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“Nunca se es tan viejo como para perder la esperanza": los noventa años de Kjell Askildsen

"Lo que necesitamos y buscamos de una forma animal será también lo que nos haga sufrir y decaer, o lo que directamente nos destruya"

Foto: Finn Ståle Felberg | Unsplash

Si yo escribiese cuentos, creo que sé con nitidez lo que querría conseguir: me gustaría que el lector disfrutase todo el rato de lo que se le contara, que sonriera, que no pudiera dejar de leer, que se olvidase del mundo y quedase atrapado por la acción, cómplice de sus personajes (y de mí mismo), y que, aun habiendo entendido absolutamente todos los sucesos y los detalles del relato, al acabar se preguntase inevitablemente, un poco desconcertado: ¿qué demonios me acaban de contar? Esto es, fascinar y confundir, siquiera levemente, o al menos en un primer momento; obligar, en fin, al lector a cavilar mínimamente sobre lo que ha leído, a extraer significados no obvios, a conjeturar… pero sin que el disfrute de la lectura dependa necesariamente de que “acierte” con lo que yo haya invertido allí. Al cabo, me doy cuenta, no es muy distinto de lo que sucede con los poemas: puestos a elegir, siempre será incomparablemente mejor dejar al lector a medias que fatigarlo o aburrirle.

Siendo así, se entenderá fácilmente que, “entre los cuentistas míos, tiene Askildsen un altar”. El escritor noruego, uno de los que con más frecuencia y sagacidad ha escrito sobre la vida de los ancianos, cumplió el pasado lunes, 30 de septiembre, noventa taciturnos años, y nos ha parecido una ocasión oportuna para releer sus cuentos, sobre todo porque además han sido recientemente reunidos por Nórdica Libros en el volumen titulado No soy así. Cuentos, 1953-1996. Kjell Askildsen es autor también de algunas novelas que jamás han sido traducidas al español y que, por tanto, no hemos podido leer, algo bastante frustrante. Pero nos quedan sus canónicos y ya clásicos cuatro libros de cuentos, publicados con muchos años de diferencia entre ellos, en una obra que se vio interrumpida por la ceguera antes de alcanzar el siglo XXI. A España los importó por primera vez la editorial Lengua de Trapo, con un éxito tan considerable como reconfortante.

“Nunca se es tan viejo como para perder la esperanza

A partir de ahora te acompañaré hasta tu casa (1953) es un libro protagonizado sin demasiadas excepciones por algunas de las trampas y de los chantajes que habitualmente implica la conyugalidad, pero no por afán de protestar por el asunto, sino más bien de, simplemente, retratarlo, traducirlo a buena literatura. De hecho, aunque hay algo claramente descarnado en esos once relatos (como, por otra parte, en toda la obra de Askildsen, que es una especie de Salinger noruego), eso se demuestra compatible con lo desenfadado, con un humor de nota alta, aunque responda a esa extrañísima y a veces inextricable variante nórdica del humor, que se puede rastrear tan temprano como en algunas sagas vikingas. Las trampas del amor, según Askildsen, pueden intuirse ya en sus primerísimos compases, en los idilios adolescentes, en los primeros enamoramientos y anhelos eróticos. Lo que necesitamos y buscamos de una forma animal será también lo que nos haga sufrir y decaer, o lo que directamente nos destruya, y esa paradoja amorosa es uno de los principales indicios de ese absurdo de la vida en el que siempre ha insistido el autor (a veces incluso con excesiva insistencia, con más talento que capacidad “filosófica” de convicción), algo que estalla en el último cuento, “Todo como antes”, una obra maestra, y todo un, si se me permite la expresión, “cuento de no retorno”, tanto por lo que cuenta como por cómo lo hace.

Lo que necesitamos y buscamos de una forma animal será también lo que nos haga sufrir y decaer, o lo que directamente nos destruya

Esa perspectiva un tanto nihilista o cuando menos desengañada del narrador de Mandal (la ciudad más meridional de Noruega) se traslada a Últimas anotaciones de Thomas F. para la humanidad (1983), uno de los libros más amados y leídos por los lectores noruegos, algo un tanto inquietante dado que contiene una defensa radical no sólo de la eutanasia, algo ampliamente aceptable, sino, más subliminalmente, del suicidio, lo cual es por otra parte es un tema habitual, casi una suerte de estribillo, en la literatura escandinava. Pero Askildsen trata todo eso con su habitual humor, que en este libro (que es en puridad una novela, pues todas las secuencias están protagonizadas por el Thomas del título, un médico viudo del que vamos sabiendo cosas…) conoce sus ejemplos más brillantes, en situaciones cotidianas pero enfocadas de un modo disparatado (algo que, estoy seguro, influyó en la exitosísima saga narrativa de Elling, iniciada en 1993 por Ingvar Ambjørnsen). Thomas F. es, como tantos otros personajes de Askildsen, un viejo cascarrabias, sin que sepamos en principio cómo ha llegado a ese presente suyo, tan gruñón: “Cada vez que me encuentro con alguien, me siento más solo que antes”, “la gente que cree en la vida eterna no es racional”, “si uno dejara de albergar esperanzas, se ahorraría un montón de esperanzas”… Pero también cree que “nunca se es tan viejo como para perder la esperanza” o, más interesante por sus posibles implicaciones metaliterarias, que “todo tiene su lógica inherente, pero no siempre resulta fácil descubrirla” (todas las traducciones, por cierto, son de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo).

