THE OBJECTIVE
Pilar Marcos

Madrid y el multipartidismo mutante

«El récord de los votos de Ayuso es casi imposible en el multipartidismo»

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Madrid y el multipartidismo mutante

Europa Press

Las innumerables informaciones y análisis que, desde hace un par de semanas, se multiplican para hablar del Madrid, del PP, de Isabel Díaz Ayuso y de Pablo Casado, tienen en cuenta muchas cosas, pero ninguna se ha parado a repasar la historia electoral madrileña. Hacerlo da una medida certera del más que excepcional resultado del 4 de mayo, y del enorme potencial para el PP de ese capital político si se quisiera aprovechar pensando en el futuro.

Con un poco de paciencia, podemos hacer un pormenorizado repaso de esos datos:

En los lejanos tiempos del bipartidismo imperfecto, Madrid seguía con toda precisión el modelo de dos partidos grandes y uno pequeño. Desde el hundimiento de UCD en 1982, los votos en Madrid se repartían entre el PSOE y el PP con un lejano tercer puesto para las distintas denominaciones que fueron tomando los comunistas: Izquierda Unida, Izquierda Verde… Cierto, hubo una excepción en 1987, cuando se produjo un momentáneo resplandor de eso que llamábamos CDS, quizá alentado por la desafección que acompañó a la AP de un recién elegido Antonio Hernández Mancha.

En aquellos pretéritos tiempos del bipartidismo imperfecto, la izquierda ganó en Madrid hasta 1995, con un PSOE que empezó perdiendo hegemonía, siguió apoyándose en Izquierda Unida para gobernar y, finalmente, entregó la victoria al PP con Alberto Ruiz-Gallardón como candidato. Por cierto, el mismo Gallardón que se había estrenado como jovencísimo candidato madrileño en ese 1987 de pobre resultado para Alianza Popular. Y tan atenazada debía de sentirse entonces la derecha ante una supuesta superioridad socialista, que la marca con la que el joven Gallardón concurrió a esas elecciones fue FAP (Federación de Partidos de Alianza Popular)… y es que entonces los socialistas madrileños se llamaban FSM (Federación Socialista Madrileña).

Todo eso ocurrió en la prehistoria. Después, los 1,47 millones de votos de Gallardón en 1995 se consolidaron con la victoria de José María Aznar en las generales de 1996. Aznar obtuvo 1,6 millones de votos en la Comunidad de Madrid. Durante cinco largos lustros, el partido preferido entre los madrileños fue el PP y la estructura de bipartidismo imperfecto se replicó en elecciones generales, autonómicas y locales. Todo se trucó con el terremoto que cambió el mapa de partidos en España para dar paso al multipartidismo mutante en el que hoy vivimos.

1,6 millones de votos es una enormidad de apoyos. Curiosamente, es exactamente el respaldo que ha obtenido Isabel Díaz Ayuso el 4 de mayo de este año: 1,62 millones de papeletas. Pero estábamos en 1996, y entonces para Aznar aquello supuso 49,9% del respaldo de los madrileños. Él mismo, con su mayoría absoluta del año 2000, repitió esas 1,6 millones de papeletas madrileñas, aunque entonces significaron un 53,5% de los apoyos debido a la mayor abstención de la izquierda.

Curiosamente, la frágil mayoría de Aznar en 1996 en el conjunto de España desató más que rumores con la pretensión de que Gallardón tomara las riendas como un presidente del Gobierno capaz (presuntamente) de concitar más apoyos. Nadie dijo entonces que, en Madrid, el único sitio en el que ambos habían sido testados por las urnas, Aznar había tenido más votos que Gallardón.

