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Juan Carlos Laviana

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«¿Cuál es el proyecto intelectual detrás de Twitter, Facebook, Netflix o HBO? Me atrevo a aventurar que vender su inmenso poder al mejor postor»

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A los gurús de los nuevos medios se les cae de la boca eso que llaman periodismo personalizado. Algo así como la información a la carta. Como si un periodista fuera un personal shopper. Uno puede permitir que le elijan la ropa o, incluso, que le sorprendan con un menú degustación, dejándose asesorar por un maître de confianza. Pero en ningún caso puede dejar que le personalicen la información. Uno puede ir vestido como un zarrio o incluso fiarse del gusto de un chef. Pero la información, el alimento de la razón y del espíritu, es algo demasiado personal para dejarla en otras manos.

A mí, periodismo personalizado me suena a esos dossier de prensa que los jefes de gabinete preparan de forma exquisita cada mañana para sus jefes, con el cariño de quien sirve el desayuno en la cama. Entiendo que políticos y empresarios prefieran librarse de tan ingrata tarea, y dedicar su precioso y escaso tiempo a sus propios cometidos, sin duda de gran trascendencia y mayor lucro. Incluso que dispongan de un auxiliar que les seleccione las noticias que necesitan, al igual que les depositan a los niños en el colegio, les llevan las camisas al tinte o les eligen las corbatas.

Bajo el engaño de que internet nos ofrece una libertad sin límites para elegir la forma en que deseamos estar informados, nos encontramos continuamente con informaciones que nosotros no hemos elegido. Una máquina –el algoritmo- elige por nosotros lo que nos interesa. Lo que cree que nos interesa, basándose «en nuestra actividad reciente», nos advierte.

Y no es verdad. Ni Twitter ni Facebook dan las informaciones que le interesan al lector. Dan la información que le interesa a su negocio, sea con intención comercial –lo cual sería tolerable-, pero sobre todo ideológica, lo que transgrede los sagrados límites del derecho personal a la información. Asistimos a una dejadez de funciones que las plataformas aprovechan para dirigir nuestra forma de pensar. No nos ordenan la sucesión de mensajes, ni siquiera con un aséptico criterio cronológico –que podría tener algún sentido-, sino a través de sutiles indicaciones.

Bajo lemas como «tal vez te guste», «a tu amigo fulanito le ha interesado esto», «qué está pasando» o «a quién seguir», el algoritmo ofrece una serie de informaciones que nosotros no hemos elegido y que quieren hacernos creer que nos interesan. Nada más lejos de la realidad. Las propias plataformas de streaming, en cuanto detectan que tienes la menor duda sobre qué ver, inmediatamente te ofrecen la posibilidad  de que ellas elijan por ti. «¿No sabes qué ver?», nos preguntan. Y de inmediato te ofrecen una terrorífica posibilidad: «Reproducir algo». La pérdida absoluta de la voluntad.

Se dirá que siempre ha sido así. Que los vetustos periódicos de papel seleccionaban, editaban y nos ofrecían las noticias que ellos consideraban que más nos interesaban. Es cierto, históricamente ha hecho falta un intermediario entre los hechos y el lector. El mensajero. Y ese mensajero, a veces en forma de cabecera, tenía tras de sí un proyecto intelectual. La diferencia es que si lo que nos ofrecía no nos convencía, cambiábamos de mensajero. Pero esa posibilidad cada vez es menor. La pluralidad es un concepto en retirada, en peligro de extinción. 

¿Cuál es el proyecto intelectual detrás de Twitter, Facebook, Netflix o HBO? ¿Alguien lo sabe? Me atrevo a aventurar que vender su inmenso poder al mejor postor. ¿Qué hizo Cambridge Analytica con el Brexit? ¿Por qué las redes fueron un instrumento al servicio de Trump y después le cerraron la cuenta al mismísimo presidente de los Estados Unidos¿Por qué Rusia, en un momento determinado, utilizaba alegremente las redes para desestabilizar Occidente? ¿Y por qué ahora Meta de repente modifica sus criterios para permitir mensajes de odio contra Moscú en Facebook, Whatsapp e Instagram? ¿Las normas están para adecuarlas en cada momento a los intereses cambiantes?

El problema se agudiza ante los grandes acontecimientos. Ante las demandas masivas de información, ya sea por motivo de una pandemia o de una guerra. En la invasión de Ucrania, todos los problemas relativos a la información se han disparado. Al producirse un apagón informativo –en Kiev está prohibido tomar imágenes que puedan dar pistas al enemigo: en Moscú, ni siquiera se permiten las redes sociales ni la prensa crítica-, nos encontramos con un campo abonado para informaciones falsas y rumores interesados.  Las plataformas lo aprovechan para dar rienda suelta a esa información personalizada: una columna de cincuenta kilómetros de tanques se esfuma misteriosamente, un francotirador que derriba blancos a tres kilómetros de distancia pasa de ser noticia de primera página a desaparecer, el llamado «Apocalipsis de Mariupol» no cuenta con ningún testimonio gráfico…

Arcadi Espada lo ha bautizado como un «inacabable TikTok», una sucesión de imágenes –verdaderas y falsas- ofrecidas en bruto sin la menor explicación. Eso es lo que nos ofrecen esos nuevos medios informativos que presumen de facilitarnos información personalizada. Una información que no satisface la necesidad de noticias, sino que nos sirve en bandeja no la información tal y como es, sino como nos gustaría que fuese.

Por favor, que nadie me personalice las noticias. Prefiero vivir en la ignorancia, pero, eso sí, elegida por mí.

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