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Cristina Martínez, psicóloga, sobre qué nos quita la felicidad: «Anticiparnos y ser pesimistas nos roba la paz del presente»

La especialista considera que ser pesimista no ahorra disgustos, sino que los multiplica

Cristina Martínez, psicóloga, sobre qué nos quita la felicidad: «Anticiparnos y ser pesimistas nos roba la paz del presente»

La psicóloga Cristina Martínez. | ©Cristina Martínez.

Creemos, a menudo, que anticiparse a los problemas es sinónimo de prudencia. La lógica parece sólida: si uno se prepara para lo peor, la realidad nunca podrá sorprenderle con la guardia baja. Sin embargo, hay voces en la psicología que cuestionan esa ecuación y señalan que, lejos de protegernos, esa actitud puede convertirse en una trampa. Cristina Martínez, psicóloga con una nutrida comunidad en redes sociales, ha compartido en su cuenta de Instagram @dra.cristinamartinez una reflexión que ha resonado entre miles de seguidores. Su mensaje es claro: vivir instalados en el pesimismo preventivo no nos protege, sino que nos roba la felicidad y la paz del presente.

Eso no significa, aclara la experta, que debamos renunciar a planificar o a tomar precauciones. La diferencia reside en el cómo. Prepararse desde la serenidad y la confianza en las propias capacidades es muy distinto a proyectarse mentalmente en escenarios catastrofistas que, además, con frecuencia nunca llegan a materializarse. Esa distinción, aparentemente sutil, tiene consecuencias profundas tanto en el bienestar emocional como en la salud física, y entenderla puede cambiar la forma en que nos relacionamos con el futuro.

Anticiparse, el enemigo de la felicidad del presente

El ser humano es la única especie capaz de sufrir por algo que todavía no ha ocurrido. Esa habilidad cognitiva, que en su origen evolutivo sirvió para anticipar peligros reales, se ha vuelto contra nosotros en un mundo donde las amenazas ya no son fieras ni hambrunas, sino plazos, conversaciones pendientes o decisiones inciertas. Martínez advierte de que cuando nos anticipamos sistemáticamente a lo peor, generamos una angustia vital que se instala de forma crónica. El organismo no descansa, la mente no descansa, y la felicidad queda suspendida en una promesa que siempre se aplaza. Así, el presente —único espacio donde la vida ocurre de verdad— se convierte en un mero tránsito hacia un futuro que tememos.

Esa angustia anticipatoria no es inocua. Interfiere en la concentración, deteriora el sueño y merma la capacidad para disfrutar de los momentos cotidianos. Uno deja de saborear un café por la mañana, o de reírse con quien tiene al lado, porque la mente ya está a horas o días de distancia. La psicóloga subraya que esa desconexión del presente es, en sí misma, una forma de infelicidad silenciosa que muchas personas ni siquiera identifican como tal. Reconocerla es el primer paso para recuperar la paz.

El pesimismo no es un aliado

Martínez es rotunda al respecto: «Ser pesimista no te ahorra disgustos. De hecho, los multiplica por tres». La explicación tiene base neurocientífica. El cerebro, tal como describe la psicóloga, «no distingue entre lo que te imaginas y lo que vives», de modo que cuando uno construye mentalmente un escenario negativo, el cuerpo reacciona como si ese escenario fuera real. Se libera cortisol, el corazón acelera su ritmo y el sistema nervioso activa las alertas de emergencia. El resultado es que el organismo paga un precio fisiológico por situaciones que puede que nunca se produzcan. Esa reactividad repetida y sostenida es terreno fértil para la ansiedad crónica. Algo de lo que alertan también psiquiatras como Marian Rojas.

De ahí la idea de la triple condena que plantea Martínez: «El pesimista sufre tres veces: antes de que ocurra, mientras está ocurriendo y después de que ocurra». Antes, por la anticipación ansiosa. Durante, porque la carga emocional previa impide afrontar los hechos con claridad. Y después, porque el relato que uno se construye sobre lo sucedido tiende a ser más oscuro de lo que los hechos justifican.

Frente a ese ciclo, la psicóloga propone la actitud del optimista, no como ingenuidad, sino como confianza real en la propia capacidad de respuesta: «El optimista confía en que, pase lo que pase, sabrá cómo afrontarlo», escribe. Esa convicción, además, genera calma, flexibilidad mental y claridad para actuar, tres recursos que el pesimismo sistémico destruye. Algo de lo que hemos alertado en THE OBJECTIVE.

Los problemas de permanecer en el pasado o de fiarlo al porvenir

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Retroalimentarse con pensamientos pesimistas puede complicar la forma en la que vemos el presente y el futuro. ©Freepik.

Junto a la trampa de anticiparse, existe otra forma de exiliarse del presente que los psicólogos identifican como igualmente dañina: idealizar el pasado. Hay personas que construyen su identidad emocional sobre la convicción de que los mejores años ya pasaron, que la felicidad fue posible en otro momento pero que hoy, por razones diversas, resulta inalcanzable. Ese relato bloquea la capacidad de encontrar satisfacción en el aquí y el ahora, porque cualquier experiencia presente se mide contra un paraíso recordado que, con el tiempo y la distancia, se ha vuelto más luminoso de lo que en realidad fue.

Pero quizá la variante más extendida sea la opuesta: fiar la felicidad y la paz al futuro. «Seré feliz cuando consiga el trabajo, cuando lleguen las vacaciones, cuando termine esto». El psicólogo Rafael Santandreu ha alertado en repetidas ocasiones de que ese aplazamiento perpetuo del bienestar es una ilusión que mantiene a las personas en un estado de espera permanente, incapaces de reconocer el valor de lo que tienen frente a ellas. La felicidad, insisten quienes estudian el bienestar psicológico, no es un destino al que se llega, sino una práctica que se cultiva en el único tiempo que existe: el presente. Ni el pasado que no vuelve ni el futuro que aún no ha llegado pueden darnos lo que solo el momento actual tiene la capacidad de ofrecer.

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