The Objective
Lifestyle

Gilles Deleuze, filósofo, ya lo advirtió en 1987: «La verdadera felicidad es crear. El consumo solo da placeres, no alegría»

Es precisamente esa creación continua la que nos permite vivir con intensidad, imaginación y libertad

Gilles Deleuze, filósofo, ya lo advirtió en 1987: «La verdadera felicidad es crear. El consumo solo da placeres, no alegría»

Gilles Deleuze | Redes sociales

Gilles Deleuze, junto con Félix Guattari, revolucionó la manera de pensar el deseo y la creatividad en el contexto de una sociedad profundamente marcada por el consumo. En su obra El Antiedipo (1972), ambos filósofos rompieron con la idea tradicional psicoanalítica de que el deseo es una falta, un vacío que necesita ser llenado. Por el contrario, propusieron que el deseo no es carencia sino fuerza productiva, una energía capaz de generar realidades, conexiones y mundos nuevos. En otras palabras, nuestra capacidad de desear auténticamente no consiste en acumular objetos o estatus, sino en crear, transformar y afirmar nuestra existencia en formas que escapan a la lógica mercantil.

El capitalismo moderno, según Deleuze, ha pervertido esta fuerza natural. Nos ha enseñado que somos consumidores, que el deseo se satisface adquiriendo lo último en tecnología, moda, viajes o experiencias pensando que eso nos hará felices, cuando ocurre todo lo contrario.

El caminos hacia la verdadera felicidad

En línea con esta idea, la psiquiatra Marian Rojas Estapé subraya que las gratificaciones instantáneas que esta sociedad nos ofrece continuamente, como comprar compulsivamente, comer sin medida o pasar horas en redes sociales haciendo scroll, ofrecen un placer fugaz que no se traduce en bienestar duradero. Actividades como hacer deporte, leer o cultivar relaciones significativas generan una satisfacción más profunda y sostenida, y son precisamente estas prácticas las que fortalecen nuestra salud mental y emocional a largo plazo.

Este enfoque nos convierte en meros receptores pasivos, atrapados en un ciclo interminable de adquisición y obsolescencia, y nos aleja de lo que realmente nos podría producir alegría y bienestar sostenido. La confusión es deliberada: al asociar el deseo con la falta, el sistema consigue que busquemos constantemente fuera de nosotros mismos aquello que ya poseemos en potencia, nuestra capacidad creadora.

Marian Rojas advierte que perseguir únicamente placeres cortoplacistas puede dejarnos insatisfechos, ansiosos y con la sensación de vacío, mientras que invertir tiempo y energía en actividades que desarrollan nuestras capacidades y fomentan el crecimiento personal nos acerca a una felicidad auténtica. Y es que la verdadera felicidad, como advertía Deleuze ya hace tiempo, no reside en el consumo sino en la creación, en el acto de transformar, de generar algo propio y genuino.

Esta perspectiva se materializa en su afirmación más contundente sobre el acto de creación, pronunciada en 1987 durante la conferencia titulada ¿Qué es el acto de creación? Allí, Deleuze resumió su pensamiento en la máxima: «Crear es resistir». Esta frase, más allá de su aparente sencillez, condensa una crítica radical a la sociedad contemporánea y al papel que asigna a sus individuos.

Crear no es solo un gesto estético o intelectual; es un acto de autonomía frente a los mandatos de un mundo que nos quiere conformes, predecibles y dependientes de la mercancía. Resistir significa afirmarse, desplegar la energía del deseo hacia la construcción de realidades propias en vez de conformarse con consumir realidades ya hechas.

La conexión entre El Antiedipo y la conferencia de 1987 es clara. En ambos momentos, Deleuze propone un desplazamiento fundamental: del consumo a la creación, de la pasividad a la afirmación. Mientras que el consumismo nos mantiene en un estado de ansiedad permanente por lo que nos falta, la creación nos sitúa en un flujo continuo de experimentación y producción. Esta es una forma de resistencia: crear implica desafiar las estructuras que nos reducen a meros usuarios de objetos y experiencias, y retomar el control sobre la fuerza vital que habita en nosotros. Cada proyecto, cada obra, cada idea original se convierte en un acto de liberación, un testimonio de que el deseo es algo más que un anhelo de llenar vacíos: es la energía que construye mundos posibles.

Publicidad