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Miguel Ángel Quintana Paz

Votar es populismo

«¿Y si no es el pueblo quien lo anda haciendo mal, al menos esa vez cada cuatro años en que lo llamamos a las urnas, sino sus élites actuales?»

Opinión
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Votar es populismo

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Están pasando cosas a nuestro derredor. Y todas tienen que ver con la derecha no-moderadita.

Hace cinco meses, Francia; hace tres semanas, Suecia; hace tres días, Italia. Por doquier las elecciones dan generosos resultados a «la ultraderecha», como la llama nuestro establishment; o a una nueva derecha, si optamos por términos más rigurosos. Los vilipendiados Gobiernos de Polonia y Hungría parece que dejarán de estar tan solitos en la Unión Europea; y quizá ello influya, abracadabra, para que también dejen de estar tan vilipendiados.

¿Qué está pasando a estas alturas de 2022? De hacer caso a la mayoría de nuestros periodistas, Mi lucha vuelve a ser un superventas en las librerías del continente; Hugo Boss pone a punto sus uniformes militares para la próxima campaña de otoño-invierno; los discursos de Francisco Franco alcanzan el número uno entre los podcasts más escuchados. Incluso toda una abogada del Estado, como Macarena Olona, antaño seria, denuncia ahora histérica que hay cuentas nazis haciendo cosas nazis a su alrededor. ¿Estamos de veras ante tan inminente peligro? 

¿O estamos más bien ante uno de esos episodios de pánico moral que detectaba brujas por doquier a inicios de la Edad Moderna? Quizá aquellos antepasados nuestros no tenían un problema con las brujas, sino con las mujeres en general. Y estas, por supuesto, lo tenían con tales cazadores de brujas. Del mismo modo, quizá nuestros voceros no tienen hoy un problema con la ultraderecha, sino con el pueblo que vota en general. Y nosotros, el pueblo, empezamos a tener un problema con tan desatinadas élites. «El sufragio universal es una trampa del fascismo», ironizaba ayer Rebeca Argudo.

¿Está votando tan mal la gente que convendría replantearse si dejar que lo siga haciendo? O, siendo más sibilinos, y si tan mal votan los europeos adultos de hoy día, ¿deberíamos conceder el sufragio a niños aún en la escuela? ¿A alumnos que tras aguantar todo el día monsergas sobre ecofeminismo y sobre quiénes son los buenos y los malos, sean llevados de la manita a la urna por su profesora Charo, para completar los ejercicios escolares de «¿Cómo votar bien?» Nuestra izquierda ya lo ha propuesto. Así como, ahora que tan mal votan los europeos, conceder el sufragio a los que no lo son.

Se trata de medidas contundentes, pero que quizá a la postre no funcionen justo a la manera en que ansían sus promotores.

Así, cualquier profesor de secundaria sabe que el temible fascismo-nazismo-ultraderecha-extrema-derecha-neofascismo campa a sus anchas ya por sus aulas: nuestros jóvenes parecen cada vez más cansados de la mentalidad dominante. Conque quizá haya sorpresitas si Unidas Podemos se empeña en llamarlos a votar. Por no hablar de los inmigrantes, muchos de los cuales huyen de países donde el socialismo o el comunismo ha hecho estragos. Y que por añadidura son los más interesados en que los ilegales delincuentes no manchen la imagen del resto de extranjeros. No fue mi amigo Andrés, ni mi amigo Óliver, ni mi amigo Jorge quien primero me alertó sobre los menas, sino mi amigo Vlad, residente en Asturias, pero nacido en Sebastopol.

«¿Y si lo que nos dice la gente, elección tras elección, es que se sienten abandonados por los poderes actuales?

Atrevámonos, en todo caso, a lanzar una hipótesis arriesgada: ¿y si no es el pueblo quien lo anda haciendo mal, al menos esa vez cada cuatro años en que lo llamamos a las urnas, sino sus élites? ¿Y si lo que nos dice la gente, elección tras elección, es que se sienten abandonados por los poderes actuales, y prefieren por tanto a otros gobernantes? ¿Tiene el pueblo motivos reales para verse en abandono?

Parece que así es.

