Los vecinos de Belorado exigen a las monjas rebeldes «que devuelvan todo lo robado»
El arzobispado asegura que «faltan muchas cosas», desde valiosos cuadros en los pasillos hasta imágenes del retablo

Una de las monjas en noviembre a la entrada del juzgado. | Tomás Alonso (EP/Archivo)
El reloj de la iglesia de San Nicolás da las 7.00 de la mañana. Amanece Belorado en silencio, como siempre fue hasta hace casi dos años, mayo de 2024, cuando las monjas más conocidas del mundo anunciaron que dejaban la Iglesia católica porque no reconocían al Papa Francisco, sino a un señor de Jaén llamado Pablo Rojas que decía ser obispo de su propia Iglesia y a su presbítero personal, Fran Ceacero, que ponía copas por la noche en los bares de Bilbao. El ánimo entre los vecinos con los que ha podido hablar THE OBJECTIVE es bajo, afectados por lo que consideran una traición de las que siempre fueron «sus amigas» y que ahora han huido en mitad de la noche, «como lo hacen los criminales», sin despedirse de los que siempre estuvieron a su lado.
Los medios apostados en la puerta del monasterio han sido testigos durante esta última semana del shock en el que se encuentran los creyentes de este pueblo burgalés de 2.000 habitantes. «Diles que las queremos», insistía el ‘Baturro’ al responsable de prensa de las exreligiosas, «pero que estamos muy enfadados con ellas». Es el sentir general de un pueblo que siempre se ha volcado con las residentes del precioso monasterio de Santa Clara -construido en el siglo XV- y que ahora tiene rabia contenida y mucho hartazgo de tanto «circo». Los hay que querían denunciar después de todo el dinero que les donaron, pero saben que carecen de base legal para hacerlo: otros paisanos les han explicado que lo cedido es propiedad de la comunidad de monjas y que tampoco ha mediado estafa, por lo que las únicas que pueden iniciar acciones contra la superiora rebelde, Laura García de Viedma, son las clarisas.
Las monjas tampoco muestran consideración hacia los que las han apoyado durante esta ‘pataleta cismática’ más propia de una película de humor chusco que de unas religiosas clarisas que dedican su vida a la oración y la contemplación. Primero buscaron la protección -religiosa y económica- de un falso obispo Pablo de Rojas y su clérigo personal, un barman conocido en Bilbao como Fran que por las mañanas decía misa. Tanto mintieron en su currículum y la dimensión de su obra -decían estar al frente de una confesión con decenas de sacerdotes ordenados y seminaristas en formación- como de su patrimonio personal, tan escaso que ni siquiera vivían donde estaban registrados. Ahí comenzó el «circo» del que hoy se quejan hoy los vecinos de Belorado. Después vino el responsable de prensa, Francisco Canals, al que no hacen ni caso. Él lo da todo por la causa, pero las cismáticas reman en contra, y a los medios no nos llega una sola información sin manipular, por lo que sus falsos comunicados no son tenidos en cuenta por ningún profesional.
Tras recibir del jueves las llaves del mencionado cenobio de las clarisas, los cuatro representantes del arzobispado de Burgos -el secretario de monseñor Mario Iceta, su portavoz, el abogado y la procuradora- manifestaban ante la prensa que las cismáticas se lo han llevado prácticamente todo y han dejado el inmueble en unas condiciones «muy deterioradas». Aparte de reportar la existencia de ratas, heces de animales hasta en un frigorífico y haber dejado ollas y cuencos con comida de hace días, insisten en el alto valor de lo presuntamente sustraído: desde valiosos cuadros hasta imágenes del retablo de la capilla. Ellas se ríen y mandan vídeos burlándose del personal, dicen que todo quedó en orden, pero carecen de credibilidad.
Amenazas de agresión, insultos y denuncias contra las monjas
«No tienen educación de ningún tipo», cuenta a THE OBJECTIVE uno de los muchos vecinos que pasó todo el jueves en la puerta de Belorado esperando, como el que desea que todo vuelva a la normalidad de un momento a otro. «¿Tú te crees que le dijo a un periodista que no le metía ‘dos bofetones’ por respeto?», dice en referencia a la amenaza de una de ellas al responsable del diario ABC de cubrir esta información, José Ramón Navarro-Pareja.
«¿¡Cuándo se van estas zorras!?», exclamaba a gritos un trabajador que araba la tierra al otro lado del muro que rodea el conocido convento, ya devuelto a las clarisas. «¿Cuándo van a devolver todo lo que han robado?», preguntaba indignado a los reporteros gráficos que intentaban obtener una instantánea durante la revisión que estaban llevando a cabo en el interior el juzgado y las partes.
El enfado es mayúsculo en el pueblo. Son varias generaciones de vecinos que no han dudado durante décadas en traspasar los muros del convento para todo lo que ha sido necesario de forma desinteresada, mirando solo por el bien de las hermanas: desde enfrentarse a ladrones que querían robar hasta apagar fuegos que amenazaron la integridad del inmueble, hacer reparaciones, arar sus huertos y, sobre todo, aportar mucho dinero para mantener su preciado patrimonio, el mismo que ahora dice el arzobispado que ha desaparecido. «Aún es pronto para hacer números», explican fuentes internas del arzobispado preguntadas por el valor de lo presuntamente sustraído, ya que hasta ahora solo cuentan con un inventario provisional de bienes que habían desaparecido.
Algunos vecinos incluso se niegan a creer que esto haya podido pasar, que «sus monjas» hayan abandonado para siempre el pueblo por una cuestión de ambición de la superiora. Un paisano ya jubilado que aseguraba haber trabajado en el monasterio para la comunidad durante toda su vida se agarra a dos teorías: «Dicen que ha entrado el demonio ahí dentro» y, también sugiere, carente de pruebas: «Las ha debido de drogar alguno de esos que llevaban a la residencia». Todo menos aceptar que esto ha pasado en su querido convento, en el que tantos años trabajaron él y su padre.
«La gente no entiende que esto es como cuando se rompe una familia», aseguran fuentes del arzobispado. Dan a entender con esta aseveración que lo ocurrido es más grave de lo que los vecinos piensan. Es posible, incluso «probable», que Belorado se haya sin monjas para siempre.
