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Jane Austen: la última misógina

"Que una obra escrita hace dos siglos ofrezca pasajes y episodios que narren posibles situaciones machistas no es una sorpresa"

Foto: Focus Features | Focus Features

Se repite desde hace unos años: la prensa cultural publica el testimonio o el análisis de personas vinculadas a la cultura donde se señalan actitudes machistas en obras que, hasta ahora, no eran tomadas como un ejercicio de proselitismo misógino, como una subliminal propaganda del machismo. Persiste, con asiduidad, un revisionismo que critica roles machistas en contextos que hasta hoy pasaban de largo. Es una labor que pudiera parecer interesante y que, de hecho, ayuda a comprender cómo han funcionado las relaciones sociales entre hombres y mujeres en nuestra cultura, incluso la más reciente. Esa búsqueda, ese análisis, de determinadas actitudes machistas es saludable: evitar que se repitan esas situaciones no admite enmienda.

Pero a mínimo que se disponga de criterio propio y de experiencia, alcanzamos una certeza absoluta: no todo es tan simple. No todo es tan sencillo. Hasta los propósitos más nobles pueden llevarnos al error, y hasta las mejores de nuestras intenciones pueden traernos ocurrencias y despropósitos. Un ejemplo es lo que pasó con las canciones de Sabina, donde se afirmó que ‘Contigo’, uno de los temas más conocidos del cantautor, era una letra con contenido machista. Recuerdo que buena parte de los amigos de la cultura, incluso gente mayor de edad, con sensibilidad y libros, apoyaron esa tesis. La de que la letrilla de la canción es un catecismo del machote ibérico. Veamos lo que dice en algunos de sus versos: “Yo no quiero un amor civilizado / con recibos y escena del sofá. / Yo no quiero que viajes al pasado / y que vuelvas del mercado con ganas de llorar. /(…) Yo no quiero cargar con tus maletas. / Yo no quiero que elijas mi champú. / Yo no quiero mudarme de planeta, / cortarme la coleta, brindar a tu salud”. Es cierto, como algunos amigos apuntaron, que en la canción se recrean escenas de la pareja convencional, y que también se habla de expresiones que rozan el machismo (dentro de esa relación convencional). Pero los amigos críticos no se dieron cuenta de que la frase iba precedida de un adverbio de negación. Es decir, hay machismo, claro, pero todo el machismo que puede haber en yo no comparto que los hombres y las mujeres deban tener distintos derechos laborales.

Ocurre cuando se unen redes sociales, exposición moral y afán de protagonismo con las buenas intenciones: de tanto querer ser —nosotros— éticas que resplandecen, tratamos de acomodar una realidad que no existe a lo que queremos que exista. Para así ser salvadores, redentores, héroes de un tiempo. Y vistos por todos los que deseamos que nos vean. El machismo ha sido una constante en nuestra cultura, pero la persona que se sacrifica por los demás y obtiene la recompensa de la épica y de la leyenda, también. Algo de esto hay en el último caso de misoginia en la historia de la literatura: Jane Austen. En un artículo publicado en La Vanguardia, nos invitaban a reflexionar sobre el machismo en la obra Orgullo y prejuicio. Que una obra escrita hace dos siglos ofrezca pasajes y episodios que narren posibles situaciones machistas no es una sorpresa. Cómo esperar lo contrario, cómo esperar, no sé, que en una novela del siglo XVI se cuenten trenes de alta velocidad, contratos basura o la última infidelidad de Isa Pantoja.

Responder a este tipo de juicios críticos tan desnortados supone un peligro: puedes estar razonando desde la crítica formal pero, al ser una cuestión política —y muy sensible—, casi de manera automática dejas de ser crítico de una valoración y pasas a ser sospechoso crítico político de una valoración. Lo que te etiqueta de machista y, claro, te sitúa fuera del debate: ya no tienes legitimidad social de réplica. Pero la respuesta es clara, y la resumimos: primero la razón, después la ideología y, si nos sobra tiempo y queda entre amigos, la ocurrencia, el despropósito y la última infidelidad de Isa Pantoja.

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