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Juan Carlos Laviana

Un Gobierno sin prensa

«Asistimos a las selectas reuniones en ‘petit comité’, a las ruedas de prensa sin preguntas, a los vetos a medios hostiles o a las entrevistas exclusivas a medios afines»

Opinión
Un Gobierno sin prensa

Pedro Sánchez durante una rueda de prensa.|Javier Barbancho (Reuters)

Rueda de prensa es, según el diccionario de la RAE, algo tan sencillo como una «reunión de periodistas en torno a una figura pública para escuchar sus declaraciones y dirigirle preguntas». No está de más recordarlo ante la confusión sobre lo que es o deja de ser ese método de rendición de cuentas, en este caso del Gobierno. Las ruedas de prensa no son un derecho de esa figura pública de la que habla la Academia, ni siquiera de los periodistas, sino de los ciudadanos. Son un instrumento más que estos tienen para controlar al poder y para estar informados. Y quienes eligen a los periodistas y a los medios que participan en esas ruedas, que inquirirán y preguntarán, no deben ser las figuras públicas, sino los propios ciudadanos con su respaldo a esos medios.

Se trata de una perogrullada, pero asistimos de continuo a distorsiones del concepto. El Gobierno llama ruedas de prensa a declaraciones unilaterales, en las que convoca a los periodistas como meros espectadores, sin posibilidad de preguntar. El Gobierno selecciona de forma caprichosa –y ventajista– quiénes participan en esas comparecencias y quiénes no. Algunos políticos incluso se niegan a responder a determinados medios por no ser de su agrado, ignorando que esos medios están ahí porque tienen unos lectores –y electores– detrás.

Dicen los expertos en historia del periodismo que las ruedas de prensa las inventó el presidente Woodrow Wilson. Solo entre 1913 y 1916 convocó a los chicos de la prensa en 57 ocasiones y respondió a sus preguntas. Tenía mucho que explicar: desde la invasión de México hasta la entrada de su país en la Primera Guerra Mundial o el establecimiento de la Ley Seca. Era un convencido de lo que más tarde se llamaría marketing y relaciones públicas y de la utilidad de estas herramientas para moldear la opinión de la población. Se puede colegir fácilmente que Wilson no fue un altruista defensor de la libertad de información, sino que, como tantos mandatarios de ayer y de hoy, utilizó en su favor este método de conexión con el público.

Es el día de hoy, más de 100 años después, que las ruedas de prensa de los presidentes siguen creando controversia. Al fin y al cabo, contravenir al poder es la obligación del periodista. Son bien conocidos los agrios enfrentamientos de Donald Trump con determinados periodistas. Pero Biden tampoco se escapa de las polémicas con la prensa. Al cumplirse el primer año de su presidencia, han empezado a surgir las primeras críticas a su política de comunicación.

Los periodistas acreditados en la Casa Blanca han sentido un enorme alivio al dejar atrás «el aluvión de mentiras de Trump y sus colaboradores». Están felices de que se haya restituido la sesión informativa televisada diaria –incorporada por Clinton y clausurada por Trump– del secretario de prensa y la comparecencia del presidente una vez por semana.

Pero echan de menos lo que llaman «acceso casi ilimitado al drama detrás de escena» y las continuas declaraciones del expresidente, ya fuera en discursos improvisados o a través de exabruptos en Twitter. Aquella «espontaneidad» ha sido sustituida por las férreas directrices de un equipo altamente profesionalizado, compuesto por 11 personas. Y eso hace que sea mucho más difícil «penetrar en las profundidades de la Casa Blanca». Nada se sale del guion preestablecido. Por si fuera poco, se achaca a Biden que, en sus primeros 100 días, haya concedido menos entrevistas que sus predecesores. Solo nueve, frente a las 51 de Trump y a las 46 de Obama.

Las relaciones entre presidencia y prensa nunca han sido fáciles. El peor momento fue probablemente con Nixon, la gran bestia negra de los periodistas. Baste una anécdota representativa: el mandatario ordenó construir una suntuosa nueva sala de prensa. Se eligió un lugar justo encima de la piscina de la Casa Blanca. La reacción de los siempre socarrones periodistas no se hizo esperar. Pronto se convirtió en la comidilla que el secretario de prensa tenía un botón en el atril que, al accionarlo, abría el suelo y mandaba a los periodistas al agua.

En España tampoco han sido fáciles las relaciones. Ya Azaña, pese a tener muy buenos amigos periodistas, se negaba taxativamente a conceder entrevistas a la prensa al grito de «yo solo hablo para el BOE». Con la restauración de la democracia, pronto se empezó a hablar del «síndrome de La Moncloa», que de una u otra manera ha afectado a todos los presidentes desde Suarez hasta Sánchez, pasando por González, Aznar y Rajoy. Eso sí, es justo mencionar una sola excepción: Rodríguez Zapatero, siempre dispuesto a hablar.

Ahora, tras las fantasmagóricas apariciones vía plasma, tras las alocuciones y soliloquios presidenciales –tan propios de regímenes autoritarios–, asistimos a las selectas reuniones en petit comité con determinados periodistas, a las ruedas de prensa sin preguntas, a los vetos a medios hostiles o a las entrevistas exclusivas a medios afines. La prensa no se puede resignar y algunos síntomas de rebeldía, como el plante a Macron en Estrasburgo, hacen presagiar alguna esperanza. Thomas Jefferson debió de ser el único presidente que prefería una prensa sin Gobierno a un Gobierno sin prensa. Al menos, eso decía en la tan celebrada cita. Sus herederos de hoy en día parecen preferir un Gobierno libre de las molestas ataduras de la prensa.

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