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Renuncias

Rufián ya sólo habla para que salga alguien a centrarlo de un soplido

Foto: Emilio Naranjo | EFE

Rufián dice que él no renuncia a Machado. Da un poco de vergüenza preguntar y hasta preguntarse qué querrá decir, porque en realidad el problema del “bullshit” es que no significa nada pero se entiende muy bien. Lo único que queda es la esperanza de que explicarlo suponga desmontarlo.

Rufián no renuncia a Machado. Bien está. Pero, ¿cómo podría? ¿a qué podría renunciar Rufián? ¿Podría acaso devolver sus huesos? ¿Tirar sus libros? ¿Podría de verdad renunciar a leerlo? ¿A citarlo incluso? ¿A usar su nombre cada vez que le parece que le conviene jurar amor eterno a la siempre otra de las dos españas? Porque lo que está claro es que Rufián no renuncia a servirse de su nombre cuando considere que eso le hará quedar bien con los unos y mal con los otros, que es ya a lo único que parece aspirar.

Rufián ya sólo habla para quedar bien con los socialistas y, sobre todo, para molestar a los pocos autoproclamados nacionalistas catalanes (a los que invoca siempre que puede e incluso cuando no y “con todo el respeto al espacio convergente”) para situar a su partido en el centro del republicanismo razonable, dialogante, abierto, moderno, integrador y todos esas cosas de izquierdas, que es el espacio desde el que ya se cuecen las alianzas del postprocés.

Rufián ya sólo habla para que salga alguien a centrarlo de un soplido. Y no sé por qué será que cada vez que él y su partido intentan presumir de su no nacionalismo les sale algo como muy patrimonial y como muy parecido a lo que en otros sería un nacionalismo, por supuesto muy banal, pero por supuesto muy español. Le pasa ahora a Rufián, que no renuncia a Machado para apropiarse de él. Le pasó a Erc hará nada, un par o tres de meses o un par o tres de legislaturas, cuando le tocó presidir la comisión encargada de la Marca españa y se explicó llamando a “dejar de lado los distintos nacionalismos” (en defensa de España).

Y esto es exactamente lo mismo que hacen ahora sus líderes, sus militantes y sus tertulianos para facilitar la investidura de Sánchez en nombre de la gobernabilidad de España. Lo hacen, los muy sediciosos, con un lenguaje retorcido y torticiero y con una consulta en la que piden votar que “sí”, que es que “no”, si no es que. Una consulta, en fin, en la que se exige a los militantes el permiso para hacer lo que les convenga en cada momento. Y que sólo se admite y que sólo puede ganarse a la búlgara por saber que, en realidad, Erc es el único partido catalán que piensa en el mañana y que cree, con razón, que en la renuncia tiene mucho que ganar.

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