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Diogo Noivo

Ya no nos queda Portugal

«Miramos con recelo cualquier iniciativa que venga de Madrid, aunque se nos derrite el espíritu de sospecha siempre que España nos enaltece»

Opinión
Ya no nos queda Portugal

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), saluda a su homólogo de Portugal, Antonio Costa (d).|EP

Todos los primeros de diciembre, Portugal señala la restauración de su independencia evocando la rebelión aristocrática que en 1640 puso fin a la dinastía de los Austrias de este lado de la raya. Como todas las efemérides políticas, la fecha se reviste de una pátina nacionalista que cubre la realidad histórica con conveniencias patrióticas, pero esa historia la dejo para otro día. A lo que voy es que el pasado 1 de diciembre un querido amigo portugués, columnista en la prensa lusa, escribió en redes sociales: «Se celebra hoy el día en que Portugal se libró del dominio español; por razones que se desconocen, somos nosotros los portugueses quienes lo celebramos». Si lo hubieran leído, a Otegi y Puigdemont les daría una apoplejía fulminante.

La frase de mi amigo tiene más de chiste que de convicción. La unión peninsular propuesta por el iberismo ortodoxo tiene pocos amigos en estas tierras, ya que se depara con lo que Chaves Nogales definió como la «quisquillosa e irreductible susceptibilidad portuguesa», salvo cuando queremos demostrar un monumental enfado con el estado del arte patrio. Es decir, en Portugal los ensueños de fusión ibérica son rabietas episódicas de un pueblo cuyo orgullo supera con creces la capacidad de gobernarse.

La relación con el gran vecino español, el único con el cual tenemos fronteras territoriales, se maneja alrededor de paradojas irónicas. Guardamos nuestra independencia con celo extemporáneo, pero somos conscientes de la enorme dependencia económica. Miramos con recelo cualquier iniciativa que venga de Madrid, aunque se nos derrite el espíritu de sospecha siempre que España nos enaltece alguna característica autóctona. Asimismo, magníficas prosas como la publicada por Xavier Pericay en las páginas de este periódico nos inflan el ego. Leer que la mejor y más apetecible mudanza a la que puede aspirar un español es la que tiene a Portugal como destino nos baja tanto la guardia que casi os perdonamos la tutela sobre Olivenza.

Sin embargo, y con pena, me temo que el entusiasmo de mi compañero de opinión sea excesivo. Él y muchos españoles preguntan hoy cómo es posible que los test de antígenos sean tan asequibles en Portugal, cuando los portugueses llevamos años preguntándonos cómo pueden ser los combustibles tan baratos en España. La pregunta es retórica, pues conocemos bien la respuesta: impuestos.

Nuestra carga fiscal está en la media de la zona euro, pero los sueldos, muy por debajo. Según datos de 2020, 2.245 euros de sueldo medio mensual en España equivalen a 1.314 euros en Portugal. Mejor no hablar del sueldo mínimo para no deprimirnos. Quienes conozcan bien Lisboa y Oporto sabrán que el coste de vida no difiere mucho del registrado en Madrid o Barcelona.

Es verdad que puntuamos mejor en temas como educación, inflación o paro, aunque una mirada detenida sobre cada uno de estos asuntos destape explicaciones poco edificantes –al menos en parte, los bajos niveles de paro se deben a las olas de emigración que empezaron antes del rescate internacional del 2011, se acentuaron en ese periodo y aún no han desaparecido. Y, al buen estilo portugués, no tenemos término medio: hemos pasado del paro abrumador en los años de la troika a tener escasez preocupante de mano de obra en varios sectores de actividad económica.

Tenemos miserias propias, pero nos hermanamos con España en otras: vivimos con los gobiernos más progresistas de nuestra historia democrática, reservas morales de la península. Leche y miel en el plan discursivo, impuestos y corrección política en el día a día. Acaso este espejismo arroje alguna luz sobre la presencia de las economías portuguesa y española a la cola de Europa en el ranking de la recuperación post pandemia.

La soberbia que se relaciona mejor con el poder que con los hechos es la norma en las dos capitales peninsulares. Así como la inconsecuencia propia de las alquimias, ya que las promesas son incapaces de transcenderse. Miremos a las cumbres ibéricas de 2020 y 2021: muchos juramentos a la zona rayana –la frontera que en realidad no lo es, como bien escribe Xavier–, ambiciones grandilocuentes, torrentes de anglicismos como hub, pero nada se ha hecho, en parte porque ese Edén peninsular depende de fondos europeos. Hay cierta justicia satírica en los progresismos de corte ibérico: sus rostros más radicales maldicen Europa y el euro de mano tendida a las inversiones que brotan de Bruselas.

Proliferan paralelismos que deberían sobrar. Parafraseando a David Gistau, nuestras izquierdas se componen de una generación que no puede presumir de haber «corrido delante de los grises» ni de haber visitado calabozos, careciendo por lo tanto de pedigrí antifascista. Lo compensan agitando a diario el peligro del fascismo, banalizando el verdadero –y horroroso– significado del término. El resultado es simple: la ultraderecha agradece la publicidad y la izquierda radical se congratula con la ventaja electoral presentada por el fantasma. Se da la simbiosis perfecta entre la deriva reaccionaria de la izquierda, olvidada de «la razón en marcha», como señaló Félix Ovejero, y la derecha refractaria. Todos felices, excepto la moderación demócrata.

Escribe Xavier Pericay que cuando algo no funciona tenemos dos soluciones: o bien tratar de arreglarlo, o bien dejarlo a un lado y procurar una alternativa. Hay una tercera vía: la resignación lusa que Unamuno elevó a categoría ensayística. La economía portuguesa se encuentra estancada desde principios de este siglo, período donde predomina la batuta progresista. Hemos sido ultrapasados en PIB per cápita por casi todas las antiguas repúblicas soviéticas que se adhirieron a la Unión Europea después de Portugal. El ascensor social está roto desde hace años. La política tradicional es incapaz de reinventarse y la nueva política ofrece radicalismo. Y no nos ruborizamos. Porque la palabra liberalismo se sigue entendiendo como un insulto, las elecciones generales del próximo día 30 de enero deberán certificar el triste estoicismo nacional.

Que de este lado de la raya haya menos ruido quizás constituya el gran clivaje ibérico. Por seguir con los tópicos unamunianos, nuestro carácter sonriente y blando, que oculta un pueblo atormentado y trágico, hace de Portugal una especie de España sedada. Si bien las ganas de alboroto siguen ahí, como explica con acierto Pericay en su más reciente artículo: los dos principales partidos portugueses, centro-izquierda y centro-derecha, se han puesto de acuerdo sobre la necesidad de regionalizar el país. Será una cuestión de tiempo hasta que el número 4 del artículo 51 de nuestra Constitución –«ningún partido será constituido con nombre o programa que tenga naturaleza o alcance regional»– sea un artefacto de un pasado distante.

La ambición unionista subyacente a la frase de mi amigo destapa el hartazgo con la parálisis económica, social y política del país. Añado que peor que estar mal es no tener un rumbo claro.

Iberista convicto, aunque de estirpe moderada, este servidor cree que estos y otros problemas se solventarían mediante acción conjunta. Argüía el escritor Teixeira de Pascoaes que es necesario que Portugal y España se conozcan y amen para que puedan realizar alguna cosa grande y heroica en este mundo. Pero me temo que sin amor propio no podremos amar al otro. Aunque por razones distintas, la falta de amor propio es mal común.

Así que, estimado Xavier, si bien estamos de acuerdo en que lo peninsular no puede aún ser declarado siniestro total, ya no nos queda Portugal.

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