Rajoy y la cifra mágica

Mariano Rajoy, en 2004 y pese a perder las elecciones, se acercó a esa cifra mágica de 1,6 millones de votos en Madrid: logró 1,57 millones, por delante de José Luis Rodríguez Zapatero en 30.000 papeletas y un escaño de los madrileños. En 2008, en su segunda derrota, Rajoy obtuvo 1,7 millones de votos madrileños, 300.000 papeletas y tres escaños por delante de Zapatero. En su mayoría absoluta de 2011, Rajoy repitió su récord de 1,7 millones de votos madrileños, aunque ahora con una distancia de 900.000 papeletas y nueve escaños con el PSOE de Alfredo Pérez Rubalcaba. ¿A dónde fue en 2011 ese casi millón de votos supuestamente socialistas? Aritméticamente, una parte concedió cuatro escaños a UPyD; otra reforzó la división en dos partidos a su izquierda (IU-Verdes, por un lado, y Equo -aún más verdes-, por el otro), y una tercera posiblemente optó por la abstención.

En las elecciones autonómicas los números son algo más parcos porque, por lógica, la participación en unas regionales concita menor interés ciudadano que las generales. Pero no es mala idea repasar esos apoyos numéricos.

La primera victoria de Gallardón, en 1995, estuvo acompañada de casi millón y medio de votos: 1,47 millones y un 51,6% de apoyos (a 600.000 votos de su rival socialista). La segunda, en 1999, bajó a 1,3 millones de votos con un 52% de apoyos (a 380.000 votos del PSOE). Como en aquellos lejanos años la moda que impulsó Aznar fue de ocho años de mandato máximo, en 2003 Gallardón fue candidato a la alcaldía y Esperanza Aguirre se estrenó en la Comunidad.

Aguirre cosechó una derrota pese a sumar 1,42 millones de votos, más que Gallardón cuatro años antes y 200.000 más que el PSOE de Rafael Simancas

Aquel mayo de 2003, Aguirre cosechó una derrota pese a sumar 1,42 millones de votos, más que Gallardón cuatro años antes y 200.000 más que el PSOE de Rafael Simancas. Pero esa distancia era insuficiente frente a la coalición del PSOE con IU (sumaban 1,45 millones de votos). Las elecciones se repitieron en octubre tras la sorpresiva incomparecencia para la investidura de dos diputados autonómicos socialistas que ya nadie recuerda: Eduardo Tamayo y María Teresa Sáenz. La participación bajó bastante, y los 1,35 millones de votos que logró Aguirre en otoño le concedieron la victoria: sumaban 100.000 más que el millón de votos del socialista Simancas más los 236.000 de IU.

La gran victoria de Aguirre se produjo en 2007, pero los 1,59 millones de papeletas (con el 54,2% de apoyos) no llegaron a romper los dos récords de Aznar en 1996 y 2000, ni tampoco los dos que después tendría Rajoy en 2008 y 2011. En ese 2011, Aguirre logró 1,55 millones de votos y empezó su declive.

El terremoto que transformó el bipartidismo imperfecto en multipartidismo mutante explosionó en las elecciones europeas de 2014, en buena medida como respuesta a la tremenda crisis económica y social que arrancó en 2008.

Las elecciones europeas habían sido la convocatoria bipartidista por excelencia. En 2009 concedieron 47 de los 54 escaños en liza a los dos grandes partidos. Pero en 2014 solo les dieron 30. Entraron con fuerza un desconocido Podemos, con la cara de Pablo Iglesias en la papeleta de votación; un Ciudadanos hasta entonces sólo presente (mínimamente y desde 2005) en Cataluña, y avanzaron mucho distintas coaliciones de fuerzas nacionalistas.

El multipartidismo mutante se desparramó por las elecciones generales y autonómicas de 2015. También en Madrid. En mayo se estrenó como candidata autonómica Cristina Cifuentes. Superó ligeramente el millón de votos y pudo gobernar gracias al apoyo de Ciudadanos (casi 400.000 votos), con la suma del PSOE y Podemos pisándole los talones: 1,43 millones frente a 1,39 millones. Es decir, ambos bloques estaban lejos de los 1,6 millones de votos de los mejores tiempos porque muchas papeletas se perdieron en partidos que no llegaron al 5%: IU, UPyD y Vox, sin ir más lejos.

