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Luis Sánchez-Merlo

El torrente indómito de la vida

«Antes de que Internet, Google, Facebook, Instagram ‘et allii’ entraran en escena, el número de lectores de periódicos impresos ya se había empezado a desplomar»

Opinión

El torrente indómito de la vida
Copernicus Sentinel Reuters

El columnista mas leído (y controvertido) de la prensa norteamericana, George F. Will, asiduo articulista del Washington Post, hijo de un profesor de filosofía y lector de José Ortega y Gasset, no pierde ocasión para citar al pensador español: «Para dominar el torrente indómito de la vida, el hombre culto medita, el poeta se estremece y el héroe político erige la fortaleza de su voluntad».

Esta pertinente intimación coincide puntualmente con la erupción devastadora de un volcán en la bellísima isla de la Palma, con inundaciones tempestuosas tras lluvias torrenciales e incendios devastadores de la naturaleza, sacada de quicio.

Muestras inequívocas del complejo y debatido cambio climático, precisamente uno de los reproches que le hacen los críticos a Will, al que recriminan falta de claridad y contundencia.

El hecho de que el cambio climático, el primer problema que tiene el mundo, sea una gran amenaza basada en una ciencia razonable, muestra que las opiniones deben ser moderadas por el análisis, y la ideología debe colocarse un poco más abajo en este caso.

Pero la cuestión esencial es que requiere ser abordado con urgencia y rapidez, ya que se manifiesta con creciente y ruinosa acrimonia. Negar la evidencia, utilizando un argumento de autoridad que ha sido desacreditado, es simplemente un error.

A George Will (GW), incisivo heraldo de los conservadores republicanos, hasta convertirse en su furibundo crítico, le prestaba fingir que el trumpismo era una especie de shock, una sorpresa, algo inesperado, una anomalía, en lugar del resultado inevitable de sus propias palabras y comportamientos durante las últimas décadas.

Tras medio siglo y 6.000 columnas al coleto, GW hace gala a menudo de una impertinencia irritante: «A mí, me pagan por hacer lo que haría sin remuneración. Si amas tu trabajo, no trabajarás ni un día en tu vida». El niño prodigio de los medíos made in USA, no desaprovecha ocasión para recrear una visión que detestan sus detractores, al considerarla oblicua y sinuosa. Pero este descaro no empalidece una mente refinada, que recrea las pasiones con causticidad.

Antes de que Internet, Google, Facebook, Instagram et allii entraran en escena, el número de lectores de periódicos impresos ya se había empezado a desplomar. La televisión, como necesidad, dio a la gente la impresión de que podía estar bien informada sin apenas esfuerzo y sin coste alguno y el proceso se aceleró con medios que permiten la difusión instantánea de pensamientos que, según Will, nunca deberían haber sido pensados, y mucho menos expuestos por escrito.

Aun cuando los libros siguen siendo los principales transmisores de ideas, el último clavo en el ataúd (y la fuente de la mayoría de las «noticias falsas») han sido las plataformas que han hecho de los teléfonos móviles una fuente de información primaria para muchos.

Sus breves artículos -no más de 750 palabras- se convierten en un regocijo para los suficientistas, como él mismo. Que la mayoría no lea periódicos, y mucho menos los artículos de opinión son una emancipación para los columnistas.

Las pistas falsas, los argumentos de autoridad, las palabras comodín, las falsas dicotomías… son habituales en buena parte de las columnas de opinión, hasta convertirse en simples desplantes ideológicos.

Las de GW infieren una erudición ingeniosa, escanciada con un estilo incisivo y provocador, lo que invita al circunloquio y la reflexión. El dominio de la lengua y la refinada elegancia de su escritura, convierte sus pendencias en un acicate, incluso para quienes no están de acuerdo con él.

Leer, en tiempos indómitos, a un escritor culto y sobrio, inspira y enriquece, máxime cuando el partidismo fanático se apodera de los medios. Y eso que pensar y escribir como un tribalista conservador, le ha costado no ser una fuerza positiva en la sociedad civil norteamericana.

Pero el partidismo sin matices, una afectación que personifica un intelectualismo efímero e insípido, y un elitismo que lo aísla, vienen siendo las razones invocadas por una parte de sus lectores que no le acaban de reconocer su «elegancia mordaz». Y eso que Will a sus 80 años sigue siendo elegante sin esfuerzo.

A pesar de seguir siendo apologista de la terrible y costosa «construcción de naciones» en países lejanos, uno siempre termina disfrutando con ese vocabulario barroco.

Ya lo decía Goethe: «Cuando las ideas fallan, las palabras son muy útiles».

El Washington Post acaba de publicar un homenaje en torno al lanzamiento de su nuevo ensayo: La búsqueda de la felicidad es la felicidad, adaptación de un trabajo previo de George Will: American Happiness and Discontents.

La mera idea de que GW escriba un libro sobre la felicidad es motivo de extrañeza. La búsqueda de la felicidad no es la felicidad para los millones de estadounidenses que están pugnando por comer y dar un techo a su familia.

En los últimos años, en la única nación fundada sobre la idea de que la gente debe ser libre de buscar la felicidad, un empacho (demasiada gente piensa y actúa como tribu y define su felicidad como la infelicidad de la otra), la felicidad ha sido esquiva ¿Le suena al lector?

Rastreando el torrente indómito en nuestro país, una de las razones por las que la temperatura del discurso nacional es tan alta se debe a que hay mucho en juego, las peleas de hoy no son opcionales y vale la pena ganarlas. Los actuales descontentos podrían ser menos si los ciudadanos se adhirieran a dos imperativos categóricos: comportarse tan inteligentemente como puedan, y ser tan alegres como sea razonable.

La opinión de George Will, según la cual algunos individuos piensan que «los pulmones son la sede de la sabiduría», es posible que le divierta, pero lo que no admite dudas es que capta con esmero las estrategias de los extremos.

En su libro, Democracia en América, Alexis de Tocqueville se preguntaba, implícita pero insistentemente: «¿Puede una nación tan comprometida con la igualdad cultivar y celebrar la excelencia, que distingue a los pocos de los muchos?» George Will, fiel exponente de las relaciones entre el grupo resentido y el individuo destacado, es uno de ellos.

Mientras tanto, el volcán se va adueñando del mar y el torrente indómito de la lava, coloniza todo lo que se interpone en su avance imperioso y destructor.

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