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La edad de la ansiedad

Foto: JUAN MEDINA | Reuters

En 1948, el poeta inglés W. H. Auden publicó un largo poema titulado The Age of Anxiety, que le valió el premio Pulitzer. El mundo salía de una guerra mundial y se abocaba a la Guerra Fría, con Europa dividida en dos mitades. La inicial era de la ansiedad fue una época de inquietud ante el creciente poder del comunismo y la amenaza real de un conflicto atómico entre la URSS y los Estados Unidos. Desde entonces, la historia ha cambiado, y también muchos de los valores imperantes, pero no esa especie de trasfondo psicosomático que mueve a las masas: el resentimiento por un lado y el miedo por el otro. Pensemos en estos últimos años, siempre al borde del abismo, ya fuera por la llegada de una pandemia viral, del colapso de la banca, del bréxit y la victoria de Trump, de las mareas migratorias, el terrorismo internacional, el ascenso de los populismos, la ruptura de los países, la crisis de las clases medias...

Las elecciones que celebramos ayer tuvieron lugar en este marco estresante. Como en una montaña rusa, los partidos fueron cebando las emociones, en ocasiones hasta extremos sonrojantes. Pero la ficción crea la realidad o, al menos, dibuja nuestra percepción de la misma. La guerra cultural divide la sociedad con la misma precisión que lo hace el puritanismo, destruyendo así cualquier suelo de creencias compartido. La lógica democrática que subyace no es ya la del ensanchamiento de la ciudadanía ni la de la integración de los diferentes, sino la raíz cainita del poder: la victoria es sólo de unos; la razón también. Se trata de una marca del populismo postmoderno.

En el siglo XXI, nuestra particular era de la ansiedad responde a un elemento de fracturación maniquea que se autojustifica continuamente y que nos separa de la realidad, nos aísla y nos arrincona dentro de un peculiar alfabeto de creencias. Sin duda, al populismo habrá que superarlo con la generosidad de una democracia mejor, más plena e integradora; no más divisiva. Es un deber que alcanza a todos los partidos políticos sin excepción. No sólo a los vencedores.

Vencedores ha habido tres en esta contienda electoral: el PSOE, Cs y ERC. Exigirles responsabilidad es pedirles que respondan por sus anclajes ideológicos y sepan destensar los nudos emocionales del miedo y del rencor. Derrotados los hay varios –Puigdemont, por ejemplo; Pablo Iglesias, con algún matiz-, pero sólo uno lo ha sido con estrépito, Pablo Casado. El hundimiento del PP tendrá consecuencias sísmicas sobre la reconfiguración del centro conservador en España, que se italianiza a marchas forzadas. Este, en realidad, ha sido el gran logro de Vox. The Age of Anxiety se ha instalado en la derecha.

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