La intervención de León XIV en las Cortes se cerró con una ovación de siete minutos, tan estruendosa como difícil de explicar, porque no creo que tuviera nada que ver con el contenido del discurso. El Papa repartió a diestro y siniestro: defendió la inmigración y la paz, como buscaba el Gobierno, pero también criticó el aborto y la eutanasia, como quería la oposición.
¿A quién aplaudían, entonces, sus señorías?
Desde que León XIV anunció su visita, Sánchez ha tratado de disputar su figura a la derecha, insistiendo, por ejemplo, en que ambos están en el lado correcto de la historia, y eso provocó que el Congreso escenificara un juego de la gallina: la derecha y la izquierda lanzadas a palma abierta, a ver quién dejaba de aplaudir primero, porque ese desistimiento se interpretaría como una muestra de tibieza y de menor sintonía con Su Santidad.
El precedente de estas prolongadas ovaciones lo encontramos en el siglo XIX. En el Antiguo Régimen, los actos de aclamación estaban reservados a la Corte, pero la irrupción de la burguesía los trasladó al teatro y la ópera. En esos escenarios, el espectador ya no era un súbdito, sino la encarnación de la opinión pública, el árbitro del gusto y del prestigio, el que daba y quitaba la gloria.
Al aplaudir largamente, el burgués se veía y oía a sí mismo, y exhibía su poderío. La ovación decía: «Qué grande es usted», pero también: «Qué importantes somos nosotros».
Algo así ocurrió el lunes en la carrera de San Jerónimo. Sus señorías no celebraban tanto a Su Santidad como a sí mismas y a la gran estatura ética que han acreditado tantas veces a lo largo de la legislatura.