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Eduardo Laporte

Veraneo a los cuarenta

«Así son las vacaciones de la adultez, un dejar en suspenso la identidad, el futuro e incluso el presente, y dedicarse más que a ser a estar»

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Veraneo a los cuarenta

Una playa de Valencia. | Xisco Navarro (Europa Press)

Está el Verano del 42¸ el Estiu 1993 y el veraneo a los cuarenta, un modo de abrazar el descanso que refleja también las conquistas personales de la edad, pero también las manías y demás amenazas al pacientómetro vital. 

De un tiempo —pongamos treinta años— a esta parte, aprecio distintos rituales en lo que a la gestión de la vacación se refiere. Y por vacación me refiero a ese periodo de bolis caídos, hemisferios izquierdos ausentes y creciente colección de no-replies motivadas por una máxima: aplicar la ley del mínimo esfuerzo con todo el rigor. 

Las vacaciones del homo cuarentensis no reniegan del concepto turista. Queda atrás ese prurito del ser viajero a toda costa y no hay reparo moral en ello; quizá durante el resto del año se es viajero y, por fin, qué alegría, uno puede sacar al turista de chancletas airosas que lleva dentro. (No tanto como para lucir calcetines sobre ellas, como aún siguen luciendo los jóvenes alemanes que estos días hemos visto en Mallorca, en un tópico cultural que no decae).

Uno asume con felicidad su condición de turista, aunque a veces es inevitable aprender algo. Que si tal monja veía santos y tenía éxtasis mañaneros hasta que se decidió a mantener de por vida su «cuerpo incorrupto», lo que le capacitaría para ver el futuro. Así ella era, Catalina Thomas —que acabaría canonizada siglos después, primera santa balear—, como sabe todo aquel que visite Valldemosa. El turista no quiere datos, repele la información, pero algo acaba filtrándose. 

«El veraneante cuarentón ya no teme al atrezo playero ni le duelen prendas al trasladar toda la impedimenta necesaria para disfrutar de sus horas bajo el sol»

Una buena siesta ayudará a digerir e incluso neutralizar cualquier nuevo estímulo. Porque el veraneante cuarentón ya no teme al atrezo playero ni le duelen prendas al trasladar toda la impedimenta necesaria para disfrutar de sus horas bajo el sol. Donde antes había una toalla estrecha y una lata de Estrella Damm, hoy hay una silla de playa reclinable, varios tipos de cremas, gafas de sol antirreflectantes, sombrilla de 1,80 cm con su adminículo perforador para asegurar una sujeción antiventosa, gazpacho casero en botella de plástico y frutas diversas en tápers precintados, así como todo tipo de pasatiempos. 

Atrás queda la época de llevar el periódico a la playa, si bien más amable por esas fechas, siempre cargado de catástrofes humanitarias o naturales en algún lado del planeta. El veraneante panzudo y señorón no quiere más amarguras ajenas: se merece también unos días de dulce inconsciencia, también sin resaca moral alguna. 

En la bolsa playera hay espacio ahora para esos cuadernos de crucigramas, sopas de letras y dameros malditos que se siguen produciendo solos o en otro planeta (¿alguien ha conocido alguna vez a algún redactor de crucigramas?) y, cómo no, para los distintos ejemplares de las lecturas escogidas para la vacación total. 

Si en la adolescencia y primera juventud, uno leía obras campanudas de la literatura universal, que si García Márquez, Dostoievski o incluso don Camilo José Cela, en la madurez conquistada uno se convierte también en turista lector, o casi, sin complejos. Decía Amaya Ascunce el otro día que andaba sufriendo este verano con la lectura de Vida y destino, la solemne obra de Vasili Grossman, y que no sabía si abandonar. ¡Abandona, criatura! Las obras maestras e inextricables que requieren un GPS para no perderse en el dramatis personae de los patronímicos mil no son para el verano. 

Este feliz descubrimiento lo tuve hace ya años, en unas vacaciones en Almería cuando, en una de esas librerías-papelerías que venden flotadores y bestsellers en expositores giratorios, me hice con una novela de Pedro Ugarte, Casi inocentes, con la que no aspiraba a ganar el premio Formentor y por tanto disfruté mucho. 

Estos días mallorquines ando leyendo, por ejemplo, El rio de cenizas (Tusquets), de Rafael Reig, y los relatos de Pilar Tena en Aritmética familiar (Tres hermanas). Ambas lecturas, que hablan de nuestro tiempo pero desde la humildad y el oficio literario, me han producido más felicidad lectora que todas las montañas mágicas, guerras y paces y maestros y Margaritas varias.

Así son las vacaciones de la adultez, un dejar en suspenso la identidad, el futuro e incluso el presente, y dedicarse más que a ser a estar. Con un par de retoques, habrá incluso alguna escuela de mindfulness que adopte estas recomendaciones para su definitivo manual del aquí y ahora. Que me llamen. Pero ya, si eso, mañana. 

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