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Félix de Azúa

Plagas inesperadas

«El gran peligro que ahora está atacando y carcomiendo el espíritu de las naciones civilizadas es esa plaga de difícil diagnóstico que es la imbecilidad»

Opinión
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Plagas inesperadas

Ilustración. | Erich Gordon.

En el siglo pasado se dieron algunos momentos de verdadero peligro. Durante el primer tercio parecía que el fascismo iba a imponerse por imitación al fenomenal desarrollo que tuvo en Italia y en España. Hubo movimientos fascistoides en muchos otros lugares. Una década más tarde comenzó la otra enfermedad mortal, el nazismo, esta vez con mayor implantación en los países nórdicos. Ambas catástrofes mentales habían surgido a partir del pavor que produjo la expansión mundial del comunismo. Sólo estas tres grandes enfermedades mentales estuvieron a punto de provocar la extinción de Europa, incluida la URSS.

El siglo XXI, en cambio, no ha visto de esos movimientos más que su final y acabamiento. Continúan coleando, evidentemente. Aún hay gente que se viste de fascista italiano, nazi alemán o estalinista soviético, pero en general los movimientos totalitarios han desaparecido de Europa, seguramente porque ya no hacen falta: casi todos los países democráticos han encontrado un acomodo totalitario más elegante y presentable.

Eso no quiere decir que ya no existan los peligros masivos, las plagas ideológicas o los ataques letales contra el uso de la razón. Los hay de muchos modos y matices, pero pueden resumirse o unificarse en un movimiento único: el imbecilismo. El gran peligro que ahora está atacando y carcomiendo el espíritu de las naciones civilizadas es esa plaga de difícil diagnóstico que es la imbecilidad. Y del mismo modo que hubo movimientos de resistencia contra el fascismo, el nazismo y el comunismo, así también hay grupos que ya combaten el imbecilismo. No son numerosos y aún han de crecer, pero por lo menos están ocupando lugares destacados de la experiencia cuotidiana.

«Se requiere mucha valentía para enfrentarse a los imbéciles»

Si aún son escasos y poco populares es porque se requiere mucha valentía para enfrentarse a los imbéciles. Sobre todo, porque estos individuos ni siquiera saben que son imbéciles. De otra parte, los grandes grupos financieros y el capital más expoliador los apoyan, los financian y, lo que aún es peor, persiguen, marginan y pauperizan a los grupos enemigos del imbecilismo. Eso quiere decir que mientras es fácil hacerse con un buen sueldo, una colocación prominente o algún ministerio si uno acepta las órdenes imbéciles, es seguro que si forma parte de la lucha contra la imbecilidad acabará en la ruina.

No obstante, como siempre que ha sido necesario enfrentarse a las grandes plagas ideológicas, también ahora hay gente joven con coraje que no duda en plantar cara al imbécil. Traigo hoy un par de ejemplos y con suerte más vendrán y los expondremos. El primero está en la frontera de los cuarenta años, momento delicado. Su libro contra el imbecilismo lleva por título Fake News. Cómo acabar con la política española (Debate) y reúne artículos y dibujos en los que muestra algunas estrategias para combatir la imbecilidad. La primera, evidentemente, es el sarcasmo. Así, una de las viñetas dibujadas en estilo kafkiano por Daniel Gascón, dice al pie: «¡Qué país nos va a dejar la oposición!». Un resumen muy agudo de la actual acción de gobierno. O expone en un artículo la batalla por la «normalización capilar» para mostrar cómo los argumentos del nacionalismo catalán se aplican con más propiedad y rigor a los usos capilares que a la lengua.

El segundo caso es muy distinto, Edu Galán, otro escritor al filo de los cuarenta, en La máscara moral (Debate) nos propone un ensayo serio y sociológico sobre el uso de la palabra «moral» y la prostitución de su actual empleo mercantil. Podría decirse que es éste un manual de auto ayuda para distinguir y protegerse de los ataques morales, ya que son insidiosos, traidores e hipócritas.

Son dos títulos, pero, como las golondrinas, anuncian un posible verano que caliente los cascos a los partidarios de la imbecilidad. Al fin y al cabo, estamos en periodo electoral, momento especialmente apreciado por los imbecilistas para su reproducción.

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