Friedrich Nietzsche, filósofo, ya lo avisó a sus 37 años: «Lo que impide la felicidad son los preceptos externos»
El pensador alemán ya advirtió de que el individuo no puede regirse siempre bajo el mismo sistema

Friedrich Nietzsche. | TO
Pocos filósofos han abordado la cuestión de la felicidad con tanta radicalidad y tanta coherencia como Friedrich Nietzsche. Su nombre, sin embargo, arrastra una reputación incómoda: se le ha retratado como pensador violento, antirreligioso y peligrosamente individualista, y esa imagen contribuyó, durante décadas, a que fuese una figura tan controvertida como mal leída.
Lo cierto es que, al acercarse con calma a algunos de sus trabajos más relevantes, emergen ideas sobre la felicidad humana que resultan sorprendentemente útiles para el siglo XXI, sobre todo cuando señalan con precisión que son los preceptos externos —las normas, los mandatos sociales, la moral colectiva— los principales obstáculos para alcanzarla.
Ese argumento no aparece en su obra más citada ni en la que más ha pasado a la posteridad. Está en un libro que el propio Nietzsche consideró el inicio de su proyecto filosófico más ambicioso y al que, según él mismo reconoció, dedicó mayor atención reflexiva que a ningún otro. Entender ese libro es entender, también, por qué la Nietzsche felicidad es una cuestión que merece releer hoy, con otros ojos.
La felicidad, según Nietzsche, y cómo influyen los preceptos externos
En Aurora, publicada en 1881 cuando el filósofo tenía 37 años, Nietzsche formula una de sus tesis más directas sobre el bienestar individual. «Las normas que se llaman morales están, a decir verdad, dirigidas contra los individuos y no tienden, en ningún caso, a su felicidad», escribe en esa obra. La afirmación no es retórica: es el eje de todo su razonamiento. La moral colectiva, según él, no fue diseñada para hacer feliz a nadie en particular. Consideraba que su fin era mantener cohesionada a la comunidad. Por eso creía que ese objetivo y el de la felicidad individual no solo son distintos, sino que con frecuencia se oponen. No obstante, hay patrones clásicos en su pensamiento. Basta recordar esta cita de Epicteto para ver un carácter vinculante: «Solo hay un camino a la felicidad y es no preocuparse por lo que está fuera de tu voluntad».
Hay un aforismo, el 139 de Aurora, que lleva ese argumento un paso más allá y lo vuelve especialmente pertinente. Nietzsche parte de la idea de que no existe una moral absoluta porque la felicidad es siempre un proceso en cambio. La de un griego del siglo de Pericles no puede ser la misma que la de un suizo del siglo XIX, y tampoco coinciden la del niño, la del adulto y la del anciano. Por tanto, concluye, ningún precepto externo, fijo e impersonal, puede orientar de verdad la búsqueda de la felicidad de una persona concreta. Esa relatividad cultural, temporal y vital no es un relativismo vacío. Para Nietzsche era una advertencia filosófica de que las recetas universales para ser feliz están condenadas a fallar. Algo de lo que ya hemos hablado en THE OBJECTIVE. Especialmente porque no conocen al individuo al que pretenden guiar. Del mismo modo que Aristóteles dejó claro que «no necesitas que todo salga bien para ser feliz».

Por qué Aurora es más importante de lo que parece
Cuando alguien menciona a Nietzsche, el título que surge casi de forma automática es Así habló Zaratustra, la obra de 1883 que popularizó la figura del superhombre y que ha sido traducida, citada y referenciada hasta el agotamiento. Sin embargo, ese protagonismo en la posteridad no refleja la valoración que el propio autor tenía de su producción. En Ecce Homo, el texto autobiográfico que Nietzsche escribió al final de su vida, es precisamente Aurora la obra a la que dedica más páginas de análisis, y la describe como el comienzo de su «campaña contra la moral». Escrita entre 1879 y 1881, compuesta por cinco libros de aforismos breves, esta obra supone el momento en que Nietzsche abandona los rodeos y ataca de frente la premisa de que los valores morales occidentales –heredados sobre todo del cristianismo y del utilitarismo– son universales y eternos.
La tesis de fondo es tan sencilla como incómoda. Esos valores no son universales ni eternos, sino construcciones históricas impuestas a los individuos para preservar la cohesión del grupo. Y el coste de esa imposición se paga, según Nietzsche, exactamente en la moneda de la felicidad personal. Aurora es, así, bastante más que un libro de aforismos: es el lugar donde se siembra la semilla de todo lo que vendrá después. Zaratustra la hará florecer en figura poética. Por supuesto, El Anticristo lo convertirá en hacha, pero el argumento central —que los preceptos externos son enemigos de la felicidad individual— nace aquí, con una precisión que sus obras posteriores no siempre igualan.
Cómo adaptar la felicidad de Nietzsche al siglo XXI
Aplicar el pensamiento de Nietzsche a la vida cotidiana actual exige, desde luego, cierta traducción. Su contexto era el de la Europa burguesa y religiosa del siglo XIX. Por eso, muchas de las estructuras morales que combatía han cambiado de forma o de nombre, aunque no siempre de fondo. Hoy, los preceptos externos que condicionan la felicidad rara vez llegan en forma de mandamiento religioso. Quizá sí llegan como presión social, como expectativas laborales o como ideales de productividad. E, incluso, de imagen que circula en redes sociales con la misma autoridad que antaño tenía el púlpito.
En ese sentido, la advertencia de Nietzsche sobre la felicidad resulta sorprendentemente vigente. La pregunta de si uno busca su propia satisfacción o la aprobación de una mayoría abstracta sigue siendo igual de relevante. Por eso, para muchas personas, es igual de difícil de responder con honestidad. Frente a otras filosofías clásicas que se han puesto de moda en los últimos años, el planteamiento de Nietzsche tiene además una ventaja práctica que conviene señalar. El estoicismo o el epicureísmo, que tanto se reivindican en el discurso del bienestar contemporáneo, exigen un entrenamiento mental riguroso y una renuncia a los afectos y deseos que resulta ardua de sostener en la vida moderna.
Nietzsche no pide renuncia, sino autoconocimiento. Invita a identificar las propias leyes internas y a tomar conciencia de cuándo se está viviendo según ellas. Y, al mismo tiempo, de cuándo se está viviendo para cumplir expectativas ajenas. Es cierto que él nunca deja de reconocer la dificultad de esa libertad plena. Considera que el hombre que construye su felicidad desde sus propias leyes es, en su vocabulario, aquel al que la comunidad llama inmoral. Pero también es, paradójicamente, el único que tiene acceso a algo real. Esa tensión —la libertad es posible, pero nunca sencilla— es quizá la aportación más honesta de Nietzsche al debate sobre la felicidad, y una de las pocas que no promete más de lo que puede dar.
