Ignacio Peyró

Jiménez Lozano, la esperanza indestructible

"La gravedad de Jiménez Lozano convivió siempre con la sonrisa redentora de una cierta piedad, igual que la literatura, en su obra, fue siempre de la mano de la vida"

Opinión

Jiménez Lozano, la esperanza indestructible
Foto: NACHO GALLEGO

Quizá para juzgar el mundo nada resulte más idóneo que hacerlo a una cierta distancia. Así lo entendieron en otro tiempo Montaigne o Leopardi, y así parecía entenderlo también nuestro José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930- Valladolid, 2020), para quien resultaba “perfectamente posible vivir en el siglo XVII y bajar un ratito al XXI”. Rumbo a su casa en Alcazarén, pequeña aldea de Valladolid, la vida de antaño se hacía evidente en una Castilla esencial de torreones y pinares, de esas pequeñas ermitas de las que tanto gustaba nuestro autor. Pero que nadie se engañe: también ahí la vida contemporánea se hace presente, en todo lo que va de los restaurantes de la zona a, fundamentalmente, la mirada de curiosidad insaciable que el propio Jiménez Lozano tenía sobre la circunstancia presente. Es así que su frase sobre la vida retirada cobraba una verdad distinta de la pose. Y es así que su apartamiento mundano representaba una ironía: tal vez, como afirmó –con cita de Popper– en uno de sus últimos diarios, “el papel del filósofo, como el del artista, es el de no estar a la moda”, pero en esa reclusión provincial Jiménez Lozano logró cuajar una obra de envergadura europea. Tras décadas por la escondida senda de su amado Fray Luis, la soledad del autor castellano ha sido la mejor estrategia para ahondar en la libertad de la escritura. Su distancia era nuestro lujo. Y una atalaya de lucidez sobre esas locuras que, según escribió Jünger, tiene cada época.

En torno a un vaso de vino y un embutido honesto de la zona, Jiménez Lozano recibía a los amigos en su biblioteca. Allí no faltaban muestras de sus reincidencias intelectuales: Biblias diversas, no poca judaica, volúmenes sobre la Inquisición o el jansenismo, narradores favoritos como Flannery O’Connor –gran voz del sur americano– o el católico japonés Shusaku Endo. Bien pasados los ochenta años, la viveza de su conversación nos hacía inevitable preguntarnos si esos mismos libros que dan gravedad a una juventud no serán un estímulo y una alegría en la edad provecta. No en vano, Jiménez Lozano llevaba, solo en estos últimos cuatro años, una cosecha libresca de lo más fecunda: los poemas de Los retales del tiempo; una de las piezas mayores de su diarística, Impresiones provinciales, e incluso el capricho shakesperiano de la novela Se llamaba Carolina. Quizá haya sido esa fecundidad postrera una manera de compensarnos por parte de quien fue un escritor tardío, aunque no por eso menos reconocido: sobre sus anaqueles, junto a los libros, también reposaban premios tan notables como el Nacional, el de la Crítica, el de Castilla y León o ese hito que fue el Cervantes en el año 2002.

Antes que al Jiménez Lozano escritor, de hecho, el público español pudo leer al Jiménez Lozano periodista, que –entre otros logros– llegó a dirigir una publicación de tanta veteranía como El norte de Castilla. En la magnífica Destino, todavía muchos recuerdan esas Cartas de un cristiano impaciente que fueron narrando las inquietudes de un Vaticano II siempre–como dijo uno de los documentos conciliares– entre “la alegría y la esperanza, el temor y la angustia”. Su propia obra literaria se iba a ver desde entonces permeada por una preocupación de hondura por lo religioso que –en su pluma– será siempre tratada en relación con la libertad. La libertad de la heterodoxia española en el XIX, por ejemplo, con su ensayo sobre Los cementerios civiles (1979), o sus relaciones con el poder civil en obras como Sobre judíos, moriscos y conversos (1982). Y, de modo inolvidable, el tema reaparecerá en ese germen europeo de la libertad de conciencia que es la resistencia al Rey Sol de las monjas de Port-Royal, motivo –tan infrecuente aquí– que detonará algunas de sus obras más felices, desde la alabadísima novela Historia de un otoño (1971) hasta los diálogos de Retratos y naturalezas muertas (2000). En este último libro aflora una estética de la desnudez y el desasimiento que también será rasgo propio del autor, ante todo en su obra poética, antologada en El precio (2013), pero igualmente presente en su ya célebre Guía espiritual de Castilla (1984).

De no ser por el empaque alcanzado, es posible que hubiera que rastrear la obra de Jiménez Lozano entre la de los “raros y curiosos”, pero ocurre que es esa misma libertad la que le ha hecho fatigar caminos pocos recorridos y confundir gozosamente géneros. Véase que esta libertad también operaba a la hora de incardinarse en una tradición intelectual en la que no falta la atención a lo hispánico –tantas páginas sobre San Juan o Santa Teresa– pero que permaneció siempre abierta a la gran tradición occidental. Ahí destacan sus afinidades de fondo con algunas plumas de singular carga existencial, de los rusos a Simone Weil y de Santayana a Kierkegaard, siempre con el fondo de un siglo XX en el que el hombre no dejó de alzar su mano contra el hombre.

Tiene su congruencia que un legado de marca mayor de Jiménez Lozano esté en sus diarios, de Los tres cuadernos rojos (1985) a Los cuadernos de Rembrandt (2010). Hablamos, al cabo, de un género libérrimo, donde entre notas de lectura y un ojo sobre la actualidad, Jiménez Lozano venía alzando su crítica de fondo contra una modernidad en la que “el hombre ha sido rebajado y minimizado a una sola dimensión: la de su condición ciudadana”. Es la “Europa post-todo”, aunque la gravedad de Jiménez Lozano convivió siempre con la sonrisa redentora de una cierta piedad, igual que la literatura, en su obra, fue siempre de la mano de la vida. Porque, ciertamente, Jiménez Lozano podría firmar, con su dilecto Hamsun, que “nuestra vida y nuestra época pueden seguir su ruta por lo que a mí respecta; por mi parte, yo permanezco aquí”. Pero él todavía se atrevió a reafirmarse en la esperanza. En esa “indestructible esperanza del almendro que se obstina en ofrendar su flor aunque será casi siempre amortecida por el hielo”.

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