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Daniel Capó

Sin rumbo

«Con Zapatero se inició el gran cambio de estrategia. Ya no era cuestión de matices, sino de reescritura»

Opinión
Sin rumbo

José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez.|Europa Press

Si en algo ha fallado la política española de estas últimas dos décadas, ha sido en la ausencia de estrategia. De los años 80 al 2.000 –da igual si gobernaba la izquierda o la derecha, si se daban mayorías absolutas o si la estabilidad parlamentaria dependía de los nacionalistas–, nuestro objetivo prioritario respondía al nombre de Europa. La integración europea constituía nuestro horizonte y nuestra vocación, y los gobiernos se aplicaban en conseguir los primeros puestos de la clase. Felipe González lanzó al PSOE hacia la defensa del atlantismo en contra de los postulados clásicos del partido. La neutralidad internacional ya no era una opción, sino que España –en la que medida en que se lo permitieran sus escasas fuerzas– debía adquirir protagonismo en el exterior. Teníamos a favor el prestigio del rey Juan Carlos y el éxito del modelo político de la Transición. Helmut Kohl nos agradeció nuestro apoyo a la reunificación alemana con un generoso programa de inversiones en infraestructuras que nos permitieron modernizar el país. Cuando llegó Aznar a La Moncloa, en ningún momento dudó que la estrategia de futuro pasaba por la UE. Se incorporaron unos matices y se descartaron otros –se empezó a mirar más hacia Washington y Londres, y menos hacia Berlín y París–, pero el fondo seguía siendo el mismo: ingresar en el selecto club del euro, internacionalizar las empresas, controlar el gasto público, cumplir con la normativa comunitaria… Ahí no se admitían veleidades, porque la voluntad era siempre la misma: no mirar hacia adentro, sino hacia fuera. Más Europa y no menos.

Con Zapatero se inició el gran cambio de estrategia. Ya no era cuestión de matices, sino de reescritura. En apariencia, Madrid se alejaba del Eje Atlántico tras la penosa experiencia de la Guerra de Irak y regresaba al corazón de la UE. Sin embargo, era el fondo lo que se transformaba significativamente. El espíritu de la Transición empezó a ponerse en duda y el debate público dejó de mirar hacia el exterior. Retornaban los viejos demonios, azuzados muchas veces por los intereses electorales de unos y de otros. El fuerte superávit público, gracias al empuje de la economía, ocultaba la suma de males que se acumulaban año tras año. Una falsa sensación de riqueza disparaba el endeudamiento privado, mientras se imponían nuevas modas culturales y unos valores distintos. Cuando el viento cambió de sentido –y eso sucedió con una dureza brutal en la crisis de las hipotecas subprime del 2008–, los problemas estructurales del país se hicieron evidentes de forma acelerada. Y, de repente, España no tuvo ninguna otra estrategia que la supervivencia. No sabía qué hacer con su futuro ni hacia dónde dirigirse.  

Ni los gobiernos de Rajoy ni los de Pedro Sánchez han hecho mucho por modificar esta realidad. La ausencia de una visión a largo plazo ha derivado en la mera supervivencia política, en la utilización de las armas masivas de la propaganda en beneficio de la agenda propia de los partidos aun a costa de sacrificar el horizonte de futuro de la ciudadanía. Puesto que sabemos que sin futuro no hay país, nuestro principal objetivo no debería ser otro que volver a la senda de la europeización: impulsar el crecimiento para acercarnos a la renta media de la Unión, favorecer el empleo para reducir unas tasas de paro de las que tendríamos que avergonzarnos, promover la reindustrialización de la geografía española, apoyar la ciencia y la tecnología, proteger a nuestros autónomos, modernizar las universidades, actualizar las políticas del bienestar, reducir los desequilibrios macroeconómicos, bajar la fiscalidad para atraer inversión extranjera y así un largo etcétera. No es que la estrategia política deba regir el país, sino que los partidos y sus prácticas tendrían que adaptarse a unos intereses estratégicos mucho más amplios y sólidos. Porque nadie vendrá a rescatarnos si no hacemos los deberes, como ya hemos aprendido demasiadas veces –y de qué manera– a lo largo de la historia.

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