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Miguel Ángel Quintana Paz

En defensa del populismo

«Con la élite o con el pueblo: esa es la partida que hoy se juega»

Opinión
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En defensa del populismo

Juan Carlos Hidalgo | EFE

El populismo tiene mala fama. También le ocurre a la viruela del mono o a la gente aburrida. Usted, amigo lector, tal vez crea que se trata en los tres casos de reputaciones bien merecidas.

Sin embargo, hoy trataré de argumentar que quizá nos hallemos ante algo similar a la mala prensa del colesterol o los gatos negros: quizá estemos aquí ante un descrédito injusto. Porque hay colesterol bueno y colesterol malo; y acaso el populismo también contenga alguna modalidad deseable. O porque lo importante de los gatos, como diría Den Xiaoping, es que, blancos o negros, cacen ratones; y acaso el populismo nos ayude a atrapar algunos roedores que urge capturar.

Empecemos por apartar un malentendido: a menudo se confunde el populismo con la mera demagogia, con la retórica facilona, con apelar a los instintos del público en lugar de su pura razón. Este significado de «populismo» abre interrogantes interesantes: ¿de veras la democracia puede funcionar entre seres que solo fueran racionales como ordenadores? ¿No son las emociones algo esencial en nuestra relación con otros humanos, y por tanto también con los que compartimos un país? Mas de momento dejaremos todo esto de lado. Bástenos matizar que no trataremos del «populismo» en este sentido aquí.

Algunas definiciones de populismo han intentado ir más allá. Hace años se difundió la siguiente: «Es populista aquel que ofrece soluciones simples a problemas complejos». Pese a su éxito, la frase resulta paradójica: ¿qué habría de malo en que una solución fuera simple? ¡Siempre será mejor eso a que resulte complicadísima! Miro alrededor y veo a mucha gente agobiada por problemas que tendrían una fácil solución. El problema es de ellos, no de tal solución simple.

Ahora bien, se me dirá que quien acusa al populista de idear soluciones sencillas no lo hace porque sean eso, sencillas, sino porque resultan equivocadas. Está bien, pero eso nos arroja ante nuevas paradojas. «Ofrecer soluciones equivocadas» ¿no es de lo que siempre han acusado los liberales a los socialistas? ¿Y los socialistas a los liberales? Y también los conservadores a los marxistas, y los marxistas a los fascistas, y estos a las personas de «centro centrado». ¿Qué tienen de nuevo, pues, los populistas, como para definirlos con un rasgo que sirve para cualquiera que no piense, en política, como yo? ¡Ya sabíamos que quien de mí discrepa es, fijo, por lo equivocado que está!

Parecería, pues, que hacen falta mejores herramientas que esas para entender lo que el populismo es.

Probemos con una definición etimológica. Pero aquí es donde se agravan los problemas del que ansíe denostar el populismo sin más. Porque «populismo» procede del latín populus, que significa «pueblo»; y que si lo traducimos al griego nos lleva a demos, que es de donde proviene nuestra querida democracia. Dicho de otra manera, ser populista empieza a parecerse a ser lo que todos (educadores, periodistas, políticos) nos repiten una y otra vez que hemos de ser: ¡demócratas, por favor! Algunos incluso nos sugieren esa vía como panacea: la educación mejorará siendo «más democrática», y también las instituciones, quién sabe si el tráfico también. Ante tanto «democratismo» y elogio al pueblo, ¿por qué luego nos insisten en que democracia sí, pero populismo no?

Reconozcamos, en todo caso, que hay un sentido de «populismo» del que hacemos bien en guardarnos. Se trata de un significado muy académico. Hace ya unos años que dos filósofos, el argentino Ernesto Laclau y la belga Chantal Mouffe, lo extendieron por todo el mundo. El primero escribió incluso un libro en 2005, La razón populista, que acabaría convirtiéndose en la biblia de muchos marxistas conscientes de que, tras el derribo de cierto Muro berlinés, algo había que remozar. 

A Laclau lo leyeron en España los Pablo Iglesias Turrión, los Juan Carlos Monedero y, sobre todo, los Íñigo Errejón. Este último acabaría publicando una obra con la otra autora citada, Mouffe. Su título, Construir pueblo, no engaña a nadie: el populismo es la columna que lo vertebra.

