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El amor en los tiempos del coronavirus

"Sustituir el reguetón por un minué no parece mala idea, pero besarse con los codos tiene algo de baile de los Pajaritos"

Foto: ALY SONG | Reuters

La convivencia revela a las parejas. A veces también las rebela. Leo que en la ciudad china de Xi’an han aumentado las solicitudes de divorcio debido a la cuarentena: hasta catorce peticiones en un día. Lo que no mata, separa. Habrá que poner la noticia también en cuarentena. Hasta ahora el verano era el invierno del matrimonio, horas de terraza o playa sin saber qué decirse o sin decirse lo sabido, contemplando el mar como deseando que emerja un tsunami, crujiendo las patatas fritas con la determinación con la que se querría aplastar un cuerpo. Pero con el coronavirus no cabe tirarse al mar ni a la piscina. Una imagina a esos cónyuges confinados sin escape posible, frotándose hidroalcohólicamente las manos, como moscas, preguntando lo que Cheever a su mujer: "¿Hay algo que pueda hacer por ti, aparte de caerme muerto?".

Ramón y Cajal sentenció que "a veces nos amamos porque nos conocemos, y otras, acaso las más, nos amamos porque nos ignoramos". La cuarentena obliga a conocerse en horas bajas, miedosos y malhumorados, y el teletrabajo no traerá telerreproches, sino aguijonazos presenciales. No ha prohibido la OMS tocarle las narices al prójimo. Josep Pla prefería convivir con la persona más contraria a su manera de pensar, mientras fuera un extraño. Quizá habría que recluirse con desconocidos, no sin dilema: ¿en tu cuarentena o en la mía? Lo ideal sería un aislamiento como el de Montaigne del que, quién sabe, pudieran germinar otros «Ensayos». O, diablos, otro libro de González Pons.

No es fácil amar en tiempos de coronavirus. El aquí te pillo, aquí te mato resulta redundante. Hasta Tinder ha recomendado mantener una distancia en las citas. Cada uno es responsable de sus tactos, y más en plena pandemia. Sustituir el reguetón por un minué no parece mala idea, pero besarse con los codos tiene algo de baile de los Pajaritos. Mejor seguir las indicaciones de Pedro Salinas: «Hoy estoy besando un beso; / estoy solo con mis labios / […] Te estoy besando más lejos». Hay novios que optan por la profilaxis de la mascarilla y se retratan en las redes como los amantes de Magritte. Menos probable es el contagio entre algunos consortes, porque el matrimonio es una cama que se va haciendo más grande: entre esposos puede mediar una cadena de pingüinos.

Ante futuros confinamientos, para que la maleza no se apodere del deseo, conviene reservar una habitación de la casa con una cama pequeña donde tocarse sea la única opción. Una habitación que sea territorio neutral, un país por visitar, con el desorden de los primeros fuegos de cama, cuando no importa el tetris de los cojines ni las migas en las sábanas. Una estancia sin televisor, con libros que leerse mutuamente o tirarse a la cabeza, según la ocasión. Un cuarto donde el silencio sea chimenea y no granizo, la naftalina de Dios. El coronavirus no es el peor enemigo del amor. Antes de que nos restringieran los besos, Pitigrilli ya escribió aquello de que el amor es un beso, dos besos, tres besos, dos besos, un beso… El amor es su propio virus.

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