Luis Miguel Real, psicólogo, alerta del riesgo para la felicidad de la autoestima baja: «Esa persona no está eligiendo no quererse»
Uno de los problemas más recurrentes en esta situación es la relativización bienintencionada de quienes intentan ayudar

Autoestima baja
Puede resultar paradójico que algo tan íntimo como la autoestima sea, a la vez, tan complicado y tan controvertido. La salud mental depende en gran medida de cómo nos percibimos a nosotros mismos, y sin embargo ese proceso raramente es lineal ni sencillo. Más desconcertante aún resulta comprobar que una persona puede estar rodeada de afecto, tener una vida aparentemente plena y aun así sentirse profundamente insatisfecha consigo misma. Lo que desde fuera parece contradictorio tiene, en realidad, una lógica emocional propia que merece ser entendida, no juzgada.
Es precisamente esa lógica la que explora el psicólogo Luis Miguel Real en su cuenta de Instagram, donde aborda con regularidad los problemas derivados de una autoestima baja: qué los provoca, cómo se manifiestan y, sobre todo, qué se debe —y qué no se debe— hacer cuando alguien cercano los sufre. Sus reflexiones, directas y alejadas del lenguaje clínico más hermético, conectan con miles de personas que reconocen en sus palabras experiencias propias o ajenas. Porque la felicidad, sostiene Real, está más relacionada con la percepción que tenemos de nosotros mismos de lo que solemos admitir.
El problema del ‘auto’: cuando quererse a uno mismo es un problema
La autoestima baja no distingue entre vidas afortunadas y vidas difíciles. Una persona puede tener trabajo estable, relaciones sanas y reconocimiento social, y aun así arrastrar una imagen de sí misma profundamente negativa. Esto desconcierta a quienes la rodean, que no logran entender de dónde surge ese malestar ni qué lo sostiene. Sin embargo, la autoestima se construye a partir de experiencias subjetivas —mensajes recibidos en la infancia, comparaciones tempranas, heridas emocionales no resueltas— que no siempre son visibles desde fuera. Por eso resulta tan difícil señalar una causa clara, y por eso tampoco es útil buscar razones obvias en la vida exterior de esa persona.

Cuando alguien nos parece una persona afortunada, tendemos a asumir que debería sentirse bien consigo misma. Pero esa asunción olvida que el bienestar emocional no es proporcional a los logros externos. Hay quien tiene mucho y se siente poco, y esa distancia entre lo que se tiene y lo que se siente genera una culpa añadida que agrava el problema. Comparar a alguien con su propia suerte —«pero si lo tienes todo»— no solo no ayuda, sino que implica un juicio implícito sobre su capacidad para valorar lo bueno. Y ese juicio, lejos de aliviar, suele hundir un poco más. Algo que explicaba el especialista en su cuenta de Instagram @luismiguelreal.psicologo.
La clave está en aceptar que puede haber dimensiones de la vida de una persona que no comprendemos, incomodidades que no vemos, exigencias internas que desconocemos. Quizá algo en su historia personal —una relación pasada, una dinámica familiar, un fracaso que nunca elaboró del todo— sigue operando en silencio y moldeando su autoimagen. Frente a esa complejidad, la comparación con otros o con uno mismo resulta no solo inútil, sino contraproducente. La autoestima, igual que cualquier otra dimensión de la salud mental, merece ser tratada con la misma seriedad que un problema físico, aunque no se pueda ver desde fuera.
Afrontar el qué dirán
Uno de los obstáculos más frecuentes cuando alguien tiene la autoestima baja no viene de dentro, sino de fuera: la relativización bienintencionada de quienes intentan ayudar. Frases como «no te preocupes», «tienes que quererte más» o «eso no es para tanto» se pronuncian con afecto, pero en la práctica generan el efecto contrario al deseado. Transmiten la idea de que el problema es sencillo, de que bastaría con tomar una decisión o cambiar el chip para superarlo. Y cuando esa solución no funciona —porque nunca funciona— la persona afectada siente que el fallo está en ella, no en el consejo. O «miedo a no ser suficiente» como también explicaba la psicóloga Patricia Ramírez.
Saber medir las palabras
Luis Miguel Real lo ilustra con una analogía contundente. Según el psicólogo, «decirle a alguien con baja autoestima que ‘tiene que quererse para ser querida’ es como decirle a alguien con hambre que ‘debería comer para no tener hambre’». La obviedad del consejo no lo hace menos cruel. A una persona que no logra quererse no le falta voluntad, le falta algo mucho más profundo que no se resuelve con buenas palabras. Real insiste en que «cuando una persona tiene baja autoestima, no es que esté eligiendo no quererse». Más bien, explica, se trata de «un estado emocional profundo que, muchas veces, ni siquiera se percibe de forma consciente». Reducirlo a una cuestión de actitud, por tanto, no solo es inexacto, sino también injusto. Algo de lo que hemos hablado a menudo en THE OBJECTIVE.
Lo más paradójico, señala el psicólogo, es que esa presión añadida —la de «quererse más» como receta universal— termina agravando el problema. Porque ahora la persona no solo lidia con su falta de autoestima, sino que además se siente responsable de las consecuencias que supuestamente se derivan de ella. Si nadie la quiere, dice esa lógica perversa, es culpa suya. Si se siente sola, también. Esta espiral de culpa y malestar no tiene nada que ver con la felicidad que prometía el consejo original. Por desgracia, sí, y mucho con la incomprensión del funcionamiento real de la salud emocional. Por eso también, fortalecer nuestra autoestima, pasa, como dice Mario Alonso Puig por «rodearte de quien te valora».
Cómo ayudar a una persona con autoestima baja

Entonces, ¿qué se puede decir —y hacer— cuando alguien cercano atraviesa este tipo de dificultades? Real propone sustituir los mensajes de presión por otros que reconozcan la dificultad sin amplificarla. En lugar del clásico «quiérete más», sugiere algo como «es difícil quererse a una misma, pero no estás sola; podemos aprender a valorarnos poco a poco y, mientras tanto, acepta el cariño que los demás te ofrecen». La diferencia entre ambos mensajes es enorme. Uno exige un resultado inmediato que la persona no puede alcanzar sola, mientras que el otro ofrece acompañamiento y reconoce que el proceso lleva tiempo. Validar la experiencia del otro, sin minimizarla ni dramatizarla, es ya una forma poderosa de ayudar. Nunca está de más, tampoco, comprobar los tres pilares clave para aumentar la autoestima, según Marian Rojas.
Más allá de las palabras, el psicólogo subraya la importancia de no confundir recibir cariño con sentirlo propio. Una persona con autoestima baja puede ser muy querida por su entorno y, sin embargo, tener dificultades reales para interiorizar ese afecto: puede verlo como algo inmerecido, temporal o incluso falso. No es que nadie la quiera; es que su filtro interno distorsiona la señal. Por eso acompañar a alguien en este proceso exige paciencia y consistencia, no solo buenas intenciones puntuales. Y por eso, en muchos casos, el apoyo profesional de un psicólogo resulta no solo recomendable, sino necesario para trabajar la autoestima desde sus raíces.