El pueblo está hoy abandonado por el periodismo, que a menudo oculta sus problemas diarios (precariedad laboral, dificultades para formar una familia, miedo a la nueva delincuencia en los barrios) mientras magnifica otros minoritarios (adolescentes paranoicas ante un apocalipsis climático; sexualidades de tipo ABCDEFGHIJKLMNÑOPQRSTUVWXYZ; gusanos e insectos como nueva dieta ecosostenible; qué buena persona eres si no enciendes la calefacción este año).

El pueblo está hoy abandonado por sus políticos, que no aminoran ni uno solo de sus dispendios, mientras nos exigen al resto empezar a vivir peor.

El pueblo está hoy abandonado por los intelectuales, que se limitan a insultarlo, cuando se diría que el deber de un pensador residiría más bien en entenderlo.

El pueblo está hoy abandonado por sus élites económicas, que con tal de pagar dos euros menos al inmigrante que les trae al chalet la compra, aceleran la llegada de etnias diversas (y a menudo enfrentadas entre sí) a los suburbios depauperados.

El pueblo está hoy abandonado por la industria del entretenimiento, que utiliza desde el cuento de la sirenita hasta El señor de los anillos para darle sermones a favor de la nueva moralidad wokista.

El pueblo, en suma, está abandonado por la Iglesia, que sigue hablando de abrir puertas a la inmigración (el Papa lo hizo justo el día de las elecciones italianas, y sus declaraciones recorrieron en sobreimpresión la pantalla de la RAI toda la noche), pero no tanto de ayudar a las adolescentes que ya no pueden volver solas a casa tras la súbita multiculturalización de su barrio.

¿Ha de conformarse el pueblo con todo ello, ayudado de una suerte de «resignación cristiana», o debe más bien imitar a ese Jesús que denunció la hipocresía de la élite política, económica y (no lo olvidemos) religiosa de su tiempo, hasta el punto de que todas ellas se confabularan para ejecutarlo?

«La gente empieza a optar por otra vía en periodismo, política, intelectualidad, economía, entretenimiento e iglesias»

Parece que la gente empieza a optar por esta segunda vía, si bien esperemos que sin crucifixión final. Y lo hacen justo en los seis ámbitos (periodismo, política, intelectualidad, economía, entretenimiento, iglesias) que he repasado antes.

Así, tenemos cada vez más periodismo ciudadano alternativo, que en podcasts, canales de vídeo, redes sociales, webs independientes… dirigen la mirada a los rincones que otros desearían mantener ocultos. ¿Un par de recomendaciones aquí en España? El canal de Terra Ignota en YouTube (también en las plataformas de audio más escuchadas) y el podcast Extremo centro, presentado por Pedro Herrero y Jorge San Miguel, del que quizá pronto haya gratísimas noticias en este mismo medio en que les escribo, en THE OBJECTIVE.

También prospera ya todo un mundillo intelectual por nuestros lares que nunca obtendrá una reseña en el diario El País, cierto, pero que discute justo el tipo de asuntos mentados a lo largo de este artículo. Y que lo hace además de modo efervescente, pues congrega posiciones de lo más diversas. ¿Puedo lanzar aquí alguna recomendación también? No resultaré sorprendente: el centro que académicamente dirijo, el ISSEP de Madrid, persigue justo tales empeños.

¿Hay también proyectos audiovisuales que recojan este guante para nuestras horas de asueto? Poco a poco se abren asimismo hueco; la reciente serie documental G.E.O.: más allá del límite nos ha mostrado por ejemplo valores (honor, sacrificio, patriotismo, disciplina…) que abundan en un mundo distinto al que otros nos quieren vender.

No haré recomendaciones de empresas, de políticos o de grupos religiosos que hayan empezado también a escuchar las preocupaciones del pueblo, aun a costa de que los tilden de populistas. Pero lo que está claro es que siempre que algo hierve en la olla de las ideas, en la de la cultura, en la de la comunicación, al final su vapor terminará levantando algunas tapas.

Sí, es cierto: los hoy apoltronados sobre tales tapaderas se esforzarán en convencernos de que bajemos el fuego. Pero también es cierto que aquí muchos nos declararemos más bien seguidores del viejo poeta persa Rumi, cuando nos animaba: «Prende fuego a tu vida. Y arrímate a aquellos que aviven las llamas». Así que aún queda mucho por bullir.

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