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Mitos sobre alcohol: seis leyendas sobre sus beneficios que son totalmente mentira

Los remedios de la abuela y las falsas creencias topan de frente con las demostraciones científicas sobre este consumo

Mitos sobre alcohol: seis leyendas sobre sus beneficios que son totalmente mentira

Un hombre sujeta dos botellas de cerveza. | Freepik

Son muchos los mitos, medias verdades y más de una falacia las que han puesto, en ocasiones, al alcohol como un producto que incluso puede resultar beneficioso para la salud. No hablamos ya de otros mitos —que se deben coger con muchas pinzas— de una hipotética virtud cardiosaludable para el vino tinto o de la capacidad rehidratadora de la cerveza, sino de leyendas urbanas, creencias y ciertas teorías, algunas descabelladas, que sostienen que el alcohol puede tener beneficios.

Partiendo de la base de que el único consumo 100% seguro de alcohol es el no consumo, hay pequeños vericuetos que tienden a infravalorar el alcohol como una droga. No por socialmente aceptada deja de serlo, aún con un acervo cultural que se empeñe en relativizar sus efectos a corto, medio y largo plazo para la salud. Razón por la que conviene desenmascarar ciertos mitos que además se apoyan en hipotéticas virtudes medicinales o saludables que, como veremos, son del todo falsos.

No importa el tipo de alcohol, aunque sus caminos sean muy dispares, pues no existen beneficios comprobados que puedan suponer justificado su consumo al estar ingiriendo un tóxico. Ya sean fermentados como la sidra, la cerveza o el vino, o destilados como es el caso de los licores, los espirituosos y otras bebidas de alta graduación como cognac, whisky, ron, ginebra, tequila o vodka, cualquiera de los ejemplos será pernicioso para nuestra salud.

Remedios caseros, algunos con el toque de la abuela, sirvieron para relativizar una realidad que no estaba comprobada científicamente y que a través de un empirismo mal entendido justificaba su consumo como medicina. Nunca fue así, por más que pudiera haber pequeños traguitos de coñac para curar dolores de muelas o tragos de quina para aumentar el apetito.

La triste realidad es que, además de estar asociado generalmente a momentos de ocio y esparcimiento, el alcohol es con diferencia la sustancia psicoactiva más consumida de nuestro país y es nada menos que un 13% de la población la que reconoce consumirlo a diario (solo por detrás de Portugal), según una encuesta de Eurostat.

A ello debe añadirse la colección de enfermedades y patologías que están a su consumo vinculados, incluso en dosis bajas (teniendo en cuenta que es el séptimo factor de mortalidad a nivel mundial) como explican desde la Sociedad Española de Medicina Interna, donde citan enfermedades como «cirrosis hepática, la demencia y deterioro cognitivo, la pancreatitis, el cáncer de mama en mujeres…» y la clara relación de riesgo frente al beneficio que de su consumo se deriva.

Mitos sobre el alcohol: seis leyendas que son mentira

Pensar que el alcohol nos ayuda a tener mejores relaciones sexuales; que facilita las digestiones y otras falsas creencias como que nos permite dormir mejor o incluso que nos hace entrar en calor son una pequeña parte de ese iceberg de mentiras que supone atribuirle ventajas para la salud.

Por desgracia, estos mitos enquistado en un ideario social, supone obviar que su consumo está asociado a mayores riesgos de desarrollar determinados cánceres, amén de todo ese carrusel de enfermedades que se vinculan a su ingesta y que van desde las más pequeñas dosis hasta riesgos extremos como el del alcoholismo.

El alcohol mejora las relaciones sexuales

No se debe confundir la desinhibición y un cierto grado de euforia que pueden suceder en las primeras etapas de la ingesta con el desempeño sexual. Sí es cierto que lo primero aparece, pero surge por la acción neurodepresora que el alcohol promueve, alterando la eficiencia de la conducción neuronal e inhibiendo las transmisiones sinápticas.

La realidad, más allá de ese puntillo de gallardía o valentía, hay un muro que topa frontalmente con la salud sexual y es que su consumo se vincula a problemas como eyaculación precoz, disfunción eréctil o los temidos gatillazos. La realidad es que al inhibir el funcionamiento del sistema nervioso central, se disminuye la excitación y, por tanto, la respuesta sexual ante la estimulación. Todo ello acompañado del carácter vasoconstrictor del alcohol (después de una breve vasodilatación previa), es decir, los vasos sanguíneos se estrechan. Razón por la que en los hombres su consumo empeora la calidad de las erecciones.

El alcohol es digestivo

Una mujer se queja de dolor de estómago.
La gastritis es una de las patologías más comunes tras el consumo de alcohol. ©Freepik.

