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Spinoza, filósofo, ya lo adelantó en 1677: «La felicidad no se debe confundir con la alegría»

El autor neerlandés no proponía llegar a la felicidad a través del sufrimiento o del estoicismo

Spinoza, filósofo, ya lo adelantó en 1677: «La felicidad no se debe confundir con la alegría»

Un hombre ante un amanecer. | ©Pexels.

Usamos alegría y felicidad como si fueran la misma palabra, como si apuntaran al mismo lugar en el mapa de la vida. Cuando alguien nos pregunta si somos felices, respondemos hablando de momentos que nos alegraron; cuando describimos una alegría, decimos que fuimos muy felices. Sin embargo, esa confusión tiene un coste real: el de buscar en lo efímero lo que solo puede encontrarse en algo más hondo y duradero. Ambas son referencias positivas dentro del bienestar humano, pero no son intercambiables ni equivalentes, aunque el lenguaje cotidiano nos empuje a tratarlas como si lo fueran.

Quien lo explicó con una claridad asombrosa fue Baruch Spinoza hace más de trescientos años, en su obra magna Ética demostrada según el orden geométrico, publicada de forma póstuma en 1677. El filósofo neerlandés, excomulgado de su comunidad judía con apenas veintitrés años y formado en una soledad intelectual que lo volvió más lúcido que aislado, construyó un sistema filosófico en el que, para Spinoza, felicidad yalegría aparecen definidas con precisión geométrica, como si fueran figuras distintas trazadas con el mismo compás, pero a distancias diferentes del centro.

Los estadios de la felicidad, según Spinoza

Para entender qué es la felicidad en Spinoza, hay que empezar por el suelo sobre el que edifica toda su ética: el conatus. Spinoza sostiene que cada ser vivo se esfuerza por perseverar en su propia existencia, y que ese esfuerzo no es un accidente sino la esencia misma de lo que somos. En el ser humano, ese impulso adopta dos caras: es deseo cuando se orienta al cuerpo y es voluntad cuando se orienta a la mente. De ahí arranca todo lo demás, también la posibilidad de la felicidad. Llegar a ella no es un golpe de suerte ni una recompensa externa, sino la expresión más plena del simple hecho de existir con pleno conocimiento de uno mismo.

Spinoza distingue tres géneros de conocimiento que marcan otros tantos estadios en ese camino. El primero es el conocimiento sensorial e imaginativo, gobernado por las pasiones y por causas externas que el individuo no controla. El segundo es el conocimiento racional, donde la razón empieza a comprender las leyes que rigen la naturaleza, incluida la propia. Siglos más tarde, autores como Hermann Hesse, recuperarían ese testigo, afirmando que «ser auténtico tiene un coste».

El tercero, y más elevado, es el conocimiento intuitivo, mediante el cual la mente comprende todas las cosas sub specie aeternitatis, bajo el aspecto de la eternidad. Este itinerario lo separa con claridad de las tradiciones estoicas y morales previas: mientras el estoicismo buscaba la virtud en la represión de las pasiones, y el pensamiento clásico-religioso la situaba en la rectitud ante un principio trascendente, Spinoza la encuentra en el conocimiento activo. No en la renuncia, sino en la comprensión.

Por qué no confundir alegría con felicidad

Spinoza es terminante al respecto, y lo expresa en la Ética con la precisión que lo caracteriza: «La alegría es el paso del ser humano de una menor a una mayor perfección. La tristeza es el paso del ser humano de una mayor a una menor perfección». Esa definición ya dice mucho: la alegría es un movimiento, un tránsito, un ascenso. Tiene causa, depende de un objeto, y cuando ese objeto cambia o desaparece, la alegría puede marcharse con él. Es valiosa, pero también frágil.

La felicidad —o beatitudo, en el latín de Spinoza— es otra cosa del todo distinta. No es un afecto sino una condición estable del espíritu, alcanzada cuando el individuo ha llegado al conocimiento más elevado de sí mismo, de los demás y de la naturaleza entera. Por eso el filósofo sentencia con rotundidad: «La beatitud no es la recompensa de la virtud, sino la virtud misma». Esta distinción no ha perdido vigencia.

El psiquiatra y ensayista Enrique Rojas, una de las voces más leídas sobre bienestar en España, insiste también en que la alegría es una emoción. Intesa pero pasajera, mientras que la felicidad es un estado más profundo y sostenido que requiere madurez, propósito y autoconocimiento. La psicología contemporánea, por su parte, distingue entre el bienestar hedónico —vinculado al placer y la alegría momentánea— y el bienestar eudaimónico, más cercano a lo que Spinoza llamó beatitudo. Son dos planos que se tocan, pero no se confunden. No obstante, otros filósofos como Fernando Savater, considerna que «solo podemos alcanzar la alegría, que la aceptación de la vida».

Cómo llegar a ser felices

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Spinoza consideraba que en nuestra manera de obrar estaría la clave para la felicidad. ©Pexels.

Spinoza no era un asceta ni un moralista que predicara la renuncia. Al contrario: defendía la alegría con tanta convicción como advertía de los riesgos de confundirla con la felicidad. En su sistema, la tristeza siempre disminuye la potencia de obrar. Por tanto, nos aleja de la felicidad; la alegría, en cambio, la aumenta y nos acerca.

Frente al estoicismo, que desconfiaba de las pasiones, Spinoza no pedía eliminarlas sino comprenderlas para transformarlas. La razón, en su filosofía, no es un verdugo de los afectos. La considera como una brújula que permite transitar desde la alegría pasiva —la que recibimos de fuera y depende de causas que no controlamos— hacia una alegría activa, generada desde dentro, desde el conocimiento genuino de lo que somos.

Esa alegría activa es, precisamente, el puente entre la emoción y la felicidad. Quien cultiva el conocimiento de sus propios afectos, de sus causas y de las leyes que rigen la naturaleza, no trabaja para ser feliz como quien trabaja para ganar un premio: ya es feliz en el propio acto de obrar así. Algo que refrendaría ya Erich Fromm en el siglo XX, afirmando que «la felicidad no es un estado de reposo, sino de actividad interna», de quien ya hemos hablado en THE OBJECTIVE.

Felicidad, libertad y virtud son, en la Ética, tres nombres para el mismo estado del alma. Una es un movimiento; la otra, una morada. Confundirlas, escribió Spinoza, es buscar la morada en el camino. Y su propuesta, vigente trescientos años después, es tan sencilla como exigente: cultivar la alegría con lucidez, sin aferrarse a ella. Así, su propia lógica interna nos conduce, poco a poco, hacia algo más estable y más verdadero.

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