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Paula Fernández de Bobadilla

Estampas ligeras

«Después de un año de intensidad, aprecio mucho volver a disfrutar de nuevo con las cosas relativamente sencillas –unas más que otras»

Opinión

Estampas ligeras

Después de un año de intensidad, aprecio mucho volver a disfrutar de nuevo con las cosas relativamente sencillas –unas más que otras–. Hace unos días vi un agateador trepando por el tronco de una encina. Luego me arreglé muy bien y me fui a la calle con mi prima Livia y mi amiga Sylvia y eché un sábado glorioso, de esos que llegas a casa a las 12 sin cenar –lo sé, vivo al borde del abismo– habiéndote reído muchísimo. Primero fuimos al preestreno del nuevo documental de José Luis López Linares, España, la primera globalización (que es estupendo, por cierto). Fue en el Capitol. Hacía años que no iba al cine en una sala de las de verdad y nos lo pasamos fenomenal. De ahí nos lanzamos a La Malaje, donde nos esperaban dos amigos más. Tomen nota porque es uno de los pocos sitios de Madrid en los que se puede encontrar una gran variedad de vino de Jerez y, además, se come divinamente. No sé si es más fácil ver a un agateador que ir al preestreno de López Linares, pero me consta que a él también le habría encantado verlo, y por ahí quedamos los tres enganchados: José Luis, el agateador y yo.

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El último mes y medio he estado viviendo en casa de mis padres. Por las tardes voy a tirar la basura con Teca, la teckel con pelo de jabalí que vive allí. El primer día la vi con tanto interés que no tuve más remedio que dejarla venir conmigo. Nunca antes ha ido sin correa por la calle y aprovecho para ver qué tal va. Sale contentísima, con esas patas un poco largas para ser una perra de raza y su cara de perra simpática y sus kilillos de más, y camina a mi lado como si alguien la hubiese educado alguna vez. Se para cuando hay que cruzar y no lo hace hasta que se lo indico. Es la imagen de la felicidad, trotando inelegante y alegre a la luz de las farolas.

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Este año Lucas termina temprano y viene a comer a casa. Encuentro un placer sentarme con él y charlar de cualquier cosa. Llega contento de su colegio nuevo, qué bien. Le encanta describirme memes o contarme tiras cómicas de Sherman’s Lagoon que no entiendo jamás. Le da igual que yo no quiera enterarme, él sigue como si tal cosa. Como hacía yo con mis padres. Está sonriente, le brillan los ojos, se ríe con facilidad. Qué me gusta verlo contento.

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Algunas tardes me voy a coser a casa de mi tía Begoña. En realidad la que cose es ella, yo me dedico a recortar cuadrados para hacerle una colcha a Lucas con las camisas viejas de su padre y de su abuelo. Llevo doscientos y tengo que hacer doscientos más. Últimamente se une mi madre, que hace cuadraditos de petit-point de colores muy luminosos, sin un propósito concreto. Yo hacía petit-point de chica con mi hermana, y siempre le estaba pidiendo a mi abuela que me deshiciese los nudos. Echábamos unos ratos tan buenos como los que paso ahora con mi madre y con mi tía venga a charlar, a darle a la machiri, como decía mi abuelo Vicente.

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En casa de mi amiga Esperanza hay una urraca con muy poca vergüenza. Ella me lo cuenta con cara de horror y yo la miro con cara de qué suerte tienen algunas. Las urracas son relistas y preciosísimas, le digo, y ella me mira abriendo mucho esos ojos enormes que tiene y asintiendo despacio, como la que me sigue la corriente, pero sé que no la he convencido. A Esperanza le traen al fresco sus elegantes colas largas y sus colores como de damero brillante, con esos blancos tan limpios y esos negros rutilantes. Un día la urraca se le coló en el salón y mi amiga se subió al sofá como la que ha visto un ratón. Me imagino al pájaro pensando ¿pero no sabes que vuelo, criatura? Otro día preparó unos macarrones con tomate y se le metió en la cocina. Ella abrió la ventana y salió de allí cerrando la puerta, “Ahí se las componga la urraca”, me decía. Yo no me encuentro más que salamanquesas, con lo poco que me gustan. Qué mal repartido está el mundo.

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Desayunamos en San Mateo una mañana soleada de sábado. Están los sospechosos habituales: la mesa de la Juani, la de las rubias alegres y la del cura de la Merced. Hoy, además, hay un señor con sus nietos, que son un poco tamaño niño de Sempé. Están echando una mañana fantástica, cada uno con su botellita de batido –uno de fresa y el otro de chocolate– y un álbum de cromos. Cuando llegamos mi madre y yo, mi padre ya ha terminado de desayunar. Nos habla de una rubia estupenda, chiquitita, curvosa, que se arregla la mar de bien con un floreado vestido de algodón para sacar a pasear al perro. “Es totalmente el capricho del abuelo”, dice, encantado con el acierto de su descripción. Yo hago como que me escandalizo y mi madre le da la razón muerta de risa. Empezamos el otoño con buen pie.

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