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Comunistas

En algún momento volvió a ser trendy ser comunista, porque la gente cabreada se traga cualquier cosa. En el tiempo que yo he sido conservador, liberal, socioliberal y meramente perplejo, una o dos generaciones se han descubierto en una ardorosa militancia sobrevenida.

Foto: Wikimedia Commons |

Uno es en buena medida lo que hacen de uno, aunque luego se cuente historias para justificarlo. En casa nadie era comunista porque mis padres venían de familias humildes y nunca se lo pudieron permitir. Se votaba al PSOE aunque mi padre se desilusionó pronto y alguna vez acabó votando al CDS, o eso decía. Hasta dejó de comprar el periódico –el Diario 16–. En el referéndum de la OTAN íbamos con lo que dijese Felipe; y así un poco con todo. Por otra parte, mi abuelo, que había terminado la guerra en un campo de prisioneros en Valencia, compraba el ABC por hábito o por decoro; así que me acostumbré pronto a conocer a los del otro lado. Tenía su interés, te reías con las campañas sobre la ola de pornografía o las drogas, y además estaban las viñetas del Buitre Buitáker. Y así hasta que un día descubres que eres de los del otro lado.

No fue de un día para otro, claro. Todavía quedaba. En BUP tuve un par de profesores de historia comunistas. Uno era un buen tipo que nos quería hacer mejores y nos ponía documentales sobre la discapacidad mental y nos hablaba del Holocausto, pero también tenía un montón de ideas estúpidas sobre Cuba, Israel o la deuda externa que yo repetí como un loro durante años. Del otro, menos estrepitoso, recuerdo sus gruesos jerseys verdes, con aspecto de picar mucho, que hablaba continuamente de Pierre Vilar, y que el primer día de clase nos explicó que vivíamos en un régimen burgués y, por tanto, todas nuestras perspectivas sobre las cosas y sobre el pasado eran burguesas. Tenía razón, claro.

Luego llegó la derecha. En la primera victoria de Aznar yo andaba a punto de hacer la Selectividad y preferí no darme por enterado. La segunda me cogió perdiendo el tiempo en Malasaña, como era costumbre por entonces. Recuerdo ir dando botes en la moto de un amigo por un Madrid desierto de domingo y elecciones, pensando con gran quebranto que iba a pasar toda mi juventud bajo gobiernos de derechas; porque a esas edades todavía se es muy enfático y muy gilipollas. Algo antes había leído a Kundera, y poco después leí Caos y orden de Escohotado. Estoy bastante seguro de que Kundera sigue en pie; lo que quede del otro libro, escrito y publicado en pleno subidón liberal noventero, me preocupa ahora poco. Años después hablé de ello con Escota y dijo cosas muy razonables. El caso es que ambos me acabaron de convencer de que el comunismo no solo no era lo mío, sino que era una cretinada peligrosa, y entonces era más o menos fácil acabar pensándolo.

Más tarde llegaron la crisis, los nuevos canales de televisión y los medios digitales, no necesariamente en ese orden. Y luego el Twitter. En algún momento volvió a ser trendy ser comunista, porque la gente cabreada se traga cualquier cosa. En el tiempo que yo he sido conservador, liberal, socioliberal y meramente perplejo, una o dos generaciones se han descubierto en una ardorosa militancia sobrevenida. Se entiende; los adolescentes adoran echar sermones, y cuando no tienes nada que hacer en la vida sólo te queda decirle a los demás cómo vivir. Ahora además hay dos modalidades de socialistas: la millennial con discurso de campus americano y la ceñuda. Se distinguen porque en general las dos siguen sin leer a Marx pero una de ellas lo cita de vez en cuando. Me he acordado de estas cosas viendo unos tuits de Daniel Bernabé sobre el idéntico mal gusto estético de la familia real y la pequeña burguesía española. Lo único que comparten en realidad las dos modalidades de comunismo actuales es odiar a los cuñados pequeñoburgueses que viven en PAUs, usan el coche a diario y no aspiran a la aristocrática vida examinada sino a criar hijos rollizos y poseer cosas feas. Nozick explicó bien por qué.

En un escena de Caro diario, Moretti aparca la Vespa con la que está recorriendo la Garbatella romana y entra en un cine a ver un tópico drama generacional. En la pantalla, unos tópicos cuarentones italianos de clase media lamentan los años perdidos, su estéril militancia en los 70, las barbaridades que coreaban y el gusto insípido de la vida burguesa y hasta de los fármacos que toman ahora. A los jóvenes comunistas de hoy en día –a los del montón; su familia real ya lo ha hecho– no les queda ni el consolador horizonte de integrarse plácidamente en la clase media, comprarse un coche y un piso y sobrellevar la angustia existencial a base de drogas legales. Ya no hay contratos fijos ni hipotecas regaladas, y en la farmacia todo va con receta.

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