido que esa belleza es ficción.

Lo sabía yo y todos -con la posible excepción de algunos futbolistas- sabemos distinguir esa belleza de ficción de la belleza real, la del día a día, la que no juega con las luces y las sombras. Sabemos y podemos y lo hacemos, o nadie se casaría nunca con nadie real, ni tendría hijos reales, ni usaría espejos de cuerpo entero, ni saldría de su casa.

Pero de pronto, llegan los años en los que todo se empasta y te reflejas en un lugar inesperado, como un cristal cualquiera de una tienda cualquiera. Ocurre entonces que la imagen real que teníamos de nosotras, tampoco era real y echamos de menos la ficción del cuerpo que tuvimos, ¡ahora nos valdría cualquiera de ellos, el de los 40, el de los 36, el de los 32!, cuando en realidad, nunca estuvimos felices con aquellos cuerpos que ahora nos quedaríamos encantadas, sin pasar por un probador.

Me disperso. Lo hago adrede, pero no es de la sociedad de la que quiero hablar, ni del bombardeo de cremas, anticelulíticos, adelgazantes, o tintes color nórdico platino que aparecen por estas fechas del destape primaveral. Esto ya se ha contado. Yo quiero saber si puedo amar mi cuerpo por mí misma, porque me doy cuenta de que el punto de vista de cualquier cristal o escaparate es diferente al punto de vista que me devuelve el espejo de mi dormitorio. Descubro entre fascinada y horripilada, que durante toda una vida me he mirado al espejo para juzgar este cuerpo con los ojos de los demás. “Voy a salir, ¿me verán guapa?” “He quedado con mi amor, ¿me verá sexy?” “Voy a una fiesta, ¿iré demasiado elegante?”

Frente a mi espejo, mi cuerpo o mi belleza, son interrogados. Frente al espejo me preguntaba si sería deseada, besada, acariciada, admirada, envidiada, aceptada… sobre todo, aceptada. ¿Pero existe la belleza propia sin la mirada ajena? ¿Existe el sonido que nadie escucha? ¿Qué es ser bella solo para mí? No tengo referentes de esto. Supongo que hay otros cientos de miles de bellezas y atractivos que no pasan por la carne prieta, la ropa que cae con gracia, la perfección facial o un corte de pelo decente.

Solo sé que el cuerpo importa, me importa, y pesa y existe. Comprendo ahora que el cuerpo de la mujer madura corre más que el ojo interior. Se nos revela sin que nos de tiempo a recibirlo, a entenderlo, a esperarlo. Se presenta sin que hayamos pasado el duelo por quienes quisimos ser y nunca llegamos a ser. Aparece sin que sepamos llevarlo, como un abrigo pesado y extraño. Sus formas te invaden. Es la avalancha de arena que sale de un cristal roto a martillazos. Es el tiempo en volumen, en los brazos, en la espalda, en el vientre del que salieron los hijos. El tiempo es presencia carnal y nos habla de los días aquellos, cuando todo era posible, cuando fuimos ligeros, cuando queríamos enamorarnos, cuando todo era bello, pero no lo sabíamos ver.

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