“Nunca se es tan viejo como para perder la esperanza

Un vasto y desolado paisaje (1991) es, desde su título, un libro más irónico, aparte de variado. El rótulo se explica en la primera página de “El comodín”, donde un anciano mira por la ventana y entonces “ocurrió lo que ocurre de vez en cuando: se te viene encima un gran vacío, es como si la misma falta de sentido de la existencia se te metiera adentro y se extendiera como un inmenso y desnudo paisaje”. En todo ese libro Askildsen se erige definitivamente como un hito insustituible de esa corriente literaria noruega masculina que hace de la rudeza un valor real y que en la contemporaneidad va desde el inmenso Knut Hamsun hasta Karl Ove Knausgård. En “El estimulante entierro de Johannes”, por ejemplo, encontramos algo así como un Bukowski estilizado, mientras que “Allá está enterrado el perro” es más netamente carveriano: hombres de vuelta de todo, insensibles hasta la parodia, exageradamente desvinculados de su familia, egoístas, violentos, indolentes e irresponsables pero a la vez observadores, ocasionalmente lúcidos, indiferentes ante la muerte ajena y también ante la propia.

Los siete cuentos de Los perros de Tesalónica (1993) son la última muestra hasta hoy del talento de Askildsen, y donde su personalidad literaria vuelve a deslumbrar, con una extraña mezcla de economía de recursos y multiplicidad de insinuaciones, con tantos silencios como significados. Es en ese libro, ¿el último de su autor?, en el que más sorprende la capacidad de Askildsen para apretar la información en pocas líneas, y además sin que se note: cuando sólo llevas leídas dos páginas de cualquier cuento, te detienes y puedes comprobar cuántas cosas sabes ya, entre lo que se ha dicho y lo que se ha sugerido. Y eso con una cronología muy sencilla: todo está siempre en presente, pero la presencia del pasado es aplastante, como si sólo asistiéramos a las consecuencias o la sombra de largas vidas fracasadas, a la infranqueable pared en donde termina una calle que no tenía salida, que ya no tiene futuro.

Puestos a elegir, siempre será incomparablemente mejor dejar al lector a medias que fatigarlo o aburrirle

Supongo que habrá lectores a los que los cuentos de Askildsen les resulten deprimentes. A mí no me parecen ni siquiera tristes, aunque están, desde luego, atravesados por una fatalidad de partida, por un pesimismo que no es el resultado de reveses o desgracias, sino del propio transcurrir del tiempo, de la pura observación de la realidad. Es una actitud muy propia de aquellas latitudes: cuanta más calidad de vida, mayor es la pesadumbre, y se diría incluso que es mayor y mayor cuanto menos justificada está. Se diría que allí la vida pesa más, tal vez por el frío, tal vez por la oscuridad, tal vez por el excesivo bienestar. Pero la literatura que surge de todo ello es, literalmente, una gozada, una fiesta, si se acierta a leerla no como el testimonio de una abatimiento universal sino como una extraña y tácita celebración de la normalidad, del día a día. “Quería ser visible, pero a distancia”, afirma un personaje de “El clavo en el cerezo” (en Un vasto y desolado paisaje), y es que hay dos necesidades irreconciliables: necesitamos seguir vivos, sí, pero a la vez necesitamos observar la vida desde fuera, sin participar demasiado, como espectadores que mantienen cierta curiosidad por el mundo. También en eso es salingeriano Askildsen: “Sé por experiencia que se debe evitar descubrir a alguien que desea permanecer oculto (“El rostro de mi hermana”, en Los perros de Tesalónica).

Esa última cita hace todavía más gracioso algo que descubrió hace unas semanas la poeta malagueña Isabel Bono, gran admiradora de Askildsen, y es que, si se consulta en el StreetView de Google Earth la presunta dirección del escritor, aparece esa imagen de abajo, lo cual viene a confirmar hasta qué punto su visión del mundo es certera: todo es fatal, todo es absurdo, todo es una gran estafa…, y eso hace que todo sea divertido, que todo sea finalmente estupendo.

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