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El 15M y la nostalgia

En La mamá y la puta, de Jean Eustache, la resaca de mayo del 68 planea sobre los personajes. Sin mencionar de manera explícita los acontecimientos, se preguntan qué ha sido de sus compañeros. La película muestra la extraña sensación de vacío tras un momento aparentemente transformador. En Después de mayo Olivier Assayas revisaba su propia experiencia en el 68, y establecía un paralelo entre el activismo político y el entusiasmo y la intensidad del primer amor.

Las dos películas -la primera realizada poco tiempo después de los acontecimientos, la otra varias décadas más tarde- evitan la idealización y la nostalgia. Las he recordado estos días, cuando algunas celebraciones de los cinco años del 15-M también me han hecho pensar en la observación de Milan Kundera: “Cuanto mayor es el tiempo que hemos dejado atrás, más irresistible es la voz que nos incita al regreso. Esta sentencia que parece común, sin embargo es falsa. El ser humano envejece, el final se acerca, cada instante pasa a ser siempre más apreciado y ya no queda tiempo que perder con recuerdos. Hay que comprender la paradoja matemática de la nostalgia: esta se manifiesta con más fuerza en la primera juventud, cuando el volumen de la vida pasada es todavía insignificante”.

Critiqué muchas cosas del 15M y tampoco ya tengo la edad para esa nostalgia juvenil, pero pensaba en Eustache y Kundera al pasar un momento por Sol este domingo. El movimiento tuvo algo esperanzador y cargante. Combinaba reivindicaciones legítimas, denuncias sensatas y fárrago demagógico. Inicialmente había muchas tendencias, pero al final se impuso una visión de extrema izquierda, quizá en parte porque los mecanismos deliberativos beneficiaban a sus defensores. Muchas de las propuestas económicas eran inviables y muchas de sus propuestas políticas, poco atentas a los procedimientos y las garantías, resultaban muy discutibles. Había un elemento frívolo tanto en la deslegitimación de la democracia española como en la comparación con las revoluciones árabes. En algunos aspectos fue un experimento estimulante, pero incluyó abundantes dosis de propaganda, adanismo y suficiencia, y tuvimos que leer muchas frases ingenuas y las proclamas cursis de un señor francés.

Fue, como escribía Máriam Bascuñán, un movimiento generacional que tuvo un apoyo social más amplio y que supo emplear nuevas formas de comunicación y canalización. No se organizó a través de los partidos o los sindicatos, como había ocurrido tradicionalmente. Contribuyó a popularizar y a colocar entre las preocupaciones de los partidos asuntos como la regeneración democrática y la transparencia. Ayudó a cambiar de conversación.

Había una crítica a “los políticos” y al bipartidismo en particular. Con el tiempo, parte de la estigmatización a la “clase política” parece haberse amortiguado. Y parte de las preocupaciones se han articulado en nuevos partidos. El sistema electoral, pese a sus sesgos, ha permitido la ruptura del bipartidismo cuando los ciudadanos han votado de otro modo. El 15M tuvo graves defectos, como el narcisismo, la búsqueda de cierta épica y una tendencia al maniqueísmo y la simplificación. Pero también demostró que se pueden introducir nuevas formas de movilización y nuevas preocupaciones. La integración de otras sensibilidades e inquietudes en los partidos y en las instituciones aleja una visión cínica y en el fondo perezosa de la política. Aunque, como descubrieron los personajes de Eustache, y parafraseando un título de Kundera, también conviene recordar que la felicidad está en otra parte.

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