Para estos marxistas, la noción de «clase obrera» ha quedado un tanto desfasada. Pocos se sienten ya en Occidente miembros de un «proletariado» que no tiene «nada que perder, salvo sus cadenas», como postulaban Marx y Engels, allá por su Manifiesto comunista de 1848. Hoy los asalariados sí que tienen más cositas que perder: las cadenas, de acuerdo, pero acaso las musicales o la de oro que me regalaron en la comunión de niña; súmese a ellas también la televisión inteligente, el coche, las vacaciones en la playa, quizá incluso el apartamento que nos hemos comprado allí. Urgía renovar, pues, el viejo mensaje marxista. Y Laclau y Mouffe sugirieron unas cuantas pistas.

La principal, la que los convierte en portaestandartes del populismo, es la que resume el ya citado título de Mouffe y Errejón: hay que «construir pueblo». Si hay que construir algo es porque no existe. Este populismo, izquierdista, cree que hay que convencer a la gente de que sus diferentes deseos (una subida de sueldo, disponer de una guardería para los niños, que no me agredan por la calle…) confluyen todos ellos en un mismo ente que podrá satisfacerlos: el de un «pueblo» nuevo, al que capitaneará un líder (izquierdista, por supuesto) que luchará en batalla contra los malvados oligarcas que se lo quieren impedir. Para explicar todo esto, Laclau, Mouffe o Errejón usan un vocabulario algo alambicado (cadena de demandas, antagonismos, significantes vacíos…), pero prescindamos aquí de él.

Es probable que a usted, amigo lector, ya le haya sorprendido esta idea de una izquierda que, por un lado, se dice populista, pero por otro lado no cree que exista un pueblo real (sino solo en el que ella pueda, propaganda mediante, «construir»). Ahora bien, me temo que deberá reservar aún parte de su capacidad de asombro. Porque la versión española de este populismo resultaría aún más estrambótica (quizá por ello esté desinflándose tan rápido como ascendió). He aquí el pasmo: estos populistas españoles de izquierda ¡ni siquiera creen que el que haya que construir sea pueblo español! Optan más bien por una mélange de pueblo catalán, vasco, leonés, berciano… (De hecho, otro problema añadido es que nunca nos dejan del todo clara la lista precisa de «pueblos» que constituirían nuestra nación).

En suma, raros populistas españoles son estos que, por las dos razones aducidas, no creen en el pueblo español. Razonable resulta la mala fama de este tipo de populismo izquierdoso, pues. Pero no se trata del único posible. ¿Y si hubiera otro color populista, diferente al de izquierdas? ¿Un populismo que sí creyera en el pueblo español? ¿Que no aspirara a «construirlo», sino solo a reconocerlo y asistirlo? ¿Por qué habría de resultar indeseable un populismo así?

Estamos hablando, naturalmente, de un populismo de derechas. Un populismo como Dios manda: que no nos venga a «construir» a los españoles, porque ya estamos de sobra construidos. Que solo venga a defendernos, a promocionarnos, a servirnos. ¿Tan peligroso resultaría un movimiento así?

Alguien inquirirá (acaso desde su chalé centroderechista, tan cómodo junto a la sierra madrileña): vaya, vaya, ese populismo debería defendernos… pero ¿contra quién? ¿Es que acaso hay alguna amenaza contra nosotros, españoles de a pie, en la que necesitemos ayuda? ¿No estoy tan tranquilo yo, aquí en mi jardincito, gozando de mi piscina y mi buena conciencia? ¿No es un tanto belicoso eso de creer que nos debamos defender?

Semejantes preguntas, me temo, cada vez parecen más y más retóricas en un mundo donde se nos multiplican las asechanzas. Por supuesto que hay gente se la tiene jurada al pueblo español, y ansía resquebrajarlo: ya sea desde el nacionalismo periférico (que también quiere «construir»… sus naciones) o desde la izquierda que con él gobierna (y que además añade otras fragmentaciones: mujeres contra hombres, heterosexuales contra LGBT+, gitanos contra payos…). Con todo, más allá de nacionalistas e izquierdistas, hoy cunde otra amenaza contra nosotros (de la que ellos son solo peones). Una amenaza de la que ya hemos hablado en THE OBJECTIVE en diversas ocasiones: aquí o aquí. Una amenaza que resulta mucho mayor.

