THE OBJECTIVE
Ignacio Peyró

Morenas de llama, rubias de miel

De cómo la humanidad siempre amó la piel blanca y cómo comenzó a amar la piel morena.

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Morenas de llama, rubias de miel

De cómo la humanidad siempre amó la piel blanca y cómo comenzó a amar la piel morena.

No hace tanto tiempo, el moreno se explicaba menos por las escapadas a Ibiza que por determinación genética o –simplemente- por haber ido a segar. “Blanca me era yo / cuando entré en la siega”, dice una coplilla que fue lopesca pero pudo haber sido popular. La morenía, por contraste, tenía que hacerse valer o perdonar, y ahí está la amada del Cantar con su disculpa: nigra sum sed formosa, “soy oscura pero hermosa, hijas de Jerusalem”. Véase que, en el mismo Cantar, se pondera el blancor del amado como el elogio más altisonante. En fin, del Cantar al Cántico Espiritual, la amada de San Juan pide perdón “si color moreno en mí hallaste”.

En la Biblia, los dientes de la boca deseada se equipararon al color más deslumbrante de este mundo: el de las ovejas que se acaban de esquilar. Guido Cavalcanti también iba a ser muy fino: compara a su dama “con la nieve blanca que cae sin viento”, y ahí casi oímos el desgranar tan dulce de la música del Stil Novo. Sólo la heterodoxia de Shakespeare –en sus sonetos- se atrevió a afirmar que la nueva belleza está en lo oscuro. Incluso a la hora de vestir, lo femenino se quiso blanco hasta los primeros duelos en Ascot y la venganza de Coco Chanel, que hizo vestir a las señoras el negro que, hasta entonces, sólo vestían las criadas y las monjas.

La obsesión por la blancura llevó –acá en España- al surgimiento de las “opiladas”, de las bellas que beben aguas barrosas para contagiarse de la palidez del caolín, con las manos apenas surcadas de una evanescente linfa azul. Lope de Vega, con El Acero de Madrid, dedicó una pieza a estas beldades que llegaban a comerse, lasca a lasca, los jarrones: no era asunto sin importancia, pues con sus blancuras de transparencia mostraban su casta inclinación y su crianza aristocrática, libre de trabajo manual. En el XVIII, la moda aticista en el vestir dio pie a la pulmonía, resultado común de tanta vaporosidad, como “la enfermedad de las muselinas”. Como sea, la virginidad del blanco ha puesto al rojo no pocas pasiones, y las “actitudes” de la Hamilton, en pose de divinidad griega, subyugaron a Nelson el marino y a Hamilton el diplomático.

Pasado el tiempo, esa continuidad de amor por lo blanco tuvo perpetuación en pintores y poetas del XIX, aunque estos optaran, para la mujer pálida, por adjetivos de alto standing como ebúrneo, alabastrino, eucarístico o lilial. En ellas habría algo espectral, como en Moby Dick habría algo maligno: siempre algo mistérico, en todo caso. Jean Lorrain fantasea con muchachas con candidez nacarada de muñecas, mientras Albert Samain escribe largas tiradas de versos en defensa de la mujer rubia y feérica, partidario de “les blondes de miel” frente a “les brunes de flamme”. A comienzos de aquel siglo, Goethe –teórico eminente del cromatismo- dejó dicho que “los hombres cultos sienten natural aversión hacia el color”: décadas después, el XIX se irá revelando como el siglo de la blancura, con la muchacha del Almuerzo sobre la Hierba desnuda como una irradiación. Hasta Ingres y David pintarán la gradación blanca de la piel de sus odaliscas, y al imaginar un cuadro impresionista, no es raro imaginar a una muchacha con su parasol. El mismo orientalismo que nos trajo la porcelana también nos trajo nuevos matices, en honor a la observación de Tanizaki: en Asia, el refinamiento es frío, el refinamiento es blanco. De vuelta a Europa, si la clorosis hiperestésica afirmó el culto victoriano a la ninfa –pensemos en esas Ofelias prerrafaelitas-, la identificación entre los pechos y la luna, de Lorca a Miguel Hernández, iba a ser propia de la poesía española, “toda una colmena de leche con espuma”. Quizá sea una sensualidad algo más brusca, pero en esos pechos furtivos también había algo de las “hermosas ninfas” que Garcilaso sorprende en un remanso del río, “alzando / vuestras rubias cabezas a mirarme”.

Sólo a partir de los años treinta comienza en Europa el aprecio del moreno, signo –o al menos fingimiento- de haber pasado un tiempo en el Mediterráneo, por contraste con una palidez que hablaba ya de hacinadas vidas proletarias. En aquellos tiempos, una piel broncínea ya dejaba entrever el amor por el sport, por el viaje, la aventura y el placer. Era lo moderno. Precisamente en los años treinta, un profesor de Columbia hablaba del moreno como de “una moda pasajera y juvenil”. No tuvo, en verdad, el día profético.

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