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Jean Jacques Rousseau, filósofo, ya lo advirtió en el año 1762: «La base de la felicidad es que tus capacidades sean iguales a tus deseos»

A pesar de pasar a la posteridad por ‘El contrato social’, Rousseau también habló largo y tendido sobre felicidad

Jean Jacques Rousseau, filósofo, ya lo advirtió en el año 1762: «La base de la felicidad es que tus capacidades sean iguales a tus deseos»

Un hombre ante una puesta de sol. | ©Pexels.

Aunque Jean-Jacques Rousseau pasó a la posteridad como el autor de El contrato social, obra capital para entender el devenir filosófico y político del siglo XVIII, lo cierto es que no se quedó atrás cuando se trató de pensar sobre la felicidad humana. Debatió acaloradamente con enciclopedistas como Denis Diderot o Voltaire, y tejió en su pensamiento una idea que hoy resuena con sorprendente actualidad: la felicidad se asienta sobre la armonía entre lo que uno desea y lo que uno puede. No es una fórmula de autoayuda, sino el resultado de años de reflexión sobre la naturaleza humana y sus contradicciones.

Su propuesta resultó incómoda para los optimistas del progreso, convencidos de que la ciencia y la razón bastarían para hacer feliz al ser humano. Rousseau, en cambio, sostenía que la civilización corrompe tanto como libera, y que la auténtica felicidad, según Rousseau, no se compra ni se acumula. Se construye, con esfuerzo y lucidez, desde dentro.

Rousseau, una felicidad más allá de El contrato social

El contrato social, publicado en 1762, es la gran obra política de Rousseau y uno de los textos fundacionales del pensamiento moderno. En sus páginas, el filósofo ginebrino argumenta que el poder legítimo no emana de los reyes ni de la tradición, sino del pueblo. La soberanía reside en lo que él llama la «voluntad general», un acuerdo colectivo que trasciende los intereses particulares y constituye el verdadero fundamento de cualquier comunidad justa. Sin ese pacto, la sociedad no es más que la imposición del más fuerte sobre el más débil.

La influencia de esta obra sobre las revoluciones que sacudirían Europa a finales del XVIII y comienzos del XIX fue decisiva. No en vano, la Revolución Francesa de 1789 bebió directamente de sus ideas, aunque Rousseau había muerto once años antes de verla estallar. Pero el Rousseau político no puede separarse del Rousseau moral. Mientras argumentaba sobre contratos y soberanías, también desarrollaba una teoría del ser humano que ponía en el centro una pregunta más íntima: ¿qué nos hace felices? Y la respuesta, como veremos, chocaba de frente con la fe ilustrada en el progreso.

La clave de Rousseau: felicidad y deseos

Para Rousseau, la felicidad no era abundancia, ni satisfacción indefinida, ni el resultado automático del avance material. Era, antes que nada, una cuestión de proporción. Así lo formuló en el Libro II de su Emilio o De la educación (1762): «Un ser sensible en el cual las facultades fuesen iguales a los deseos sería un ser absolutamente feliz». La frase, breve y contundente, condensa toda una filosofía: cuando nuestras capacidades reales y nuestros deseos se equilibran, el alma permanece tranquila. Cuando se desajustan, aparece el sufrimiento.

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Rousseau invitaba a igualar capacidades y deseos para llegar a la felicidad plena. ©Pexels.

Esa convicción lo enfrentó a los postulados de Diderot y Voltaire. Sus coetáneos confiaban en que el progreso racional ampliaría sin límites tanto las capacidades como las satisfacciones humanas. Rousseau no lo veía así. Advertía que el hombre dependiente —aquel cuya felicidad depende de acumular más, de compararse con otros, de multiplicar sus deseos— es, en realidad, un hombre débil. Tampoco está de más recordar que Descartes consideró que «la felicidad no debe estar exenta de pasiones».

«Disminuid los deseos; es como si aumentaseis las fuerzas», escribió con la claridad de un aforismo. Frente a la promesa ilustrada de crecimiento ilimitado, él proponía algo más austero. Y, a su juicio, más hondo: una vida donde querer y poder convivan sin fricción. No caía en tópicos estoicos como Séneca, que recordaba que «la verdadera felicidad es disfrutar el presente sin dependencia ansiosa del futuro», pero se acercaba a ellos.

Los dos tipos de felicidad

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Rousseau distinguía entre dos tipos de felicidad: la pública y la privada. ©Pexels.

Rousseau distinguía con precisión entre dos dimensiones de la felicidad que no siempre van de la mano. Por un lado, la felicidad privada: una experiencia profundamente subjetiva, ligada a las motivaciones personales y al equilibrio natural entre lo que uno desea y lo que es capaz de alcanzar. Por otro, la felicidad pública, que depende de la capacidad de las comunidades políticas para crear vínculos entre sus miembros, fortalecer las afiliaciones sociales y garantizar condiciones en las que las personas puedan vivir bien. Ambas dimensiones se necesitan mutuamente, aunque ninguna garantiza por sí sola la otra. Algo que, modernamente, explican psicólogos como David Goméz que insistía en que «si no estás feliz parece que molestas».

Lo que Rousseau rechazaba era la idea de que la felicidad fuera un estado pasivo, algo que se recibe o que llega por acumulación. Para él, era el resultado de un trabajo activo: la búsqueda consciente de armonía entre el mundo interior y las capacidades reales de cada persona. «Es verdaderamente libre aquel que desea solamente lo que es capaz de realizar y que hace lo que le agrada», escribió, uniendo libertad y felicidad en un mismo movimiento. Tres siglos después, la ciencia del bienestar sigue dándole la razón. No es quien más tiene quien más disfruta, sino quien mejor conoce la distancia —o la cercanía— entre lo que anhela y lo que puede.

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