El típico chupito después de comer es otro de los mitos más extendidos y, como es lógico, vuelve a ser falso. Su argumentario se basa, generalmente, en el uso de ciertas hierbas de carácter medicinal o digestivo que suele formar parte de estas formulaciones, pero la realidad es que la cantidad es tan baja y está tan diluida que es imposible que sean beneficiosas para la salud. Más aún cuando comprobamos que las bebidas que se suelen consumir con esta finalidad son las que tienen más graduación alcohólica, incluyendo licores y espirituosas de toda índole.

Lo tristemente cierto es que el consumo de alcohol tiende a la gastritis, una inflamación del revestimiento del tejido estomacal que además se asocia a menudo con otros problemas del sistema digestivo como el hígado graso, el reflujo gastroesofágico, el ardor estomacal (la temida acidez) o incluso las úlceras de estómago, razones que desaconsejan esta práctica.

El alcohol ayuda a dormir

Un hombre maduro permanece insomne en la cama.
El consumo de bebidas alcohólicas puede provocar insomnio y un mal descanso. ©Freepik.

De nuevo una media verdad, muy instaurada, que intenta refrendar posibles virtudes hipnóticas del alcohol y, como es habitual en este recopilatorio, otra falsedad. Si bien es cierto que , sobre todo en un consumo elevado, actúa como iniciador del sueño, consecuencia de un estado de pérdida de consciencia y de un incremento de la potencia de las ondas delta. Éstas, relacionadas con las fases más profundas del sueño, suponen esa sensación de somnolencia desmedida.

Sin embargo, realmente no ayuda a dormir o no ayuda a dormir bien o a conseguir un buen descanso, para ser más exactos. Lo que sucede, de nuevo tras analizar un estudio de la revista Alcoholism: Clinical & Experimental Research, es que también hay un aumento de la actividad alfa frontal, lo cual explica perturbaciones en el sueño, muy frecuentes por ejemplo en las personas que padecen insomnio. Por estos motivos, el alcohol genera un sueño fragmentado y poco reparador, aún suponiendo un inicio relativamente fácil del proceso de dormir.

El alcohol nos hace entrar en calor

Varias personas brindan con vasos con alcohol
No solo no hace entrar en calor, sino que aumenta el riesgo de hipotermia. ©Freepik.

Otra de esas creencias que, con una ligera base real, supone un error bastante grave a la hora de tomarlo y, sobre todo, de intentar recuperar a personas en estado de embriaguez. Sí, es cierto que el alcohol templa, pero solo lo hace de manera inicial porque se produce una vasodilatación periférica que lo que realmente posibilita es que el calor corporal se escape.

Por esa misma razón, lo menos indicado cuando una persona está borracha o en un estado de seminconsciencia es mojarla con agua fría o intentar ducharla con la intención de que se despierte. Esto lo único que provocará será bajar más la temperatura corporal y aumentará el riesgo de sufrir una hipotermia.

El alcohol nos rehidrata

Seguro que habéis visto a más de uno y dos corredores o ciclistas de fin de semana brindando con una cerveza después de una salida en bici o de una carrera, justificando las propiedades hidratantes de la cerveza. Pues bien, nada más lejos de la realidad: el alcohol no sirve para hidratarnos, sino que genera el efecto contrario.

Cuando lo ingerimos, del tipo que sea, mandamos un mensaje al cerebro que inhibe la secreción pituitaria de la hormona antidiurética (ADH), que actúa sobre el riñón, y que realmente supone convertirlo en un diurético. Razón por la que también es muy habitual que vayamos mucho al baño una vez que comenzamos a tomarlo. Además, como es lógico, su propia toxicidad y la ausencia de sales minerales e iones, claves en la recuperación del esfuerzo físico, tampoco van a tener ninguna ventaja en su consumo.

Una botella de cerveza servida en una jarra.
Ningún consumo de bebidas alcohólicas es hidratante o nutricionalmente relevante. ©Freepik.

El alcohol no engorda

No es que no engorde, es que de hecho lo que sucede con él es que solo aporta calorías vacías. Este término supone comprobar que cualquier tipo de bebida alcohólica (si, incluso vino, cerveza o sidra, que son fermentados a través de ciertos azúcares) no supone beneficios nutricionales y realmente sí añade calorías.

Aunque tengan una mínima cantidad de hidratos de carbono las tres opciones comentadas, no constituyen un alimento como tal. Además, es evidente que cuánto más alcohol tenga una bebida, más calorías va a suponer (unas siete calorías por cada gramo de alcohol), lo que trasladado a ciertos consumos cotidianos supondría 150 calorías por un tercio de cerveza o 100 calorías por una copa de vino.

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