THE OBJECTIVE
Daniel Capó

Las brumas que llegan de Galicia

«Normalizar a Vox tiene los mismos riesgos para Feijóo que los que tuvo para Sánchez establecer sus alianzas con el independentismo»

Opinión
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Las brumas que llegan de Galicia

Las brumas gallegas preceden al enigma Feijóo. ¿Quién es realmente? ¿Un conservador de marcado acento regionalista, como corresponde a la tradición de la derecha española? ¿Un prudente gestor sin ideología conocida, más allá de las virtudes tecnocráticas? ¿Un derechista puro y duro que pacta con Vox en Castilla y León, y provoca la airada reacción del presidente del partido popular europeo, el polaco Donald Tusk? ¿O un centrista moderado que quiere recuperar algo parecido al espíritu del 78, afianzando de nuevo la alternancia de los dos partidos centrales, el PP y el PSOE? A saber, porque en nuestro país las ideologías mutan según las circunstancias y, más aún, según las necesidades. Tomemos lo de Vox. «Ese pacto –ha dicho Tusk– no puede ser tendencia en España». Pero resulta obvio que si a los populares los dejan sin un mínimo margen de maniobra, mientras su oponente político cuenta con todas las bazas imaginables a la hora de pactar (de Bildu a Unidas Podemos, de ERC al PNV), la reacción del PP será escorarse hacia quien le tiende la mano. Normalizar a Vox tiene los mismos riesgos para Feijóo que los que tuvo para Sánchez establecer sus alianzas con el independentismo vasco y catalán, y con los populistas de izquierda. Al final en España todo se asimila y, al cabo de un tiempo, ya nadie se acuerda de nada ni nada parece importarle a nadie. Supongo que el PP lo sabe y también el PSOE, y cada uno representa su papel para movilizar al electorado.

En Génova podrían responderle a Tusk que, desde el gobierno de la región, le resultará mucho más fácil al PP explotar las contradicciones en el discurso de VOX y que, evidentemente, una cosa es protestar desde la oposición –asumiendo el papel de acusador– y otra muy distinta pactar con la realidad tomando decisiones en una consejería. ¡La realidad, esa gran educadora! Este argumento se repetía mucho hace unas décadas en los aledaños de la izquierda y del nacionalismo, cuando se defendía que los pactos de gobierno con HB servirían para amansar el universo abertzale. En política, ya se sabe, los mismos argumentos valen para unos pero no para otros, y no se sabe muy bien por qué. 

De un modo u otro, al PP no le quedará más remedio que ir tejiendo pactos de gobierno con Vox, igual que el PSOE necesita el apoyo de la extrema izquierda y del independentismo para gobernar. No digo que sea lo deseable, sino que sucede lo que tiene que suceder, como consecuencia de la voladura de los consensos del 78 y de la consiguiente atomización política. Con la derecha y la izquierda rotas, y con el centro vacío de referentes, los partidos mayoritarios basculan hacia sus extremos acabando a veces atrapados por ellos. Sin una gran coalición –o, al menos, sin su posibilidad real–, no parece que la política española admita otro equilibrio que el que conduce hacia las periferias. Por supuesto, la consecuencia es el refuerzo de las trincheras ideológicas y la sobreexcitación de la opinión pública.   

El enigma Núñez Feijóo llega desde las brumas galaicas con la oferta de una gestión rigurosa. Esa es su carta de presentación: experiencia, moderación, equipo… Todo aquello de lo que carecía Casado. ¿Será suficiente para remontar las encuestas? No lo sabemos, aunque la situación política española es altamente volátil. Las consecuencias económicas de la guerra serán de calado y sólo pueden agravarse a medida que el conflicto se enquiste –como parece que va a suceder– y que los efectos nocivos de la inflación caigan con furia sobre unas debilitadas clases medias. La economía, siempre la economía. Núñez Feijóo sabe que, en el imaginario de nuestro país, la principal virtud de los populares ha sido siempre su gestión de la economía en tiempos de crisis. Pero eso era así en el pasado, cuando todavía regían de algún modo los principios básicos de la Transición. ¿Y en el futuro? No lo sabemos, porque el país ha cambiado, como también su educación sentimental y sus principales actores políticos.

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