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De Scorsese a nuestra España

"En España los grandes partidos están teñidos por la vergüenza de sus corruptelas diversas, con las del PSOE en Andalucía a la cabeza"

Foto: Julio Munoz | EFE

Los recuerdos se agolpan cuando un periodista que hace más de 40 años explicaba desde Nueva York a sus compatriotas del tardofranquismo qué significaban el escándalo ‘Watergate’ y la dimisión de un poderosísismo presidente de Estados Unidos ve hoy ‘El Irlandés’ de Martin Scorsese y recuerda otras crónicas de aquellos turbulentos años 70, las dedicadas a la desaparición misteriosa del líder sindical Jimmy Hoffa.

Richard Nixon y Jimmy Hoffa fueron, ya lo sabemos bien, delincuentes además de presidentes de sus respectivas instituciones totalmente legales, aunque fuese sólo en apariencia. Y desde entonces, 30 años después de una terrible guerra mundial y de tres decenios volcados en la obsesión informativa con los enfrentamientos de ideologías y sistemas políticos diferentes, capaces de producir tragedias inmensas y se sacrificar a millones de personas, la atención ha ido girando cada vez más hacia otro fenómeno social generalizado en el mundo democrático y en el que no lo es: la corrupción, el robo generalizado que perpetran los que ocupan los puestos de poder político. 

Quizá no se haya repetido una tragedia bélica mundial de las dimensiones de la de 1939-45 porque ahora el expolio interesa mucho más que el aplastamiento físico del rival y de las poblaciones inermes. En África y en Oriente Medio ya sabemos que siguen con el exterminio, y de allí nos llega de cuando en cuando un episodio trágico, un 11-S o un 11-M. Pero, desde el 3% catalán hasta el Odebrecht brasileño, el soborno y el cohecho se han convertido en los signos distintivos de todos los regímenes políticos.

En España, de todo ello ha surgido esta situación límite en la que ha estallado el sistema constitucional de 1978 y los grandes partidos están teñidos por la vergüenza de sus corruptelas diversas, con las del PSOE en Andalucía a la cabeza –pese a ser minimizadas por parte de la prensa- y, como corolario, la unidad del país a punto de estallar. 

Hoffa, Nixon, los EREs: en fin de cuentas, la capacidad o la incapacidad de los sistemas democráticos –no perdamos mucho tiempo con los otros sistemas, que ya han sucumbido- para defender y hacer respetar las leyes determinará su supervivencia. Que cada día nos parece más amenazada.

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