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El socialista que siempre estuvo allí

De Alfredo Pérez Rubalcaba podría decirse que ha sido el socialista que siempre estuvo allí. Mandó más de lo que aparentaba y, bajo suaves formas de sonrisa perenne, llegó a dominar y engrasar los duros y desagradables resortes de un partido político con mando en plaza. Pasó de la pana campanuda al traje entallado siguiendo el ritmo trepidante con el que Felipe González ganaba elecciones al por mayor y por consiguiente. Pero si en el caso de González el peso del poder se tradujo en canas fotogénicas y ojeras de jet lag europeísta, a Rubalcaba lo vimos siempre igual: delgado, un tanto desgarbado, calva esplendente y con una sonrisa que basculaba entre la calidez y la somnolencia.

Por su arrimo constante al poder y su supuesta soltura entre las turbias bambalinas del teatro político, cronistas maliciosos lo compararon con aquel tenebroso Fouché que diseccionó con precisión afilada Stefan Zweig. En la malevolencia se encuentra, eso sí, algún paralelismo posible: una capacidad admirable para la supervivencia en la actividad política, basada, entre otras muchas virtudes, en el disimulo de la ambición y la antipática vanidad. Corredor de fondo en su juventud, Rubalcaba aprendió que el esprínter impaciente es un político condenado al desgaste raudo. O al menos eso parece si atendemos a una biografía que encadenó sin prisa ni pausa carteras ministeriales, cargos orgánicos varios, portavocías e incluso una malhadada candidatura a las elecciones generales de 2011.

Después del esplendor del socialismo ochentero, Rubalcaba supo reciclarse durante los años de decadencia en la oposición y resurgió sin lamparones de corruptela con el talante sin adjetivar de Zp. De hecho, Rubalcaba, con su inmarcesible tibieza de imagen y trato, apuntaló aquella nueva socialdemocracia candorosa que en no pocas ocasiones resultaba sospechosamente cínica.

En cualquier caso, vivió el parlamentarismo en unos años en los que aún el debate no provocaba vergüenza ajena. Sus oponentes en el Congreso le reconocían capacidad de diálogo, negociación y responsabilidad de estadista, aunque le acompañó en todo momento la sombra conspirativa del que está llamado a ser un hombre de partido. Nunca fue un líder. Le faltaba aquel no sé qué que algunos atribuyen a un ignoto carisma. Puede que se tratara de una cuestión de química, en la que, por cierto, era Doctor.

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