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Joaquín Jesús Sánchez

La compra de los pobres

«En Andalucía he oído en alguna ocasión una expresión extraordinaria: que no haya miseria»

Opinión

La compra de los pobres
Victoriano Izquierdo|Unsplash

Esta semana ha tocado discutir cuánto puede uno gastarse en comida a cuenta de una infografía de El Intermedio, donde Wyoming dice que 200 euros se deja el conciudadano medio en el súper, lo que ha provocado una discusión informadísima en la cabaña de los que, hasta ayer, eran vulcanólogos apasionados. Que si tanto dinero es un disparate, que si con eso no llenas el frigo; como si La Sexta fuera la FAO.

En realidad, lo que se riñe no es cuánto se gasta alguien en alimentación, sino cuánto deben de gastarse los pobres. ¡Sorpresa! La cantinela de siempre: no llegas a fin de mes porque eres un manirroto, no porque cobres un salario diminuto. Ah, si fueras como esos astutos millonarios que estuvieron comiendo arroz hervido durante tres décadas para invertir esos ahorros… Camarada, entérate: vives en un bajo interior compartido porque eres un vivalavirgen en vez de una tenaz hormiguita meritocrática. Eso sí, me juego las dos manos a que los mismos que presumen de haber sobrevivido estoicamente a base de lonchas de chóped se pondrían farrucos con mentarles el sueldo de los futbolistas. ¡Es su dinero!

Coincidiendo con las campañas de recogida de alimentos, se suele escuchar la cantinela de que fulanita no lo tendrá tan difícil cuando el otro día se la vio comprándole tostarricas al odre ese que tiene por hijo. «Hambre no pasará», risita burlona, codazo, codazo. Obviando que hay que ser muy idiota para competir por ver quién vive peor, habrá quien aún no entienda que los menesterosos también tienen derecho a tomar chocolate de marca, aunque solo sea por Navidad.

La comida suele ser un resarcimiento simbólico entre las gentes humildes, por eso los pueblos más pobres suelen celebrar sus fiestas con banquetes pantagruélicos. En Andalucía he oído en alguna ocasión una expresión extraordinaria: que no haya miseria. Así, con el verbo en subjuntivo, porque lo que se expresa es un deseo, un conjuro en torno a la mesa bien servida. La miseria, con el verbo en presente de indicativo, bien que la hay.

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