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Velarde Daoiz

La crisis energética: ¿peor que la de 1973?

«Nos hallamos ante una crisis energética que puede dejar pequeña la de 1973, y aquella causó un impacto que debilitó a Occidente durante casi una década»

Opinión
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La crisis energética: ¿peor que la de 1973?

Planta de petróleo. | NurPhoto

Comienzo a escribir este artículo a las 4.30 de la madrugada, con un segundo Nespresso recién hecho a mi lado y dando gracias a Dios por el insomnio que hará que la electricidad consumida por el PC y la luz del salón de mi casa mientras tecleo estas líneas me cueste sensiblemente menos que si lo escribiese esta tarde al regresar del trabajo.

Nos hallamos ante una crisis energética que puede dejar pequeña la de 1973, y aquella causó un impacto económico que debilitó el crecimiento de Occidente durante casi una década.

Aunque algunos quieran ubicar las razones de esta crisis en la invasión de Ucrania por parte de Putin y la posterior guerra, creo que varias de sus causas son anteriores y posiblemente más profundas. Y al menos dos se deben a la soberbia de determinadas élites o dirigentes que creen poder decidir lo que es mejor para todos en un futuro, sin pensar en las consecuencias de sus decisiones a corto, medio y largo plazo. La costumbre académica de pensar en términos ceteris paribus (que podríamos traducir como «todo lo demás permanece igual» al alterar un determinado parámetro) vuelve a hacer de las suyas. Si algo debería tener claro cualquier político a estas alturas es que el ceteris paribus no existe: si el aleteo de un murciélago griposo en Wuhan puede montar el circo que llevamos viviendo estos dos últimos años, imaginad la que pueden organizar miles de burócratas y activistas decidiendo las políticas energéticas de la Humanidad.

En mi opinión, al menos dos de las causas de la espiral de subida de precios de la energía y materias primas que estamos experimentando desde hace meses y que, creo, no se van a solucionar en un periodo de pocas semanas, son:

  • La deliberada «congelación» de la actividad social y económica por parte de la mayoría de los países, durante más de un año en muchos casos, para «protegernos» de la covid. Esas decisiones políticas causaron caídas del PIB del 5 al 10% anual, con un trimestre entero de derrumbe en muchos países (periodo demasiado largo pero quizá comprensible por la novedad y el temor ante el virus durante la primera ola), y seguidas en muchos sitios de actividad deliberadamente a medio gas durante un año o más cuando, como Madrid, Suecia o Florida han demostrado, no era necesario un frenazo de tal magnitud para evitar el colapso de los hospitales. Esa ralentización «deliberada», con caídas del PIB más propias de una guerra que del impacto de un virus de letalidad relativamente moderada, se produjo sin destrucción de la capacidad productiva, y en medio de un incremento del ahorro privado muy importante. Al intentar reactivar la economía, en un mundo acostumbrado a la producción just in time y por tanto sin stocks importantes, con una demanda que se incrementa súbitamente y una oferta que no puede de forma inmediata acompasarse a dicha demanda por falta de stocks, provoca tensiones importantes en los precios y en las disponibilidades de productos. El precio del crudo y especialmente el del gas no empezaron a subir aceleradamente respecto de sus niveles pre pandemia cuando Putin comenzó a movilizar tropas para una posible invasión de Ucrania en noviembre, sino bastantes meses antes.
  • Las inversiones para la extracción de hidrocarburos como el petróleo o el gas son a menudo multimillonarias y sus resultados tardan meses o años en estar disponibles. Si los líderes occidentales llevan bastantes años ya (al menos desde 2015, con la firma del Acuerdo de París) explicando que, de aquí a aproximadamente 25-30 años habremos dejado de consumir carbón, petróleo y gas «para salvar el planeta» (no sé muy bien de qué hay que salvarlo a la vista de la evolución de los principales parámetros de desarrollo humano, pero esa es otra historia), no es en absoluto sorprendente que las empresas que se dedican a la extracción de esos productos reduzcan de manera sustancial la inversión en localizar nuevos yacimientos o aumentar la capacidad de los existentes, y busquen «redefinirse para el futuro» reubicando esa inversión en otras actividades energéticas más prometedoras como pueda ser la generación de electricidad mediante fuentes renovables. Y claro, cuando viene un ‘apretón’ de la demanda energética, la oferta de petróleo o gas no es capaz de acompasarse lo suficientemente rápido, y los precios suben vertiginosamente. Si a eso le añades un conflicto internacional que afecta a uno de los mayores productores y exportadores de gas del mundo como es Rusia, tienes la receta perfecta para el cóctel del desastre. 

España y Europa se enfrentan hoy a una espiral creciente de los precios energéticos, particularmente del crudo, del gas y de la electricidad. Me atrevo a continuación a proponer algunas posibles respuestas en España (no necesariamente las únicas ni óptimas) a la presente crisis, más allá de culpabilizar a Putin o a pronunciar discursos vacíos:

A corto plazo (menos de seis meses):

  • Disminuir/eliminar los impuestos aplicados a la electricidad o los carburantes. En un año récord de ingresos fiscales, eliminar el IVA del recibo eléctrico o disminuir dramáticamente los impuestos especiales de los hidrocarburos durante unos meses no parece ningún tipo de locura. Es más, no me parecería ningún disparate, si fuera necesario durante lo peor de la crisis, la creación de un ‘IVA negativo’ para esos productos.
  • Incrementar la producción eléctrica con carbón hasta que los precios del gas se estabilicen/comiencen a bajar.
  • Realizar una campaña de comunicación masiva para ‘educar’ a la población en incrementar la eficiencia donde sea posible, y para reducir el consumo de gas natural.
  • Liberar parte de las reservas estratégicas de petróleo y gas internacionales.
  • Prolongar la vida útil de aquellos reactores nucleares en funcionamiento que puedan continuar realizando su actividad de forma segura.
  • Podría también recomendar una modificación temporal del sistema de fijación del precio de la electricidad, pero siendo esto tentador, es lo que más miedo me da de todo: frecuentemente, cuando los políticos deciden meter sus zarpas en un mercado porque no les gustan los resultados que producen, acaban creando un Frankenstein que puede resultar mucho peor a medio plazo. Como no me canso de repetir, el ceteris paribus no existe.

