A propósito del debate sobre la prioridad nacional, me he acordado estos días de un pasaje de El puente de los espías, la película de Steven Spielberg.
Les resumo brevemente la trama.
Nos encontramos en plena Guerra Fría y al abogado James Donovan le encargan la defensa de un presunto espía soviético. Un agente de la CIA lo persigue porque el Gobierno quiere saber qué le está contando el espía a Donovan. Se trata de una violación del secreto profesional, que es una garantía básica del derecho de defensa, pero el agente le explica a Donovan que estamos ante una prioridad nacional.
—Hablamos de la seguridad del país —argumenta el agente—. Necesitamos saber qué le está contando su cliente. ¿Me entiende, Donovan? Necesitamos saberlo. No se ponga en plan boy scout conmigo. Aquí no hay reglas que valgan.
Donovan se toma unos instantes antes de responder.
—Usted se apellida Hoffman, ¿verdad? —dice finalmente.
—Sí —responde el agente.
—¿Es de origen alemán? —sigue Donovan.
—Sí, ¿y qué? —le desafía el agente.
—Yo me apellido Donovan. Soy irlandés por ambos lados, por parte de madre y por parte de padre… De modo que yo soy de origen irlandés y usted, de origen alemán. ¿Y qué nos hace americanos a los dos? Una cosa y solo una. Las reglas. Se llaman Constitución y aceptarlas es lo que nos hace americanos, es lo único que nos hace americanos, así que no me venga con que aquí no hay reglas que valgan, hijo de puta.
Lo hace mucho mejor Tom Hanks que yo en la película, pero la idea seguro que la han cogido.





