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La risa triste

"Me esfuerzo por ser Demócrito con una batería muy surtida de argumentos lógicos. Pero veo el eclipse del principio de autoridad en Cataluña y heracliteo"

Foto: Rubens | Museo del Prado

El filósofo Demócrito era tan rico que, según Valerio Máximo, “su padre pudo ofrecer una fiesta a todo el ejército de Jerjes sin problemas”. Pero a él le dio por cavilar y para “centrar su mente en el estudio, donó su riqueza a su país, manteniendo solo una parte muy pequeña para él”. Se dedicó “a acumular conocimiento” con tanta humildad y discreción que sus conciudadanos lo olvidaron.

Dominado por su afán elucubrador, llegó al extremo –asegura Aulo Gelio– de “privarse voluntariamente de las luces de los ojos, porque consideraba que las meditaciones y reflexiones de su mente serían más vívidas” si no estaban distraídas por ningún estímulo externo. Se reconcentró tanto, que, al fin, descubrió la verdad y su luz le hizo estallar en carcajadas de forma tan estentórea, que sus compatriotas sospecharon que se le habían ablandado los sesos y mandaron llamar al médico Hipócrates.

El padre de la medicina le preguntó por la razón de su risa, y Demócrito respondió que “este mundo no es más que una casa de locos, cuya vida es una comedia graciosa representada para hacer reír a los hombres”. O esto es, al menos, lo que asegura Huarte de San Juan en su Examen de ingenios para las ciencias. Hipócrates aceptó que son tantas las cosas ridículas del mundo, que mueven a risa hasta al más saturnal. Así que le diagnosticó sabiduría y recomendó que lo dejaran en paz. El mal no estaba en él.

Hubo otro filósofo griego, Heráclito, que compartía con Demócrito la nobleza del linaje y la voracidad del estudio. También dio, tras mucho reconcentrarse, con la realidad de las cosas y su luz se le metió en los ojos con tal saña que ya no pudo dejar de llorar. Saavedra Fajardo asegura que andaba tristísimo porque la verdad era desoladora. “Era todo tristeza y llanto”, escribe Lucio Espinosa y Malo. Fernán Caballero especifica que lo que más le dolía eran “las aberraciones de los hombres”.

Yo, que sólo veo la superficie de las cosas y me distraigo con frecuencia, me digo que la filosofía está más cerca de Demócrito que de Heráclito y me esfuerzo por arrancarme una sonrisa, pero con el esfuerzo se me escapa… no una lágrima, pero sí la melancolía, que es la memoria del pobre.

Me repito, con Balmes, que “los hombres no son amigos de una filosofía que empieza por llorar” e intento convencerme de que, para amar bien la democracia, hay que amarla con un punto de distancia irónica.

Me esfuerzo por ser Demócrito con una batería muy surtida de argumentos lógicos. Pero veo el eclipse del principio de autoridad en Cataluña, y heracliteo, porque no se puede criar un puer robustus impunemente. Y, ya ven, me encuentro como Campoamor:

con Heráclito llorando,

con Demócrito riendo.

Veo esa frívola relación que algunos políticos con mando mantienen con nuestras instituciones, sus gestos de propietarios caprichosos –cuando son sus inquilinos–, su ignorancia del inmenso poder deseducativo de sus frivolidades, su escandalosa falta de coherencia, capaz de saltarse a la torera el mismísimo principio de contradicción, y me veo reflejado en ese “uno” y ese “otro” de sor Juana Inés de la Cruz:

Uno dice que de risa

sólo es digno el mundo vario;

y otro que sus infortunios

son sólo para llorados.

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