Podemos presenciar un desfile de tales peligros justo estos días en Davos, durante la reunión que celebra en tal paraje suizo el Foro Económico Mundial. Sus planes son, de puro transparentes, invisibles para muchos. Pero no cabrá aducir que no nos lo adviertan con claridad.

Para empezar, y después de que decenas de jets privados allí les hayan congregado, nuestras élites están hablando de que ya es hora de empezar a controlarnos uno a uno las «emisiones de carbono» que cada cual cometamos. Tal vez mediante algún método similar a los probados en China, o al recién experimentado aquí pasaporte covid. ¿Se imagina no poder montar en un bus, o tener que bajar la calefacción de casa, solo porque usted ya ha emitido esta semana más CO2 del que le permite un señor que lo decidió en su jet? ¿O porque usted se portó mal en Facebook ayer por la mañana? ¿Ha pensado usted las ganas que le vendrán de insultar a ese señor por tal cosa? No se preocupe, en Davos también han reparado en eso: anteayer mismo la comisaria australiana de Seguridad Internáutica anunció que habrá que recalibrarnos derechos humanos como la libertad de expresión, porque ¡hay que ver lo mal que la usamos algunos en internet!

Al propio Klaus Schwab, presidente del Foro de Davos, tampoco cabe acusarle de críptico. Échele una ojeada a su nuevo libro, La gran narrativa, que surge de un encuentro en los Emiratos Árabes Unidos (país que, por cierto, ya tiene implantado un Programa de Recompensas al Ciudadano, según el cual se otorgan puntitos en función de cómo se porte cada uno de bien). Como señalaba Hughes hace unos meses, en todo el volumen, de 200 páginas, la palabra «libertad» aparece solo tres veces; la idea de controlarnos y hacer frente a los «populistas» que se enfrentarán a sus bondadosotes planes, muchísimas más.

Mas allá donde prolifera el peligro crece también lo que nos salva, predijo Hölderlin; y en ese desprecio de nuestras élites por el populismo está la clave que nos debe orientar. En efecto, ¿qué nos queda ante las nefastas élites mundiales que nos han tocado en estos inicios del siglo XXI? Esas que se preocupan más de que usemos los pronombres correctos que de las menguantes clases medias. ¿Qué nos queda frente a su descomunal poder político y económico, un Leviatán como jamás se vio?

Nos queda solo la posibilidad de unirnos: y a eso que, unido, hace más difícil el ser vencido, es a lo que llamamos pueblo. El mismo pueblo que se supone que gobierna en democracia, por mucho que nuestras élites acaten a otro de sus gurús, Yuval Harari, y crean que hemos de irnos olvidando, o al menos hackeando, lo que antes llamábamos libertad individual. El mismo pueblo que puede poner trabas en su nación a megacorporaciones hoy mayores que muchos Estados; el mismo pueblo que puede deponer a sus gobernantes inicuos y sustituirlos por otros; el mismo pueblo que sabe reivindicar su civilización milenaria ante la última ocurrencia (por ejemplo, antinavideña) de cualquier burócrata o ricachón.

Si apoyar a ese pueblo en vez de a Google o Microsoft es populista, seamos pues populistas. Si apoyarlo es poco racional, seamos lo que ellos llaman irracionales. Si el populismo es «dar soluciones simples a problemas complejos», seamos simples, pero también resolutivos. Porque el verdadero antónimo de populista no es, por mucho que nos digan, ni «racional», ni «sofisticado», ni «demócrata». El auténtico opuesto de «populista» es mucho más simple: elitista. Arriba o abajo. Ellos o nosotros.

Con la élite o con el pueblo: esa es la partida que hoy se juega. Dejemos a la izquierda con su pueblo aún por construir y a su vez con los trece o veinte pueblos que según ellos constituyen España: defendamos al pueblo español que, abandonado por sus clases política y económica, aún sobrevive entre nosotros, aunque cada vez sea más pobre y desorientado. Llevémoslo sin complejos a la conquista del Estado. Dejemos que nos acusen de populistas por ello. Y respondamos alegres: sí, soy populista, ¿y qué?  

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