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Daniel Capó

El vacío de poder

«Sin el ensimismamiento de América, sin su retirada previa, Europa no habría caído —una vez más— en la guerra»

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El vacío de poder

Joe Biden. | Anna Voitenko (NurPhoto)

El retorno de la historia ha supuesto también el regreso de los Estados Unidos al escenario europeo. Sin el ensimismamiento de América, sin su retirada previa que dejó tras de sí un vacío de poder, Europa no habría caído —una vez más— en la guerra. El ensayista Bruno Maçaes ha escrito recientemente páginas luminosas al respecto. Rusia se atrevió a invadir Ucrania tras una década de tanteo y después de constatar la debilidad europea y el desinterés norteamericano. Fue Obama y no fue Obama, fue Trump y tampoco fue Trump —sus errores estratégicos, quiero decir, su desinterés geopolítico por nuestro continente— lo que explica el deterioro que siguió al final de la Guerra Fría, tras la caída del Muro de Berlín. Hace tres veranos, almorzando en Mount Vernon, una antigua bibliotecaria de la Library Of Congress me explicaba el proyecto que dirigió, allá por la década de los 90, destinado a educar en el funcionamiento institucional de la democracia a los dirigentes de lo que había sido el bloque del Este. Aquel mundo que se inauguraba entonces parecía llamado al liderazgo moral bajo el paraguas de un razonable pluralismo democrático. Queda muy poco de aquel optimismo —¿ingenuo, tal vez?—, pero también queda muy poco del peso que tuvimos y de la luz que se podía esperar que proyectara Occidente sobre el resto del orbe. Al optimismo inicial le siguió una lenta retirada que tenía mucho que ver con los problemas económicos provocados por los desajustes de la globalización: fractura social, endeudamiento masivo, caída de los salarios, pérdida de tejido industrial… Si Europa tuvo que afrontar el desafío causado por la llegada de la moneda única, los Estados Unidos empezaron a mirar de reojo el islamismo radical y la pujanza de China en el Pacífico. La retirada de Occidente se extendió no solo hacia Rusia, sino también hacia África y la América hispana. Algunos dirán que fue la economía, pero no solo fue la economía. El miedo, las divisiones políticas y culturales, el populismo y el desinterés por los vectores internacionales incidieron en un nuevo estado de ánimo cada vez más pesimista. Jugando a la defensiva, ya no queda mucho espacio para pensar a largo plazo.  

El retorno de la historia ha significado el regreso de los Estados Unidos, de Europa y de la Alianza Atlántica: no sé en qué orden ni con qué agenda concreta. El Pacífico puede esperar, para alegría de Beijing, que ve cómo se divide de nuevo la atención de Washington. Ya no hay un único imperio en el mundo, ya no hay un único relato —como el liberal demócrata que surgió del final de la Guerra Fría— para explicar la lógica de la globalización; ya no hay un solo eje vertebrador que estabilice la geopolítica internacional. El regreso de Occidente es, por tanto, una señal de debilidad (solo vuelve aquel que se marchó) y de fortaleza (solo retorna aquel que puede hacerlo), un mensaje que sabrán leer en las cancillerías chinas y rusas. La pregunta, por supuesto, se dirige hacia la voluntad, porque no se trata de una cuestión meramente presupuestaria: ¿estamos dispuestos a asumir los costes humanos y morales del liderazgo? ¿Contamos todavía con ese coraje moral que concierne más a los principios que a la ideología? ¿Y tenemos la inteligencia suficiente —en su sentido más amplio— para entender un mundo que ya no se escribe meramente con la gramática y el vocabulario de Occidente? Carezco de respuestas válidas. Todavía disponemos de una relativa superioridad tecnológica, al igual que de la seducción que emana de nuestro estilo de vida y de nuestros iconos culturales —eso que los estadounidenses llaman el soft power—. Los límites del poder militar ruso se han ido evidenciando a lo largo de estas semanas, enfrentados a la noble resistencia de los ucranianos. Hay algo muy antiguo en ello, como señalaba José Carlos Llop hace unas semanas en este mismo medio al recordarnos que la guerra nos devuelve al pasado, es decir, nos conduce al encuentro de los fundamentos mismos de la humanidad. En la guerra, el poder se desnuda y nosotros también. Al ser carne para la carne, descubrimos que, además de carne, somos sensatez y sensibilidad, amor y coraje. También horror y odio, crueldad y destino. La pregunta entonces resulta sencilla: ¿estamos dispuestos a asumir el coste del liderazgo, el peso auténtico de la vida desnuda?

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