THE OBJECTIVE
Dante Augusto Palma

Una democracia para peces

«Me pregunto si la política está tan ensimismada como para no darse cuenta del contexto que está atravesando la civilización»

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Una democracia para peces

Una democracia para peces. | Maxim Ilyahov (Unsplash)

Especialmente cerca de las elecciones, es natural que toda la dirigencia política esté pendiente de sacar su tajada de cualquier evento, desde los más importantes hasta los más nimios. Moción de censura, políticos con salarios altísimos que se benefician de un bono eléctrico, manifestaciones contra la política sanitaria en Madrid, un nuevo exabrupto de Podemos, etc. Este es apenas un pequeño listado de la agenda pública de un periódico español de los últimos días sobre el cual los políticos especulan para obtener votos invirtiendo en ello energía, tiempo y dinero (que muchas veces solo la energía y el tiempo sean propios, es otro asunto). 

¿Pero qué hay si les dijéramos que por más relevancia que el tema posea, por más escándalo que éste genere, estamos ante el desafío de satisfacer las demandas y las necesidades de una población incapaz de mantener un mínimo de atención

El dato es mencionado en el libro La civilización de la memoria de pez, publicado en 2019 y perteneciente al periodista francés, especialista en comunicación, Bruno Patino, el cual ha tenido una suerte de secuela que ha sido lanzada al mercado en español apenas algunas semanas atrás. 

El particular título del libro se relaciona con dos descubrimientos: el primero es que, según el autor, un pez es incapaz de fijar su atención por más de ocho segundos, lo cual significa que tras ese tiempo su universo mental se reinicia y su experiencia se renueva.

Si para el lector común este dato es motivo de curiosidad y una razón para apiadarse, mi sugerencia es que no se apresure porque Google ha descubierto la cantidad de tiempo promedio de atención que poseen las nuevas generaciones de humanos, esto es, aquellas para las cuales el teléfono móvil no es otra cosa que una extensión de su cuerpo. 

¿Una hora? ¿10 minutos? Nada de ello. Apenas nueve segundos, es decir, un segundo más que la capacidad de atención de la que dispone el pez. A partir de ese momento, dice Patino, «nuestro cerebro se desengancha. Necesita un nuevo estímulo, una nueva señal, una nueva alerta, otra recomendación». Para ser justos, ni siquiera hace falta ir a comprobarlo: simplemente observemos cómo nos hemos vuelto máquinas multitareas, adictas a la novedad, clicando desesperadamente en busca de la última noticia, un nuevo like, la próxima oferta.    

La civilización de la memoria de pez es un libro sobre lo que se conoce como la economía de la atención, elemento esencial para una etapa del capitalismo en la que la mercancía son los datos y la velocidad es todo. 

«¿Es posible una democracia para ‘peces humanos’ al menos en el sentido que hemos conocido la democracia hasta ahora?»

La atención es un elemento que atraviesa todos los órdenes y para graficarlo podemos mencionar uno de los ejemplos que indica el libro a propósito de la industria discográfica: si antes una banda luchaba por vender un disco, desde la existencia de Spotify, el mayor logro es que el usuario se sostenga más de 11 segundos escuchando una canción. ¿Usted logra escuchar una canción hasta el final? Lo envidio. 

Ahora bien, en este contexto las preguntas surgen a borbotones: ¿cómo hacer política en estas condiciones? ¿Es posible una democracia para «peces humanos» al menos en el sentido que hemos conocido la democracia hasta ahora? ¿Qué lugar queda para los grandes debates, los acuerdos, los proyectos a largo plazo y las decisiones racionales si todo es un aquí y un ahora, un presente absoluto? 

Alguno de ustedes dirá: es que la política ha dejado hace tiempo de ofrecernos grandes debates, acuerdos, etc. Y es verdad. Incluso se trata de una tendencia que comenzó bastante tiempo antes de que nuestras vidas estuvieran atravesadas por prótesis tecnológicas, ordenadores e inteligencia artificial. Agreguemos a esto que, a su vez, asistimos a un tiempo en que esas generaciones de nativos tecnológicos ya ocupan espacios de decisión, con lo cual no solo los electores están necesitados de nuevos estímulos, sino que son los gobernantes los que sucumben a este ritmo frenético y delirante de consumo que confunde lo nuevo con lo bueno. Por cierto, ¿cómo no va a ponerse de moda modificar la historia si la estamos reescribiendo para una generación que a los nueve segundos ya ha cambiado el foco de atención? 

Para concluir, y a propósito de peces, viene a mi mente el principio de aquel famoso discurso de graduación de 2005 para los alumnos de Kenyon College que brindara el escritor estadounidense David Foster Wallace y que luego fuera publicado bajo el título Esto es agua

«Están dos peces nadando uno junto al otro cuando se topan con un pez más viejo nadando en sentido contrario, quien los saluda y dice, ‘Buen día muchachos, ¿cómo está el agua?’ Los dos peces siguen nadando hasta que después de un tiempo uno voltea hacia el otro y pregunta: ‘¿Qué demonios es el agua?’». 

Foster Wallace utiliza este ejemplo para ilustrar cómo lo más obvio, aquello que nos rodea y que nos es común, se naturaliza de tal modo que pasa desapercibido. Los dos peces jóvenes nunca se preguntaron cómo estaba el agua porque para ellos resultaba simplemente algo dado, incapaz de ser revisado o de transformarse en un objeto de estudio.

Me pregunto entonces si la política está tan ensimismada como para no darse cuenta del contexto que estamos atravesando como civilización y cuáles son los desafíos inmediatos de sociedades cada vez más fragmentadas, más impacientes y más intolerantes aun cuando la intolerancia de moda sea una intolerancia «buenista» al servicio de un mercado de minorías y victimismo.      

Si ha llegado hasta aquí sin distraerse, significa que usted es una rara avis que ha sabido resistir los estímulos de la disputa por su atención. De modo que no sería extraño que próximamente sorprenda a alguien preguntando cómo está la democracia. Pero no se ilusione puesto que, frente a ello, en el mejor de los casos, le preguntarán qué demonios es la democracia y cualquiera sea su respuesta, será olvidada en nueve segundos. 

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