El estreno de Sánchez

En diciembre, Rajoy bajó de 1,7 a 1,2 millones de votos madrileños (del 51,5% de los apoyos al 33,6%). Y el entonces nuevo líder del PSOE, Pedro Sánchez, se estrenó en Madrid como cuarta fuerza política: por detrás del PP, de Podemos y de Ciudadanos, y con solo 645.000 votos.

Eran los tiempos del «no es no» que llevaron a la repetición de elecciones en junio de 2016, a la reiteración sanchista de su «no es no» aquel verano, a la crisis del PSOE con su comité federal de octubre, con la salida entre lágrimas de Pedro Sánchez, y a la investidura de Rajoy con abstención socialista rozando las Navidades. En la repetición electoral de 2016, los madrileños habían prestado 1,3 millones de votos a Rajoy y 678.000 a Sánchez, esta vez en el tercer puesto, con el segundo (otra vez) para Podemos.

La moción de censura de mayo de 2018 concedió todo el sentido político al multipartidismo y, dentro de él, a sus opciones más extremas. Desde 2015, Sánchez pretendía la coalición de la moción: los números daban y ‘solo’ tenía que superar el pudor socialista de no pactar con los exterroristas de Bildu y los separatistas (y golpistas) de ERC. Pudo hacerlo gracias a la legitimidad partidaria que le concedió haber recuperado, en 2017, el liderazgo del PSOE en unas primarias a cara de perro.

Con la moción de censura, Sánchez se estrenó como el primer presidente del Gobierno que llegaba a La Moncloa sin ser diputado y sin haber encabezado la lista del partido más votado en las urnas.

En 2019 se convocaron dos elecciones generales, las de abril y las repetidas de noviembre al no conseguir ningún candidato la investidura como presidente del Gobierno. Ambas jalonaron a las autonómicas de mayo. El PP estrenó liderazgo para las dos. En abril, Pablo Casado -vencedor en las primarias que celebró el PP tras la moción de censura y el abandono de Rajoy de la política- logró en Madrid 705.000 votos, y el tercer puesto. El PSOE de Sánchez ocupó el primer lugar, con un millón de votos, y la segunda posición fue para Ciudadanos, con 792.000 papeletas.

Fue la primera vez, desde 1995, que el PP no quedaba como favorito en unas elecciones en Madrid. Y la primera también en la que el PSOE -ahora con Sánchez- recuperaba el liderazgo. Eso sí, sumadas las papeletas de ambos llegaban a los 1,7 millones de votos de los mejores tiempos del bipartidismo. Además, la fuerza electoral con la que Podemos había irrumpido en la escena política empezaba -con mucho ruido- a desvanecerse.

Noviembre de 2019 vio -también en Madrid- el hundimiento de Ciudadanos. El nuevo sistema de multipartidismo mutante lo arrumbó de la segunda a la quinta posición. Sánchez se mantuvo en cabeza, pero sin llegar al millón de votos, y Casado le empató en escaños con casi 900.000. La tercera y cuarta posición fueron para Vox y Podemos, respectivamente. Se nos olvida, pero Podemos había sido la segunda fuerza en Madrid en 2015 y en abril de 2019, y Vox no existía electoralmente antes de ese abril de 2019. El multipartidismo mutante muestra estos altibajos.

Una desconocida Isabel Díaz Ayuso

En medio de ambas convocatorias, en mayo de 2019, hubo elecciones autonómicas y, en Madrid, se estrenó una desconocida Isabel Díaz Ayuso por el PP, contra el reputado exministro Ángel Gabilondo por el PSOE. Con el nuevo multipartidismo, seis fuerzas políticas obtuvieron representación en la Asamblea de Madrid, el doble que en los tiempos bipartidistas.

Gabilondo quedó en primer lugar, con unos 100.000 votos menos de los obtenidos por Sánchez el mes anterior. Y Ayuso en el segundo, con un puñado de votos más que Casado en abril. Gobernó en coalición el PP con Ciudadanos (que quedó en tercer lugar) durante media legislatura. El gobierno de coalición madrileño sumaba 1,3 millones de votos, lejos de esos 1,6 millones de los mejores tiempos. Junto al PSOE, quedaron en la oposición Más Madrid, Vox y Podemos, como cuarta, quinta y sexta fuerzas políticas.

