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Luis Antonio de Villena

Brillo y nubes negras de Yanquilandia

«Si Europa era ya muy americana en los años 60, hoy día con Internet y toda su tecnología, los europeos hemos perdido los ya perdidos últimos bastiones»

Opinión
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Brillo y nubes negras de Yanquilandia

La bandera de EEUU. | Unsplash

Una curiosa y contradictoria paradoja hace que el final de lo que fue Europa -y no ha vuelto a ser- coincida con la necesaria derrota de la Alemania nazi. La idea, el mundo, el estilo que era Europa sufrió serios rasguños al fin de la Gran Guerra (1918) y quedó tocada de muerte al fin de 1945. Los hilos de esa fatalidad son complejos pero la influencia y el imperialismo más o menos declarado de Estados Unidos juegan un papel importante, y ese papel ha aumentado tanto que (bajo el águila yanqui) podamos tranquilamente decir que, como mucho, hoy Europa es un museo. EEUU en los felices veinte -primera oleada de su invasión- era modernidad y una vida más dinámica, como el jazz, el cine de Hollywood, los rascacielos -aún un poco «art-decó»- o las nuevas chicas liberadas. Una influencia modernizante y relativamente elitista que pareció buena. Esa indudable bondad se estropea cuando en 1945, el más puritano mundo yanqui, se instala y comienza a mandar en Europa. Ya no es un influjo modernizante sino algo así como afirmar, con las debidas cautelas y la guerra fría: yo mando aquí. Es posible que, sin la intervención militar potente de los EEUU en la II Guerra Mundial, Hitler hubiese ganado la batalla. Naturalmente el pueblo de Nápoles besaba a los liberadores norteamericanos, que echaron a fascistas y alemanes, aunque tardó poco en entender que las banderas de barras y estrellas eran, también, las banderas del nuevo poder que, en muchos modos, nunca se ha ido. Todo esto es el fondo de una gran novela, La piel, de Curzio Malaparte. 

«¿Dónde estaba Europa? ¿En el existencialismo parisino, que aún intentaba ser otra cosa? »

España no se benefició -por Franco, aunque luego lo hicieran aliado- del reparto de dinero del «plan Marshall», pero los españoles veían ya todo lo gringo como codiciable, desde las cafeterías -no cafés, ya anticuados- con sus batidos de fresa y leche (milk shake) hasta aquellos deslumbrantes descapotables que decíamos «haigas». Entonces se puso a la venta una moto sencilla, barata y nacional, llamada «Vespa». Algún iluminado -1955- vio claramente el significado de la marca, lo oí de niño: Vosotros Españoles Seréis Pronto Americanos. Nunca lo he olvidado y ahora es mucho más verdad. Por supuesto estaba el fascinante cine de Hollywood y el modo de vida que reflejan algunas de esas películas, con nombres míticos como Marilyn Monroe, Ava Gardner, o incluso Grace Kelly que se quiso europeizar por arriba. Lo norteamericano como modo de vida iba ganando cada vez más terreno, desde el calzado deportivo a la gorra de beisbol, pasando por el espléndido «rock’nd roll». ¿Dónde estaba Europa? ¿En el existencialismo parisino, que aún intentaba ser otra cosa?

Lo curioso y nuevamente contradictorio era (y acaso es) que el aumento de la influencia gringa y del «american way of life» iba unido a la constatación y rechazo del cada vez más evidente imperialismo norteamericano, que tantas protestas y rechazos generó desde la guerra de Vietnam, de muchas maneras perdida por los yanquis. Claro que, si Europa era ya muy americana en los años 60 con el cine y todas las variaciones del rock, hoy día con Internet y toda su tecnología que, esencialmente viene de allá -Bill Gates- los europeos hemos perdido los ya perdidos últimos bastiones. Hasta los emoticonos y muñequitos de los móviles o internáuticos son diseños norteamericanos que reflejan una mentalidad, en general, muy infantiloide. ¿Me gusta? Pues un corazoncito rojo. En general el mayoritario ciudadano medio «made in USA» (dejo de lado a las muy minoritarias y selectas clases altas intelectuales, cerradas en ámbitos universitarios) peca de no poca vulgaridad y de un plebeyo sentido de la vida, avalado por su poder, pero que desde los viejos parámetros europeos resulta penoso. Pero han ganado la calle y a una juventud que, con o sin críticas, no percibe que está colonizada: playeras, botas de deporte, sudaderas, camisetas -acaso con el logo NY- vaqueros omnímodos, esa comodidad se ha impuesto a cualquier noción de estilo o personalidad propia. Y es notable que esto lo viera ya Oscar Wilde en 1884, en un artículo sobre su viaje a Norteamérica. Valgan dos líneas: «Los americanos no son los hombres más elegantes del mundo, pero son indudablemente los que van más confortablemente vestidos». Esto, en Wilde, no era un elogio, pero ha resultado una verdad mundial. Europa ha muerto y el influjo gringo (aunque se deteste su política) es general y en crecida. ¿Hasta cuándo? Adiós, «vieille Europe…»     

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