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¿Quién tiene miedo de Jordan Peterson?

Foto: Gage Skidmore | Creative Commons

La traducción al español, hace unos meses, del texto más divulgativo de Jordan Peterson (12 reglas para la vida), así como su visita a nuestro país (en este enlace puede disfrutar el lector la entrevista que le hizo Cayetana Álvarez de Toledo) avivaron entre nosotros la polémica que a menudo le acompaña. Hitos de la misma han sido la prohibición que una cadena de librerías neozelandesa llegó a hacer de su libro en marzo pasado o el magnífico debate en que se convirtió su entrevista en el Channel 4 británico, todo un exemplum de cómo lidiar con una periodista más empeñada en rebatir que en entender.

En España también se puso nuestro granito de arena capciosa en esta cruzada contra Peterson. Reaccionario, charlatán, defensor de las desigualdades, darwinista social, obsesionado con las jerarquías, gurú de los misóginos, biologicista, simplista o falaz son solo algunos de los epítetos que, apelotonados en un artículo tan breve como este, le dedican dos de nuestras jóvenes promesas periodísticas a uno de los psicólogos con mejor currículo de la universidad canadiense.

Con tan suculentos antecedentes, lógicamente un servidor no pudo sino lanzarse a leer sus 12 reglas. Mas he de confesar que mis expectativas quedaron defraudadas. El libro de Jordan Peterson resulta mucho más normalito que el espantajo en que lo han querido convertir sus enemigos; como siempre sucede con los delirios persecutorios, estos nos dicen más de quienes los padecen que de la realidad. Y es que, como bien le empezó preguntando Álvarez de Toledo en la entrevista antes aducida, si por algo destaca el libro de Peterson es porque mucho de lo que arguye se reputó durante largo tiempo como mero sentido común. Era de hecho el tipo de consejos que te podría haber dado tu abuela (aunque los ejemplos y razonamientos solo te los habría dado una abuela bastante leída). ¿Qué nos ha pasado para que aquel sentido ya no nos sea tan común?

La respuesta que apunta Jordan Peterson es, si cabe, aún más dramática: de la expresión “sentido común” no solo hemos perdido el adjetivo “común”, sino también lo sustantivo: el sentido. Fíjese de hecho el lector en lo poco que se habla entre nosotros del sentido de las cosas. En tiempos en que la venta de tranquilizantes y antidepresivos alcanza plusmarcas; en una era en que se discute de todo y de todos; en momentos en que la libertad para perorar de religión o filosofía florece sin parangón; en una época de crisis, ¿no resulta prodigioso que la duda de por qué merece la pena estar vivo apenas ocupe espacio en nuestras charlas y medios? Recién lograda la democracia, los antiguos griegos se pusieron enseguida a debatir qué era una vida que pudiera considerarse buena. Nosotros en cambio preferimos enzarzarnos en cuánto “gasto social” nos promete cada político, o en cuántos agravios puede cada cual recriminar.

Mas ni siquiera los amantes de los datos deberían desechar este asunto como insignificante: un reciente estudio de la Universidad de Michigan ha revelado que la gente que da un sentido a su vida suele gozar a la vez de tasas de mortalidad menores. Especialmente se reducen tus probabilidades de morir por problemas circulatorios o cardíacos. Además, tu salud mental o física también es mejor cuanto más significado atribuyas a tus días: cosas tan diferentes como la depresión, la diabetes, el insomnio o los derrames cerebrales son menos frecuentes cuanto más sentido le veas a esto de estar vivo.

Ahora bien, aunque los datos nos muestren lo mucho que conviene darle un sentido a tu vida, son incapaces de proporcionarnos este. Nadie ha encontrado una respuesta a por qué estar vivo contemplando un eje de abscisas. O comparando dos porcentajes. El motivo es sencillo: pensar que la vida tiene sentido es ser capaz de contarte una historia interesante sobre ella; es capaz de decirte a ti mismo quién eres, qué has de hacer y para qué. No lo lograrás si te limitas a sumar y restar cifras. Parece mejor idea aprender de las grandes narraciones (de la literatura, la filosofía, pero también la Biblia o las fábulas populares) y desde ellas empezar a construir tu propia aventura. Son esos relatos sobre los que reflexiona la obra de Jordan Peterson. Y por ello yerra quien añora en esta más estudios de laboratorio y menos referencias a palabras (¡palabrotas!) como “Ser” o “Dios”; palabras que tantas cosas nos permiten narrar.

Con todo, hay un dato (este sí) que creo que nos ha marcado a muchos de los lectores de Peterson. Aparece en el capítulo segundo de sus 12 reglas. Resulta que, de cada cien personas a las que se receta un medicamento, nada menos que un tercio ni siquiera llegará a comprarlo, y otro tercio no seguirá las instrucciones para tomarlo como debiera. Ahora bien, si el veterinario nos propone un fármaco para nuestra mascota, la tasa de cumplimiento de su recomendación es muchísimo mayor. ¿Cómo es esto posible? ¿Los humanos quieren más a su caniche, a su periquito o a su lagarto que a sí mismos? Pero, como razona Jordan Peterson, incluso de ser cierto que te importe más tu animalito, ¿no le harías un gran favor permaneciendo vivo porque también tú te hayas tomado tu medicación?

Paradojas como esta necesitan explicarse y conectan con lo que veníamos diciendo: acaso la gente no se quiera lo suficiente a sí misma porque tampoco le ve demasiado sentido a hacerlo. Son muchas las historias que desde antiguo nos lo advierten. Pero quizá baste a veces mirar en derredor nuestro: piense el lector, ¿no le sorprende lo poco que se quieren las personas que le circundan? ¿Lo mucho que se humillan por conseguir nimiedades? ¿Lo meticulosamente mal que eligen sus compañías? ¿Lo tremendamente estúpidas que resultan cuando tienen que tomar alguna decisión?

Ahora bien, si alguien no se aprecia demasiado a sí mismo es porque se cuenta historias más bien feúchas sobre quién es. Y también porque otros se las cuentan. Si aceptas que te vean solo como un contribuyente, o como un potencial votante, que te traten solo como un comprador posible, o como una ovejita que debe trabajar hacendosa en pro del rebaño y en nombre de la solidaridad, no me extraña que no le veas demasiado sentido a esa tu vida que arrastras. ¿Quién se lo podría ver?

Jordan Peterson, como los grandes sabios del pasado, sabe que poco puedes hacer si no empiezas a contarte relatos muy diferentes sobre quién eres. Y en este libro empieza a relatártelos. Naturalmente, a quien solo te ve como contribuyente, como votante, como comprador o como solidario, le sentará muy mal que empieces a plantearte que quizá seas otra cosa. Y tendrá miedo de Peterson, y tratará de insuflártelo. Pero recuerda que, por otro lado, incluso a tu caniche le conviene que empieces a quererte un poquitín más.

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