A medio plazo (6 meses a 3 años):

  • Comenzar la construcción de varios reactores nucleares (no solo para reemplazar los existentes, sino añadir algunos nuevos). La electricidad nuclear tiene varias virtudes que hacen aconsejable que represente un porcentaje significativo del mix eléctrico: es fiable (sabes perfectamente lo que va a producir y durante cuanto tiempo), no es intermitente y, sin ser barata, cuesta evidentemente menos que los precios de la electricidad que estamos sufriendo desde hace ya casi seis meses.
  • Derogar la Ley de Cambio Climático y Transición Energética. O, al menos, algunos de sus puntos más ideológicos e irresponsables, como los artículos 9 y 10, que prohíben respectivamente la exploración o explotación de nuevos yacimientos de hidrocarburos en territorio nacional, el fracking, o la búsqueda y/o explotación de yacimientos de minerales radiactivos para su uso en centrales nucleares. De hecho, una de las medidas más sensatas a medio plazo, toda vez que va a ser imposible prescindir del gas natural en varias décadas (no basta desear las cosas con los puñitos muy apretados para que sucedan), sería la autorización de la exploración y explotación de los yacimientos de gas de esquisto en España, que es estima pueden contener al menos 40 años equivalentes de consumo actual.
  • Continuar electrificando la economía, sin necesidad de hacerlo contrarreloj. Por ejemplo, incentivar la instalación de bombas de calor por aquellas calderas de gas que vayan terminando su vida útil.

A largo plazo:

  • Planificar adecuadamente las necesidades de energía futuras, con adecuado margen de seguridad (es decir, asumiendo que el consumo de energía puede y debe crecer mucho), y centrándose en seguridad de suministro, fiabilidad del sistema, mínimo coste posible y mínima dependencia de actores internacionales de comportamiento errático por naturaleza.
  • No cerrar ninguna instalación de producción eléctrica antes del fin de su vida útil por razones ideológicas, sin tener antes un reemplazo igual de fiable y al mismo o menor coste.
  • Plantear cambios sustanciales al Acuerdo de París y, en caso de no producirse, abandonarlo. Descarbonizar totalmente la economía en 2050, con unos objetivos intermedios de emisiones determinados hasta esa fecha, no solamente va a resultar con enorme probabilidad algo imposible de cumplir (y que generará por el empeño de nuestros políticos en trasladar esos objetivos en obligaciones legales conflictos judiciales de probables resultados enormemente negativos), sino que nos llevará a jugar a la ruleta rusa con decisiones de cierres y aperturas de instalaciones que podrían en el futuro derivar en crisis aún más profundas que las que estamos viviendo. Se pueden y probablemente se deben reducir las emisiones de CO2, y sobre todo se puede y se debe dejar de depender de los combustibles fósiles sin necesidad de hacerlo en un calendario de ‘emergencia’. Va siendo hora de que aprendamos a diferenciar emergencias reales de emergencias imaginarias que, en el peor de los casos, pueden representar un problema a muy largo plazo.
  • Si el mundo quiere realmente descarbonizarse, va a ser necesario algo más que voluntad política. Sobre todo si queremos hacerlo sin causar un retroceso sin precedentes en los niveles de vida de los seres humanos, que es lo que sucederá si se reduce deliberadamente el crecimiento económico o si se encarece artificialmente el coste de la energía como se está haciendo mediante prohibiciones y tasas al CO2. Lo que el mundo va a necesitar, como siempre, es echar mano de sus recursos naturales más importantes: el ingenio humano y la tecnología. ¿Por qué no, en vez de dedicar ingentes recursos a primar energías poco eficientes, o a subvencionar con los impuestos de todos los caprichos de los más ricos en forma de paneles solares para chalés o vehículos eléctricos, los reorientamos a intentar transformar España en el centro mundial de I+D para nuevas tecnologías libres de CO2 como baterías, fusión nuclear, o técnicas de captura y almacenamiento de CO2? Atraigamos a empresas e investigadores de esas áreas con incentivos fiscales. Retengamos y aumentemos nuestras industrias metalúrgicas y cementeras, hoy en serio peligro por el elevado coste de la energía en España, subvencionando la inversión y desarrollo en las mismas a cambio de compromisos de investigación y puesta en marcha de procesos de fabricación de acero o cemento sin emisiones.

Estamos viendo el resultado en Occidente de años de basar nuestras políticas energéticas en los consejos de adolescentes malhumorados y de socialistas reciclados en activistas del clima. Es hora de que adultos con formación técnica cojan el timón de las políticas energéticas, prescindiendo de cuestiones ideológicas y de salir bien peinado en las fotos de las Cumbres internacionales. La Energía no es, o no debería ser, una herramienta para hacer política: es la sangre del bienestar humano. 

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