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Javier Benegas

Si tanto teméis al populismo, ¡espabilad!

«La alternativa de eso que se ha dado en llamar ‘el PP de Feijóo’ se proyecta vacía de ideología, solo como sosiego y gestión, continuista y no reformista»

Opinión
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Si tanto teméis al populismo, ¡espabilad!

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo. | Europa Press

«Todos percibimos un deseo de cambio, entendido como la recuperación del sosiego en la política española», declaraba recientemente Alberto Núñez Feijóo. Imposible no compartir el anhelo de calma, paz y estabilidad expresado por el líder del Partido Popular. ¿Quién quiere vivir en una sociedad crispada y antipática, donde la política consista en la supresión del adversario, la descalificación y el «nosotros contra ellos»? Yo no, desde luego. 

Por supuesto, mantener la calma durante un incendio en un teatro o el naufragio de un transatlántico es importante, porque, al contrario que el pánico, ayuda a la evacuación ordenada y minimiza la letalidad. Pero, en política, el sosiego por sí mismo, como fundamento, carece de valor. Es más, puede devenir en un valor negativo si lo que se ofrece a continuación es un conjunto de generalidades, de declaraciones vacuas o, peor, posturas contradictorias que, lejos de invitar a la calma, anticipan lo peor.

Estoy de acuerdo en que el Gobierno actual es un desastre sin paliativos y que raro es el día que no nos proporciona alguna razón nueva para reforzar esta conclusión. Desde esta perspectiva, qué duda cabe, lo principal es tratar por todos los medios legítimos de librarnos de él en la siguiente legislatura. Ocurre, sin embargo, que el actual Ejecutivo es solo uno de los problemas o, mejor, es el epitome de nuestros problemas. Quiero decir que lo urgente es reemplazar este Gobierno, desde luego, pero que lo realmente importante es plantearse qué debería hacer el que venga después.

«¿Cómo se van a resolver los problemas si las causas que los originan se asumen intocables?»

Por si no queda claro, lo expresaré de forma más directa: ¿lo que necesitamos es un gobierno de sosiego, alejado de la confrontación política (entendida como contraposición de ideas, no insultos o descalificaciones) y dedicado a la gestión? Es decir, ¿bastará para enderezar el rumbo con un ejecutivo de aseados contables que, sin desafiar el marco ideológico, prometan arreglar hasta donde sea posible el tremendo desbarajuste actual? Y digo hasta donde sea posible porque, si tal gobierno pretende eludir la confrontación política (insisto, contraposición de ideas), por fuerza su gestión estará limitada por un marco ideológico preexistente. Y aquí es donde surge la pregunta más inquietante: ¿y si la raíz de los problemas está precisamente en las convenciones dominantes?, ¿cómo se van a resolver los problemas si las causas que los originan se asumen intocables?

No voy a aburrirle, querido lector, con un repaso demasiado exhaustivo de los gravísimos problemas que nos asedian. Seguro que usted ya está al tanto. A buen seguro conoce la enorme deuda que las Administraciones Públicas han generado y siguen generando; lo que supone para hogares y empresas la escalada de precios de la energía, de los bienes de consumo y de los alimentos; el pésimo desempeño de la educación pública; la posición tercermundista en el ranking internacional de nuestras universidades; el deterioro del sistema sanitario universal, donde nos parece un dato para sacar pecho listas de espera de dos meses y medio para una intervención quirúrgica tan elemental como una operación de cataratas; el deterioro del sistema de justicia, con plazos de resolución de litigios increíblemente dilatados; los números, no rojos, sino lo siguiente, del balance comercial; el elevado desempleo estructural; el desplome de la renta disponible; el estancamiento del PIB per cápita, que dura ya más de tres lustros; el sistema de pensiones y la Seguridad Social en quiebra técnica, que obliga a hacer aportaciones extraordinarias cada vez más extraordinarias, etc., etc. ¿Todo esto se resolverá con sosiego y una gestión que no desafié el marco ideológico dominante?

Insisto, asumo como el primero que lo urgente es reemplazar al actual Gobierno. Pero me llama poderosamente la atención el consenso que parece suscitar, no a pie de calle, sino en otros estamentos, una alternativa que promete no cuestionar determinadas convenciones que están en el origen de los problemas. Convenciones que básicamente confluyen en una: que el modelo socialdemócrata es indiscutible.  

A propósito de este modelo, mi estimado compañero de espacio Francesc de Carreras firmaba en este mismo medio el artículo titulado Tendencias alarmantes, donde decía lo siguiente: «Suecia fue durante decenios el paradigma de la socialdemocracia. Desde fines de los años setenta del siglo pasado sufrió un primer retroceso y se fueron alternando, o aliando, socialistas y conservadores». No sé exactamente a qué se refería con esta afirmación porque no lo especificaba, pero por el contexto del artículo se entiende que el sentido es negativo, en tanto que considera ese «retroceso» como preámbulo del auge del partido DS (Demócratas de Suecia) que, como apunta, tiene en sus orígenes connotaciones neonazis. 

