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Esperanza Aguirre

Catalanismo constitucionalista

«Si el catalanismo es verdadero será siempre constitucionalista. Si no lo es, será una herramienta para que triunfen ideas y proyectos políticos fracasados»

Opinión
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Catalanismo constitucionalista

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo. | Europa Press

Hace unos días Alberto Núñez Feijóo, presidente y candidato del PP en las próximas Elecciones Generales, hizo unas declaraciones en las que expresó su voluntad de que el PP sea el abanderado del «catalanismo constitucionalista». Una expresión que ha provocado algunos comentarios, no siempre favorables. Sin embargo, creo que merece la pena profundizar en todo lo que se encuentra encerrado en esas dos palabras, que, por otro lado, están más unidas de lo que parece a primera vista.

Empecemos por «catalanismo», que en esta expresión es el sustantivo. Sin darle muchas vueltas podemos entender por «catalanismo» el conjunto de todos los movimientos sociales y políticos y de todas las iniciativas y actitudes culturales que tienen por objeto desarrollar, impulsar, dar a conocer y poner en valor todos los elementos de la Historia y la Cultura de Cataluña.

Con esta definición es imposible aceptar que ningún político español y, aún diría más, que ningún ciudadano español no sea catalanista. Porque no se puede entender el ser español sin ser un entusiasta defensor,
difusor, admirador y amante de la lengua, la Cultura y la Historia de Cataluña
, que son una parte tan importante de la de España que no puede entenderse ésta sin incluir aquella.

Paradójicamente y como consecuencia de la fragmentación de los planes de estudio de las diferentes Comunidades Autónomas, los alumnos que, en el conjunto de España, hoy acaban la Secundaria (y ya sabemos que en la Secundaria es donde se forma el núcleo de la cultura general de los ciudadanos de un país) conocen menos de la cultura catalana que los que estudiamos en los años sesenta del siglo pasado. Entonces, en los programas de nuestro bachillerato, estaba que teníamos que saber, por ejemplo, quiénes habían sido Raimundo Lulio, Juan Boscán o Jacinto Verdaguer. Lo aprendíamos con sus nombres castellanizados, pero los teníamos que conocer. Tengo fundadas dudas de que ahora sea así.

Vayamos ahora con el adjetivo «constitucionalista». Que algo sea «constitucionalista» quiere decir que ese algo busca en el espíritu y la letra de nuestra Constitución de 1978 el fundamento jurídico y político sobre el
que apoyarse.

En este caso quiere decir que ese afán por cultivar y desarrollar el catalanismo se encuentra plenamente legitimado en la Constitución de todos los españoles. Algo que no ofrece la menor duda para cualquiera que lea los artículos de nuestro texto constitucional, en los que queda meridianamente clara la voluntad de los españoles, que somos los sujetos de la Nación Española, de apoyar todos los elementos de la cultura catalana, empezando por la lengua.

Más aún, es en la Constitución del 78 donde, por primera vez en un texto legal de toda la Historia de España, aparece nítidamente reflejado ese reconocimiento pleno de la lengua y la cultura catalanas.

«Mientras que en Madrid la Constitución obtuvo un 86,1% de los votos, en Cataluña llegó al 90,5% y eso que ERC hizo campaña en su contra»

Eso estaba tan claro en 1978 que fueron los ciudadanos catalanes los españoles que con más entusiasmo votaron en el referéndum de la Constitución aquel 6 de diciembre. Se puede recordar que, mientras en Madrid la Constitución obtuvo un 86,1% de votos, en Cataluña llegó al 90,5%, y eso que ERC hizo campaña en su contra. Así creo que queda demostrado que el catalanismo, tal y como lo hemos definido, tiene su fundamento más sólido en la Constitución. Más aún, que no se puede ser constitucionalista sin ser, al mismo tiempo, profunda y decididamente catalanista.

Pero queda una pregunta por contestar: ¿por qué algunos que se etiquetan a sí mismos como catalanistas no sólo están en contra de la Constitución Española, sino que también pretenden romper España y con España?

Aquí me atrevo a aventurar una respuesta que puede escandalizar a más de uno. Muchos, y desde luego todos los que provienen de las filas del comunismo clásico y del neocomunismo bolivariano, están en contra de España no por amor a lo catalán, sino por su irrefrenable voluntad de romper España. Con el propósito último de implantar en esa Cataluña desgajada de España, después de tres mil años de estar unida, una república chavista. Para estos, lo que ellos se atreven a llamar catalanismo, no es sino el intento de manipular el sano y lógico amor a la cultura y la lengua catalanas para lograr el caos en el que ellos puedan implantar su siniestro proyecto. O sea, que de amor a Cataluña, a su lengua y a su cultura, nada de nada. Es decir, que no tienen nada de catalanistas, según la definición que he explicado antes.

Diré más, si hay algún amante de Cataluña que cree sinceramente que fuera de España lo catalán y los catalanes irían mejor, ése debería ser radicalmente constitucionalista. Es decir, debería dedicar todos sus esfuerzos para que esa independencia a la que aspira llegue cumpliendo los requisitos que marca nuestra Constitución, que tanto ha colaborado a desarrollar el verdadero catalanismo y el amor y el respeto por todo lo catalán. Primero, porque tiene que recordar que la Constitución Española fue aprobada con entusiasmo por los catalanes. Y además, porque pensar que en la Europa del siglo XXI se puede romper por las bravas la nación
europea más antigua es un despropósito demencial.

No tengo la menor duda de que los que quieren acabar con España en nombre de un falso catalanismo, en el fondo lo están despreciando, al utilizarlo únicamente como herramienta de movilización para alcanzar un régimen, en el que la libertad de los catalanes estará siempre menoscabada. Sólo hay que pensar cómo hoy en Cataluña no se respetan los derechos humanos, entre los que se encuentra el de que «los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos». O cómo se deja de cumplir el derecho a educarse en lengua materna que la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989 reconoce. Si eso ya ocurre hoy, figúrense lo que ocurriría en una república bolivariana.

En resumen, si el catalanismo es verdaderamente catalanismo, es decir, amor a Cataluña, será siempre constitucionalista. Si no lo es, será una simple herramienta para que triunfen las ideas y los proyectos de los fracasados comunistas, que, abandonados hace décadas por la llamada clase obrera, buscan en minorías sedicentemente oprimidas la palanca para llevar a cabo su revolución.

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