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Salvar al niño andaluz

"Así malvive el niño de familia andaluza en las escuelas catalanas. Discriminado en el aula y en el patio. Reprimiendo sus enraizadas pulsiones"

Foto: Kimberly Farmer | Unsplash

Encerrados en barracones escuchando Els Segadors a todo trapo. Obligados a bailar sardanas durante el recreo, con una barretina encasquetada como si fuera el sucio pasamontañas de un prófugo. Caligrafiando lazos amarillos en papel reciclado durante horas mientras el resto de compañeros de clase aprenden inglés, matemáticas y tecnología. Condenados a recitar una y otra vez la poesía del rojo separatista Verdaguer como si estuvieran en una madrasa con aluminosis y el maestro de turno les forzase a estampar su tierno careto contra la madera del pupitre (protegido, eso sí, no por el Corán sino por L’Atlàntida). Así malvive el niño de familia andaluza en las escuelas catalanas. Discriminado en el aula y en el patio. Reprimiendo sus enraizadas pulsiones. Con la boca sellada con cinta adhesiva por si se atreviese a entonar Malamente. Castrado y violentado.

El plan, pérfido, está perfectamente trazado desde hace décadas: se trata de extirparle la identidad de origen al niño andaluz y para lograrlo se han utilizado toda clase de métodos drásticos. Un par de ejemplos: si se atreviese a comer mojama, se le daría un golpe de fuet donde no quedasen señales. Si hablase entre clase y clase con los compañeros para citarse por la noche en la Feria de Abril del Fòrum, de inmediato se le expulsaría una semana del colegio. Todo ha sido premeditado. No lo duden. Lo he visto. El nombre del plan, tramado por nacionalistas saboteadores, es conocido: inmersión lingüística. Todos los alumnos formados en el régimen de la inmersión, todos, no saben ni papa de castellano. El bilingüismo es mentira. Soy un ejemplo de ello. Lo que leen ha pasado por el Google Translate y no hemos encontrado equivalencia para la palabra fuet.

Pero por suerte, tras décadas de tanta rebelde violencia simbólica (cuyo único propósito ha sido una catalanización deshumanizadora), se ha puesto en marcha otro plan cuyo objetivo es sin duda heroico. Mejor dicho, épico. El martes el Consejo de Gobierno de la Junta inició los trámites para modificar las bases reguladoras de las subvenciones que se conceden a “comunidades andaluzas” que viven en “territorios de acogida”. El objetivo está claro: se pretende “sentar las bases necesarias para paliar los problemas que originan en los descendientes de los miembros de estas comunidades los procesos de inmersión lingüística, y que pudieran incidir en un abandono paulatino de sus raíces culturales y lingüísticas”. De entrada dicho cambio no formaba parte de las medidas del nuevo gobierno –el gobierno del gran cambio– pero cuando el junio pasado el seny de Vox amagó con boicotear los presupuestos pudo, por suerte, colar este principio fundamental del movimiento que es garantía inmediata de progreso colectivo.

Está escrito. Está pactado. Y es de agradecer que al fin las autoridades públicas, en lugar de pensar en tristes  problemas cotidianos y administrativos (qué sé yo, el fracaso escolar o la segregación escolar), afronten en serio los retos con los que solo se atreven los grandes estadistas. Este es uno: los descendientes no pueden abandonar sus raíces. Debemos preservar lo nuestro. Porque lo nuestro no es lo catalán ni el catalán. Destinemos una partida presupuestaria a la batalla. No hay tiempo que perder. Nada más urgente. La ofensiva está en marcha. Ha llegado la hora de reconquistar lo esencial. Salvar al niño andaluz.

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