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La imposible reforma de la escuela

"Ha sido una lástima que se hayan impuesto las teorías que proscriben el uso de la memoria en el aprendizaje"

Foto: Ben Mullins | Unsplash

 “¡Escuela y despensa!”, clamaban los regeneracionistas de hace más de un siglo, los auténticos. Lo de la despensa se resolvió, mal que bien, más que nada porque ya no hay despensas ni fresqueras; son corrientes los frigoríficos en casi todos los hogares. Pero la escuela en la edad de la enseñanza obligatoria sigue siendo una asignatura para septiembre, y nunca mejor traída la sobada metáfora.

Cierto es que se ha conseguido la mal llamada “escolarización universal”, incluyendo ahora el millón de niños que son hijos de inmigrantes extranjero

s. Solo faltaba que a estas alturas no se hubiera alcanzado tal logro, que es un signo de cualquier país medianamente desarrollado. Claro que no es lo mismo escolarizar que estabular.

Otra cosa es lo que se enseña en las escuelas y cómo se enseña. Por ese lado, es ostensible el fracaso de toda una generación, del país entero en estos momentos. No hay que ser pedagogo para detectar los fallos. Es más, uno de los errores de nuestro sistema de enseñanza ha sido el desproporcionado influjo que han tenido los pedagogos progresistas. Más les valdría haberse quedado con la estricta etimología, pues el “pedagogo” (y también el “pedante”) era literalmente el esclavo o ayo que se cuidaba de los niños en los hogares de los patricios. Más que pedagogos pedantes se necesitan buenos profesores, y que no sea tan alta la sobrerrepresentación de las mujeres en el gremio académico.

“Es necesario volver a un sistema de calificaciones numéricas por asignaturas”

La primera providencia es que resulta disparatado el criterio de agrupar a los escolares por cursos según la edad. Parece más conveniente que el criterio sea el de la edad mental, la inteligencia y el grado de familiaridad con la lengua en la que se van a impartir la mayor parte de las clases. Aunque pueda resultar discriminatorio, los escolares discapacitados física o mentalmente deben agruparse en una enseñanza especial. Aun así, es beneficioso que los alumnos discapacitados participen con los demás en muchas actividades extraescolares. Los chicos que no conozcan el idioma español (por pertenecer a hogares de inmigrantes extranjeros) deben recibir también un especial apoyo individualizado.

La imposible reforma de la escuela

Foto: Aaron Burden | Unsplash

Aunque pueda parecer chocante, es necesario volver a un sistema de calificaciones numéricas por asignaturas. Las notas deben ser conocidas por los padres o tutores de los escolares. Una nota de “suspenso” o equivalente significa la repetición de la asignatura o del curso. Habrá que diseñar un sistema de premios para gratificar a los alumnos que obtengan mejores notas.

No está resulta la batallona cuestión de los deberes para casa o en vacaciones. En principio, resultan benéficos para los propósitos de la enseñanza, siempre que no exijan un esfuerzo desproporcionado. También aquí se impone una política de premios

No se puede discutir la utilidad de las actividades extraescolares o lúdicas, pero hay que reducirlas a un grado razonable. Puede que se produzca un exceso de la actividad de “colorear dibujos”. Con los medios audiovisuales e informáticos hoy disponibles, se puede organizar muchas actividades en las que se despliegue la capacidad imaginativa y creativa. Conviene desarrollar más los ejercicios de cooperación, competición y trabajo en equipo. Es algo que normalmente se asocia con el deporte, pero es ampliable a otras muchas actividades.

La imposible reforma de la escuela 1

Foto: Erika Fletcher | Unsplash

Ha sido una lástima que se hayan impuesto las teorías que proscriben el uso de la memoria en el aprendizaje. Hay que recobrar la gran utilidad que tiene el cultivo de esa facultad, compatible con las enormes facilidades que hoy proveen los instrumentos informáticos. Los escolares deben ejercitar mucho más la memoria a través de los poemas, las canciones, las obras de teatro y multitud de juegos. Se impone también el ejercicio del cálculo numérico de modo personal.

Otra actividad que ha quedado arrinconada en la práctica escolar ha sido la lectura y la escritura. Aunque parezca ir contra corriente, es un buen momento para que los alumnos se estimulen a leer más, no solo textos en los que predominan los dibujos. Por lo mismo, conviene que los escolares practiquen más la redacción de pequeños textos literarios. Como es lógico, tales actividades se desarrollan a la par del conocimiento de las reglas ortográficas, en principio de la lengua en que se imparte el grueso de las enseñanzas (mal llamada “vehicular”).

La lectura y la redacción no deben olvidar el viejo complemento de la “oratoria”. Sencillamente, todos los alumnos deben aprender a hablar en público sin leer. Es algo que también se puede desarrollar como una especie de juego. Los medios audiovisuales pueden ser de gran ayuda para conseguir el objetivo indicado.

Ha sido una lástima que se hayan impuesto las teorías que proscriben el uso de la memoria en el aprendizaje.

Mención especial merece la cuestión de la lengua, o mejor, las lenguas. Primera providencia: La organización de la enseñanza en la edad obligatoria debe proporcionar la facilidad de una opción que sea la de la enseñanza en español en todo el territorio nacional. Se completará con la posibilidad de que existan algunos centros que puedan impartir la enseñanza en otras lenguas regionales o extranjeras. Aun en esos casos los escolares deben estudiar español en todos los cursos. Debe recordarse el dato de que, después del inglés (bien que a considerable distancia), el aprendizaje del español es el más demandado en el mundo. Es decir, el conocimiento del español se fundamenta en un criterio pragmático, como lengua que es de comunicación internacional.

Es sabido que el aprendizaje de un idioma no impide que se aprendan otros. No es ningún despropósito que haya centros escolares donde los alumnos se ejerciten en tres o más lenguas. Es un hecho que potencia la capacidad de razonar.

No estará de más que, junto a las prescripciones educativas, se señalen otras que caen más bien en el capítulo clásico de las “normas de urbanidad”. Una esencial es que en los recintos escolares los alumnos no deben hacer uso de los móviles, tabletas u otros artefactos similares para uso personal. En la disciplina escolar no debe haber ninguna discriminación por el sexo, la religión, la lengua familiar o la nacionalidad de los alumnos. La relación de los alumnos con los profesores (y a la inversa) deben basarse en el respeto. En principio, parece conveniente que los alumnos se vistan con algún tipo de prendas reglamentarias.

No ignoro que muchas de las ideas que aquí expongo puedan parecer utópicas, pero son convenientes para marcar tendencias deseables.

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