El 10 de marzo de 2021 cayó en miércoles, por suerte para Ayuso (y para los madrileños). Los miércoles hay consejo de gobierno en Madrid y, para disolver y convocar elecciones, es necesario convocar antes a ese órgano. Esa mañana de miércoles se anunciaron dos mociones de censura en Murcia: ayuntamiento y comunidad autónoma. Y la preparación de otra para presentar esa misma mañana en Madrid. Tan preparada estaba que tuvieron que ser los tribunales quienes dilucidaran si las mociones madrileñas se registraron antes o después de la decisión de Ayuso de convocar elecciones.

El arriesgado «socialismo o libertad» con el que Ayuso encaró las elecciones de medio mandato se tornó en «comunismo o libertad»

Se pretendió el registro de más una moción, con el respaldo de Ciudadanos incluido. El socio del gobierno de coalición decidía autocensurarse. Prevaleció la decisión de disolver, que Ayuso pudo tomar porque tenía consejo de gobierno, y los madrileños fuimos a las urnas el 4 de mayo.

El arriesgado «socialismo o libertad» con el que Ayuso encaró las elecciones de medio mandato se tornó en «comunismo o libertad» cuando el vicepresidente Pablo Iglesias decidió dejar el Gobierno de Sánchez para ofrecerse como el mejor presidente madrileño posible.

El resultado es bien conocido, aunque -a veces- parece que queramos olvidarlo. El socio de gobierno que se apuntó a la censura -Ciudadanos- quedó fuera de la Asamblea al no llegar al 5% de los votos. De poco sirvió que, en campaña, su nuevo candidato, el diputado Edmundo Bal, prometiera que iba a ser un socio leal para Ayuso tras apartar al adalid de la censura, el exvicepresidente madrileño Ignacio Aguado. El exvicepresidente Iglesias quedó el último (el quinto), y hoy está fuera de la política. Mientras, ‘su’ Podemos busca reinventarse con la fórmula latinoamericana de ‘frente amplio’. El futuro Defensor del Pueblo, el exministro Gabilondo, pasó del primer al tercer puesto. La derrota socialista respondió, en buena medida, al rechazo madrileño a la pésima gestión de Sánchez de la pandemia y a su explícita animadversión contra Madrid. Y fue también la lógica cosecha de una campaña electoral inverosímil. Al PSOE le adelantó incluso Más Madrid, con una desconocida candidata, como demostración de las sorpresas que puede regalarnos el multipartidismo mutante. Y Vox quedó el cuarto, con un escaño y 50.000 votos más que en mayo de 2019.

Ni en tiempos de bipartidismo

En cifras es aún más impresionante. Los 1,62 millones de votos de Ayuso son una marca que, ni en tiempos de bipartidismo, había logrado ningún candidato en elecciones autonómicas madrileñas. Ninguno. Sí Aznar y Rajoy en sus mejores momentos, pero en elecciones generales. Es un resultado que supera en más de un millón de votos al segundo (las 614.000 papeletas de Mónica García) y al tercero (los 610.000 votos de Gabilondo). Y que suma más que toda la izquierda junta (sus 1,4 millones de votos, uniendo los de Pablo Iglesias). En porcentaje de votos es sólo un 45% porque las elecciones del 4-M tuvieron una participación excepcionalmente alta para unas regionales. Como añadido, esos 1,62 millones de apoyos significan que Ayuso ganó en 177 de los 179 municipios de la Comunidad de Madrid, en todos los distritos de la capital y en todas las zonas que tradicionalmente habían votado a la izquierda.

