Ya es oficial. Mi cuñado nos anunció solemnemente este fin de semana que ha dejado de ver Antena 3 y Telecinco. «Ni tengo seleccionados ya esos canales», nos dijo. Ha reducido su dieta informativa a los medios que reproducen sin demasiada distancia crítica la tesis oficial de que Pedro Sánchez nunca estuvo al corriente de «las andanzas» de ninguna fontanera. Muchos de esos medios no tuvieron la menor duda de la involucración de Mariano Rajoy en la trama Kitchen, y se indignaron cuando el tribunal decidió que no había base suficiente para procesar al expresidente popular.
Hoy, sin embargo, aceptan dócilmente la explicación de que Pedro Sánchez está limpio de polvo y paja. Con esto no pretendo disculpar a los medios que en su día exculparon igual de dócilmente a Mariano Rajoy. El problema de este país es justamente ese: nuestra incondicional lealtad ideológica. Una vez que adoptamos una opinión, nos cuesta un horror retractarnos. En principio, una idea no debería ser distinta de un electrodoméstico:
si no funciona, se devuelve y ya está. Pero las tratamos como si fuera una mascota y lo de menos es que sirva para algo. Después de todo, solo un desalmado se deshace de su perro porque no le trae la pelota cuando se la lanza. De ahí nuestra disposición a comulgar con ruedas de molino, siempre que sean nuestras ruedas de molino.
Esto nos obliga a ejercicios de deglución casi circenses y, cuando notamos que las tragaderas ya no nos dan más de sí, no crean ustedes que cambiamos de idea. Cambiamos de canal.