Deduzco que Francesc lo que no ve con buenos ojos es el cuestionamiento que parte de la sociedad sueca habría empezado a hacer en la década de 1970 de la todopoderosa socialdemocracia, cuya ingeniería social gradualista alcanzó de la mano de Olof Palme sus cotas más extraordinarias. Y que, en la actualidad, este cuestionamiento parece estar fuera de control.

Sin embargo, quiero recordarle a mi estimado colega que fue precisamente a finales de la década de 1960 que, en Suecia, el discurso de la «igualdad de oportunidades» entre hombres y mujeres derivó en proceso normativo. Y que esto supuso un cambio crucial, pues el discurso socialdemócrata pivotó de la lucha contra la desigualdad de clases a la lucha contra la desigualdad de género. Y que en el transcurso de esos años surgieron toda una serie de investigaciones gubernamentales sobre el «problema de la familia» y la igualdad de oportunidades, hasta el punto de que en 1970 había 74 comisiones dedicadas a analizar «familia y género», lo que desembocaría en un frenesí legislativo sin precedentes. 

Mi intención no es discutir que la igualdad entre hombres y mujeres sea un principio irrenunciable de cualquier sociedad desarrollada que se precie, ni siquiera el asunto que me interesa es el feminismo. Lo que pretendo es advertir una obviedad: que semejante injerencia en la sociedad por parte del Estado por fuerza tendría consecuencias indeseadas. Una acción legislativa tan intensa y expeditiva, no ya a propósito del género, ese concepto estructuralista y a menudo fantasmal, sino de una institución tan primordial de la sociedad como la familia, supuso intervenir el ámbito de lo privado tanto o más que la expropiación marxista de los medios de producción. 

Fue en los 70 cuando la socialdemocracia asimiló como propio el lema «lo personal es político» y, a renglón seguido, volvió del revés la democracia liberal. La sociedad ya no definiría y controlaría al Estado. Sería el Estado, pilotado por una élite de políticos, intelectuales y expertos, el que controlaría y daría forma a la sociedad. Y, para colmo, lo haría arrogándose el monopolio de la moral. Así es como la sociedad dejó de ser la sociedad y pasó a ser la gente. Esa masa ignorante, imprevisible y peligrosa que no sabe lo que le conviene. 

«Parece existir un acuerdo entre los exiliados del PSOE y los señores del dinero en apoyar al PP siempre que no desafíe el consenso socialdemócrata»

Todo este asunto de la socialdemocracia sueca puede parecer una digresión, pero no lo es. De hecho, de aquellos polvos vienen también los lodos de la transición energética actual, que tantos disgustos no está dando, y próximamente, si nadie lo remedia, la del sector agropecuario europeo. Pero, además, es bastante pertinente para entender lo que sucede en España; es decir, por qué la alternativa que encarna eso que se ha dado en llamar el PP de Feijóo se proyecta vacía de ideología, solo como sosiego y gestión. Y es que parece existir un acuerdo general, por parte de los numerosos exiliados socialdemócratas del Partido Socialista y, posiblemente, de los señores del dinero, en apoyar al Partido Popular… siempre y cuando no desafíe el consenso socialdemócrata, que aquí se traduce en ese imperio del BOE que tantos beneficios ha proporcionado a unas minorías cada vez más concurridas y ávidas de recursos. Por tanto, la ausencia de ideología del Feijóo sería paradójicamente una transacción marcadamente ideológica, no por acción sino por omisión. Esto no significa que el líder del PP sea un socialista, ni siquiera un socialdemócrata convencido. Más bien lo que revela es que, para él y su partido, lo importante es alcanzar el poder por el poder mismo. Y puesto que el poder hoy reside en el Estado, y no en la sociedad, no cabe esperar que Feijóo sea un reformista sino un continuista. Un tipo obediente que cree saber lo que le conviene. 

De ahí que todo lo que violente este guion sea tachado de populista. Siempre en la acepción más negativa, por supuesto, porque el populismo como corriente democratizadora y anti estamental tiene su puntito. Y que una política en realidad tan poco peligrosa para el común como Isabel Díaz Ayuso se antoje una especie de oveja negra. O que, en definitiva, numerosos articulistas y periodistas agiten los espantajos fascistas, como el DS sueco, a modo de advertencia, obviando sospechosamente que, si la gente vota determinadas alternativas, tal vez es porque quienes deberían no les dan alternativa. Al contrario, les imponen la ley del silencio. 

Precisamente, por obra y gracia de esta ley del silencio, en Suecia, el tabú que le ha estallado en la cara a los socialdemócratas ha sido la inmigración, que ha degenerado en un problema mayúsculo. Pero en España son tantos los problemas acuciantes que pueden acabar estallando que casi da vértigo hacer pronósticos. Al fin y al cabo, los suecos, con todos sus defectos, han demostrado cierta racionalidad económica y han rectificado algunos excesos de su Estado social. Mientras que aquí, a lo más que podemos aspirar, según parece, es a que se nos prometa gestionar aseadamente la ruina. Y, si me apuran, ni siquiera esa promesa puede darse por segura. 

Siento ser la mosca cojonera, pero alguien tenía que decirlo.

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