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Erich Fromm, filósofo y psicoanalista, ya lo advirtió en 1956: «La felicidad no es un estado de reposo, sino de actividad interna»

El bienestar exige compromiso constante, lo que la convierte en un proceso vital que conecta la mente, el corazón y la acción

Erich Fromm, filósofo y psicoanalista, ya lo advirtió en 1956: «La felicidad no es un estado de reposo, sino de actividad interna»

Felicidad | Canva pro

Erich Fromm, filósofo, sociólogo y psicoanalista alemán, ya alertaba en 1956 sobre la naturaleza dinámica de la felicidad, destacando que no se trata de un estado de reposo, sino de actividad interna. Esta reflexión, plasmada en su obra El arte de amar, publicada ese mismo año, sigue siendo hoy una referencia esencial para comprender cómo la psicología y la filosofía convergen en la búsqueda de una vida plena.

Desde su perspectiva, la felicidad no se obtiene mediante la mera acumulación de placeres o la pasividad, sino a través de la capacidad del individuo de comprometerse con su propio desarrollo emocional, social e intelectual. Fromm partía de la premisa de que la sociedad moderna, marcada por la competitividad y la mercantilización de las relaciones humanas, tiende a generar individuos pasivos, enfocados en la posesión de bienes o el éxito superficial.

En este contexto, el autor diferenciaba entre lo que él denominaba «tener» y «ser». El modo de «tener» está vinculado al consumo, a la acumulación y a la dependencia de estímulos externos para sentirse completo, mientras que el modo de «ser» implica una inversión constante en la creatividad, el aprendizaje, el amor y la autotransformación. La verdadera felicidad, según Fromm, emerge de este segundo modo, porque requiere acción consciente, responsabilidad personal y participación activa en la propia vida.

El arte de amar

La actividad interna como motor de la felicidad

El concepto de actividad interna que plantea Fromm no se limita a la ocupación externa o al esfuerzo físico, sino a un compromiso profundo con el desarrollo del ser. Esto incluye la autoobservación, la reflexión crítica y la apertura al cambio. En este sentido, la felicidad se asemeja más a un proceso que a un destino: es un estado que se cultiva a través de prácticas que nutren la mente y el espíritu, como la empatía, la creatividad y el aprendizaje continuo. La pasividad, en cambio, conduce a un vacío emocional que, aunque pueda disfrazarse con placer momentáneo, no produce satisfacción duradera.

Los planteamientos de Fromm se vinculan también con la psicología humanista, especialmente con teorías posteriores de Abraham Maslow y Carl Rogers, quienes sostuvieron que la autorrealización y la congruencia personal son esenciales para el bienestar emocional. En este sentido, Fromm anticipa la idea de que la felicidad auténtica requiere compromiso activo: no basta con experimentar emociones agradables, sino que es necesario cultivar habilidades internas que permitan relacionarse de manera plena con uno mismo y con los demás. La actividad interna, entonces, no es un lujo intelectual, sino una necesidad vital para resistir la alienación que caracteriza a sociedades centradas en el consumo y la superficialidad.

Más allá de los factores externos

Además, Fromm advierte que la felicidad no puede depender exclusivamente de factores externos. La dependencia de recompensas materiales, reconocimiento social o placeres efímeros crea una ilusión de satisfacción que se desvanece rápidamente. La auténtica felicidad, en cambio, se construye desde dentro, mediante la capacidad de amar de manera madura, de comprometerse con valores significativos y de asumir responsabilidad por las propias decisiones. Este enfoque implica también un equilibrio entre libertad y disciplina: libertad para explorar y crear, disciplina para mantener la constancia en el desarrollo personal.

En la práctica, los principios de Fromm pueden observarse en diversas corrientes contemporáneas de psicología positiva, mindfulness y desarrollo personal, que enfatizan la importancia de la atención consciente, la resiliencia emocional y la autoeficacia. La premisa central es la misma: la felicidad requiere acción deliberada, no complacencia pasiva. El individuo que se involucra en su crecimiento interior, que cultiva relaciones auténticas y que persigue metas que resuenan con sus valores profundos, experimenta un bienestar más sólido y duradero.

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