Para traducir el resultado de Ayuso a lo que fue el bipartidismo habría que sumar su 45% al 9,2% de Vox y al 3,6% de C’s. Eso da un 57,8% para el bloque de la derecha: 2,1 millones de votos con una participación de 3,6 millones de madrileños. Es un capital político envidiable y muy difícil de mantener. Y es un resultado que justifica plenamente la respuesta que, a principios de junio, dio Teodoro García Egea -número dos de Pablo Casado- cuando le preguntaron por la probable candidatura de Ayuso a la presidencia regional del PP madrileño: «Si yo tuviera que votar, si yo fuera afiliado en Madrid, lógicamente daría mi total apoyo a la presidenta actual Isabel Díaz Ayuso, que es una persona que ha demostrado lo que es trabajar con firmeza, determinación y hacer frente a los problemas».

Ya en la misma noche del 4-M, Ayuso dio las gracias por el voto prestado. En realidad, todos los votos lo son. Con la decisión de ir a votar, los ciudadanos prestan su apoyo a los liderazgos que, en cada momento, prefieren. Con la opción de la abstención, su respuesta es que ninguno les merece el esfuerzo de sentirse concernidos. En los partidos suele hablarse del «voto de los nuestros», pero esos ‘nuestros’ son muy volátiles, crecientemente volátiles en estos tiempos de multipartidismo mutante.

Hay, sin duda, un voto muy fiel a las siglas, que marcaría el suelo de cada partido. Ese voto sólido, en Madrid, tanto para el PSOE como para el PP, quizá ronde el mínimo obtenido por cada uno en sus peores registros. Ese voto sólido (todo lo sólido que permitan estos tiempos políticos gaseosos) lo aportan fundamentalmente los partidos: sus estructuras, su implantación territorial, la movilización de sus militantes como agentes electorales, su historia en la tradición de cada familia… Y es cierto que sin una base sólida es casi imposible levantar grandes mayorías.

Con el voto líquido, es decir, con el voto al candidato en la campaña, se construyen mayorías, que serán tanto más resistentes cuanto más asentada esté su base de voto sólido

Luego hay un voto líquido, que se decide en campaña. Depende fundamentalmente del candidato, de cuán atractiva y creíble resulte su oferta electoral, de cuál haya sido su trayectoria de servicio público en el gobierno o en la oposición, de cómo sea su capacidad de conexión con el votante (eso que llaman carisma). Y también depende de cuál sea su relación con la base sólida del votante. El voto líquido explica, por ejemplo, que el candidato Gabilondo pudiera quedar primero en 2019, cuando le acompañaba una buena reputación como exministro, pero tercero en 2021, cuando se le vio como un delegado (forzado y escasamente convencido) de los sectarios caprichos del presidente Sánchez y su exvicepresidente Iglesias.

Con el voto líquido, es decir, con el voto al candidato en la campaña, se construyen mayorías, que serán tanto más resistentes cuanto más asentada esté su base de voto sólido. Además, existe también un voto excepcional, un voto gaseoso, que permite convertir unos buenos resultados en unos aparentemente irrepetibles. La impresionante ola de afecto madrileño que despertó Isabel Díaz Ayuso entre gentes que jamás se habían planteado votar al PP es el material del que está hecho ese voto gaseoso.

El objetivo de cualquier opción política es conseguir que el voto gaseoso pase a ser líquido y que buena parte del líquido se solidifique. Aunque, con decisiones erróneas, la evolución puede ser exactamente la inversa… hasta hacerlo irrepetible todo.

¿Es irrepetible el 4-M para el PP y para el conjunto de la derecha? Ojalá no lo sea. Pero nada es imposible… en especial si se trabaja activamente en impedir su repetición. Lo importante es que puede ser repetible. Y, desde luego, sería bueno que lo fuera. Las encuestas muestran, desde el pasado mayo, el impulso que el capital político que Ayuso recibió el 4-M ha dado al PP de Casado de cara a unas elecciones generales. Todas las decisiones adoptadas por Sánchez en estos meses para corregir -en apariencia- el rumbo de su partido en el Gobierno ratifican ese innegable impulso. Mantenerlo debería ser, para el PP, una tarea irrenunciable.

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