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Los odiantes

"Siempre me ha sorprendido la facilidad con que se odia en Cataluña"

Foto: Toni Albir | EFE

En julio de 2013, pocos días después del accidente ferroviario de Santiago de Compostela en el que murieron ochenta personas, Joan Antoni Poch (JAP) publicó una viñeta en El Punt Avui en la que aparecía una vía de tren doblegada, acompañada de una pancarta que decía “Marca España”. Evoco este sutil ejercicio de humor nacionalista para recordar que el espectáculo de odio y deshumanización al que asistimos a diario no es consecuencia del procés o del encarcelamiento de sus responsables, sino que es justo al revés: la xenofobia es la madre del procés. Por desgracia, los poderes públicos en Cataluña han alentado ese sentimiento de agravio y diferencia que tan fácilmente metaboliza en fanatismo. Esta semana hemos sabido que los odiantes nacionalistas han comenzado a jugar con explosivos, o lo que es lo mismo: el odio ha superado la fase verbal.

Durante los últimos años ha sido difícil concienciar a propios y extraños del riesgo que entrañaba la normalización del odio que los nacionalistas nos dispensaban en sus medios, sus calles e incluso en su Parlament. Sí, comentamos aquello de las “bestias taradas” de Torra, y de vez en cuando nos escandalizamos con algún chiste racista del infausto Toni Albà, pero la lluvia fina de la xenofobia pasa, por constante, casi inadvertida; igual que un clavo aislado nos lastima el pie pero podemos caminar indolentes sobre cientos.

Siempre me ha sorprendido la facilidad con que se odia en Cataluña. Recuerdo comentárselo, hace cosa de un año, a un par de amigos biempensantes que siempre consideran que exagero. Ante su incredulidad les propuse un ejercicio que permitiera tomar la temperatura moral del ambiente: les pedí que imaginaran cómo reaccionarían los políticos nacionalistas y sus huestes si se produjera un atentado mortal en nombre de la independencia. Hubo silencio. Nadie era capaz de imaginar a Torra guardando un minuto de silencio por un guardia civil asesinado, mucho menos leyendo un comunicado condenando la acción de sus acólitos. Aún así, no veían verosímil pensar que el odio pudiera tornarse mortal. En su ingenuidad, deben pensar que la violencia consiste en que, un buen día, tu vecino pasa de saludarte sonriente a ponerte la parabellum en la nuca. No. Entre ambos hay una travesía emocional, deshumanizadora, que estamos lentamente recorriendo.

Pero la reacción del independentismo no es, por esperable, menos dramática. A un President encausado por desobediencia y un discurso abiertamente insurrecto, se suma la sospecha de que la Guardia Civil quiso guardar cierta información operativa de los Mossos, por temor a filtraciones. Es decir, existía la sospecha de que una fuerza armada, con más de quince mil efectivos y responsable del orden público en Cataluña, pudiera obrar en connivencia con supuestos terroristas. Quizá el ejemplo más triste de la ignominia que flagra en Cataluña ocurrió el jueves, cuando el portavoz de Ciudadanos fue expulsado de la cámara por denunciar el compadreo entre los detenidos y los grupos nacionalistas.

Temo que vendrán malos tiempos. Pero temo algo peor: vendrán malos tiempos y los amigos biempensantes seguirán sin reaccionar. Denunciando a los odiantes, pero rematando con eso de que grupos como Ciudadanos viven de la crispación. Ay, amigos, lo importante no es evitar la crispación, sino combatir el odio. Y el odio no puede combatirse sin provocar crispación.

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